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La vitrina de la corrupción

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Inevitable hablar de fútbol por estos días y los que siguen, porque es tanto el bullicio, la promoción, la propaganda y la publicidad del fútbol que parece que no existiera otra alternativa de entretenimiento u otro deporte que alegre los corazones. Sus orígenes se remontan a la Antigüedad, diversas culturas del mundo han tenido juegos similares al fútbol, de tal manera que, como todas las actividades del ser humano, surgió en las comunidades primitivas de todos los tiempos. El fútbol no es la excepción.

Sin embargo, tal como lo conocemos hoy, puede decirse que sus raíces sí están en el Reino Unido y a los creadores de la reglamentación del fútbol jamás se les pasó por su mente que ese juego inventado para salir del cansancio y estrés derivados de las largas jornadas de trabajo en las fábricas textileras de la Inglaterra de hace más de 200 años, cuando los obreros formaban bolas de trapo para patearlas, se convertiría en el deporte universal de máxima atracción y lucro. Y ahí radica su fuente de corrupción.

El espectáculo de Catar se parece a la construcción de la muralla china: sangre, sudor y muerte hasta logar esas “maravillas” de estadios. Deseamos que con el paso de los años no formen parte de las verdaderas maravillas del mundo. Pero además se ha hecho todo un derroche de lujo y confort sobre los cadáveres de inmigrantes que son una población vulnerable, lleguen de donde lleguen, y mintiéndole al mundo entro sobre las estadísticas de la tragedia que esconden sus fabulosos escenarios deportivos. A saber quién los usará luego y sin importar que más de la mitad de la humanidad se muere de hambre y sed. Además, se sabe que la FIFA participa abiertamente de semejante carrusel de la podredumbre. Quizá los primeros campeonatos no tuvieron tanta tecnología ni los ademanes de los futbolistas de la actualidad, pero me parece que los aficionados de entonces respiraban una mayor ilusión para que ganara el mejor. Ojalá el fútbol femenino —en nuestro país, al menos— siga con la transparencia que ha tratado de imprimirle al juego. Qué feo ese espectáculo de Catar, que no se repita jamás.

Ana María Córdoba Barahona. Pasto.

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