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Mientras las fuerzas leales al presidente sirio, Bashar Al Asad, perpetraban hoy un nuevo bombardeo sobre la ciudad de Homs, bastión de la oposición asediado por una ofensiva sin precedentes desde hace casi dos semanas, en el mundo se intentaban abrir nuevas posibilidades para la intervención de fuerzas internacionales en el país árabe.
Sin embargo, las esperanzas de que se pase de las palabras a la acción son cada vez más escasas. Si antes era Rusia la que ponía un veto a la idea de que las fuerzas internacionales intervinieran en Siria, ahora es Francia la que sale a decir que cualquier acción sólo lograría un aumento de la violencia.
La ONU, el organismo que fracasó en su intento de aprobar una resolución de la Liga Árabe, que pedía la salida de Al Asad y la formación de un gobierno interino de transición, ahora, en boca de su delegada para los Derechos Humanos, Navy Pillay, condena la matanza sistemática de civiles que ha ocurrido desde que se iniciaron las represiones y urge a la comunidad internacional a actuar para proteger a la población.
Desde marzo, según los opositores al régimen de Al Asad, han muerto cerca seis mil personas. La ONU pudo contar 5.400 muertes hasta enero de 2012, luego se declaró incapaz de proveer cifras por la dificultad de verificarlas. No obstante, se estima que los bombardeos en Homs, que empezaron el pasado 4 de febrero, han cobrado desde ese día más de 300 vidas.
Pillay dio nuevos números durante su intervención: más de 18.000 personas han sido arrestadas de forma arbitraria, 25.000 refugiados han abandonado el país y hay 70.000 desplazados internos, además de miles de desaparecidos desde que la localidad de Deraa prendiese la mecha de la revuelta contra Al Asad.
La funcionaria dijo el lunes ante la Asamblea General de la ONU que «la naturaleza y la escala de los abusos cometidos por las fuerzas sirias indican que probablemente se cometieron crímenes contra la humanidad desde marzo de 2011».
Lo dicho por Pillay es una retórica que ocupa las páginas de la prensa mundial, pero que parece importarle poco o nada al presidente sirio. De hecho, la violencia en el país árabe se viene recrudeciendo desde que Rusia y China –aliados de Siria- vetaron la propuesta de la Liga Árabe en el Consejo de Seguridad de la ONU. Ban Ki Moon, el secretario general del organismo multilateral, viene reconociendo desde entonces que el mandatario aprovecha la falta de consenso en la comunidad internacional para intensificar sus ataques contra rebeldes y civiles.
Mientras el mundo trata de ponerse de acuerdo para evitar el incremento de la violencia en Siria, la ciudad de Homs llega una crisis humanitaria que amenaza con expandirse al resto del país.
Ya la oposición ha denunciado que hay escasez de alimentos, que el régimen corta el suministro de electricidad arbitrariamente (así murieron la semana pasada ocho neonatos en un hospital, cuando sus incubadoras dejaron de funcionar por falta de luz eléctrica), que ataca con armas pesadas a la población civil, especialmente los barrios suníes (hay que recordar que el gobierno de Al Asad y la mayoría de sus fuerzas militares pertenecen a la élite alauí, un brazo de los chiítas).
Ante la crisis, la Liga Árabe ahora decidió pedir al Consejo de Seguridad la formación de una fuerza de paz conjunta arabo-onusiana. Además, el organismo panárabe también decidió dar apoyo político y material a la oposición siria. Turquía, que sirve de sede del Ejército Sirio de Liberación, compuesto en su mayoría de militares desertores, también ofrece esta asistencia.
La Unión Europea apoya la iniciativa de la Liga Árabe, Londres dijo que quiere «hablar de ello de forma urgente», pero añadió que los países occidentales no debían participar en una posible intervención. Hasta Rusia, sorpresivamente, manifestó que está estudiando la propuesta, aunque advirtió que antes de aceptar cualquier intervención sería necesario decretar un alto al fuego al interior de Siria.
La secretaria de Estado de EE.UU, Hillary Clinton, también deploró la intensificación de la violencia por parte del régimen sirio y anunció que EE.UU. trabajaría con Ankara para resolver los problemas humanitarios en Siria, comprometiéndose a permitir la entrada de suministros de emergencia a las regiones más afectadas. Sin embargo, no habló de apoyo alguno a una intervención militar que no sea previamente aprobada por la ONU.
Francia –también miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU- se mostró muy escéptica ante la nueva propuesta de la Liga Árabe. «Toda acción de carácter militar exterior sólo agravaría la situación, tanto más cuanto que no habrá decisión del Consejo de Seguridad, que es la única instancia que puede autorizar una intervención militar», dijo el canciller francés, Alain Juppé.