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Su papá le traía de regalo una raqueta de moda, de grafito y cabeza grande. Era un modelo júnior de las que usaba Michael Chang. A la semana, mientras jugaba en una cancha del Club Campestre de Pereira, se enredó en una línea de cinta, resbaló y la raqueta se estrelló contra el poste de la red y se quebró. Por vergüenza, Alejandro Falla nunca confesó la caída y prefirió llorar en silencio tras las únicas dos palmadas que su papá Jorge Falla le dio en la vida. “Al tiempo me contó la verdad y me dio remordimiento. Yo pensé que él la había tirado contra el piso. Pero no, nunca lo ha hecho”.
La raqueta jamás fue el instrumento de Alejandro Falla para expulsar la rabia de la frustración en tenis. A su abuelo, en su oficio de mantenimiento de canchas en Cali, alguna vez un socio le regaló una raqueta de aluminio de las que usaba el francés Yannick Noah y decidió regalársela a Alejandro, su primer nieto. Él la cuidó como su tesoro hasta cambiarla un tiempo después por un modelo más actual, pero nunca le pegó.
Tan tranquilo juega que es difícil identificar, a juzgar por su rostro, cuándo va perdiendo y cuándo va ganando. Sólo una vez, en un Suramericano en el Club Farallones de Cali, rompió a llorar cuando el marcador mostraba un 6-2 5-2 a favor del argentino rival. Su papá, detrás de la cancha, le aconsejó sin que ningún referee lo notara: “Alejito, que él gane, no que tú pierdas. Deja de fallar tanto, juégale a la derecha alto que no te va a atacar. Pero no llores”. Se calmó, ganó el segundo set, el tercero y el partido. Aunque al final no festejó mucho tampoco.
Los entrenadores de su vida le han insistido en celebrar las victorias, incluso hasta de sufrir las derrotas en voz alta. Su propio padre, que lo entrenó en Pereira, Popayán y Cali, y el resto de técnicos de Colsánitas —equipo al que entró con 16 años—, todos le insistían en apretar un puño, animarse con los dientes apretados, gritar o saltar. Que su sangre arda, así su cabeza se mantenga tan fría como su expresión facial de siempre. “Desde pequeñito fue muy pasivo. Cuando yo jugaba tenis profesional (Jorge Falla alcanzó el puesto 800 de la ATP en los 90), él iba a verme con su abuelo y me miraba atento y callado, sin hacer ruido. Después, cuando yo era profesor, se sentaba fuera de la cancha a esperar, en silencio, a que yo acabara las clases para jugar con él”.
Su mayor elocuencia afloraba cuando, de niño, empacaba la ropa de tenis de su papá en una maleta grande, se sentaba en el sofá de la casa en el barrio El Poblado de Pereira y fingía abordar un avión. “¿Qué haces, Alejito?”. “Mami, estaba en un torneo en Bogotá. Le acabo de ganar 6-3 y 6-4 a Orlando Agudelo”, le respondía. De pequeño jugaba a ser tenista profesional; de hecho nunca le compraron carros, ni pelotas, ni juguetes. Y eso que jugaba bien como delantero en la selección del colegio en Popayán, incluso el entrenador les decía a sus papás que eligieran: ¿fútbol o tenis? La decisión, predecible, significó la pérdida de un prospecto en el balompié, pero el tenis colombiano ganó a uno de los mejores de la historia, que el lunes consiguió la marca nacional de 20 partidos ganados en Grand Slams y que esta noche buscará ante el francés Richard Gasquet el acceso a tercera ronda del Abierto de Australia.
Es que en la cancha su mayor elocuencia han sido los golpes, como su revés, el que, según Miguel Tobón, exjugador colombiano, “está entre los cinco mejores del mundo en la actualidad”.
Fue difícil lograrlo. Para ningún tenista colombiano en la actualidad es fácil llegar al profesionalismo, por la insuficiencia de patrocinios y de torneos en el país. Pero en la historia de Alejandro Falla se atravesaron otros obstáculos. La insolvencia económica de sus padres (que decidieron dejar a Alejandro en Colombia y emigrar a Estados Unidos a probar suerte); la estatura, por la que lo apodaron El Enano por mucho tiempo en sus épocas de jugador júnior, y la mezcla absorbente del estudio con el deporte. “Terminábamos de entrenar y se dormía en el bus de regreso a casa, donde lo esperaba una lista larga de pendientes. Finalmente se graduó hasta con honores, porque siempre fue aplicado. En cuanto a su estatura, le dimos muchos multivitamínicos y pudo llegar a los suficientes 1,88 metros. Y en cuestión económica, Colsánitas ha sido un soporte, porque hasta de sus lesiones graves lo han salvado”, añade su padre.
Aunque el hecho de superar esos obstáculos sugiera al menos una sonrisa, él conservará su impasible cara de jugador de póquer.