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El rostro del martirio

Juan David Ochoa
15 de agosto de 2020 – 12:00 a. m.

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Con la astucia habitual para el engaño, el uribismo sigue usando sofismas efectistas de distracción para matizar el golpe judicial que tiene ahora al caudillo en prisión domiciliaria. Saben perfectamente bien que es un momento de inflexión al interior del partido acéfalo, y una tormenta próxima de gazaperas y traiciones entre los huérfanos de un régimen decadente.

Para alivianar la crudeza de la realidad y distraer los efectos de la opinión pública, han empezado a usar la vieja y polémica libertad de Jesús Santrich ordenada por la Corte Suprema y acatada por la JEP como el mejor argumento indignante y emocional contra la legitimidad de la justicia que atenaza ahora al líder supremo de la guerra que arrinconó los antiguos monstruos de la república. Pero omiten siempre, porque lo saben también, que la Corte Suprema obró en derecho al esperar las pruebas que el Departamento de Justicia de los Estados Unidos prometió enviar sin resultados. Lo habían capturado por nexos con el cartel de Sinaloa y solicitaban con urgencia su extradición sin enviar nunca las evidencias del tiempo que justificaba su captura por el incumplimiento entre los tiempos del proceso de paz. Pero siguen insistiendo en el juego de la distorsión porque saben con exactitud las pulsiones que causa la figura y el rostro burlesco de Santrich; sus viejas declaraciones desafiantes, sus frases de mamerto anacrónico y ridículamente romántico, sus discursos solemnes de resentimiento y banalidad. Les queda muy bien el juego de desprestigio ante la Corte haciendo permanentemente el contraste entre un terrorista libre y un caudillo preso; la foto es exacta y emocional, perfecta y contundentemente estratégica para los fines de la rabia, pero todo, como ha sido habitual en un partido con todos los tintes fascistas, es falso. Jurídicamente no tienen suelos ni asideros las comparaciones, y tienen toda la omisión histórica de los contextos ante la corta memoria de los indignados.

Y no siendo suficiente los recursos de la falsedad, han acudido también a los recursos publicitarios de la lástima. Ante la notificación oficial de la reseña presidiaria del expresidente, exponen la foto de su rostro envejecido y triste, sin gafas y aislado en un rincón de uno de sus tantos estudios de su hacienda donde construyó su imperio. El rostro del poder que en sus años de soberbia capturaba alcaldes por sospecha en las transmisiones de sus consejos comunales, y estigmatizaba periodistas y opositores con su dedo índice de caudillo feroz, y hostigaba a los generales más recios para que entregaran resultados duros, ahora es expuesto como un mártir condenado a la humillación por los ultrajes de la injusticia. Ahora es el hombre que aparece abatido por las venganzas de un progresismo que lo quiere desaparecer en contubernio con magistrados estalinistas que lo desprecian por las victorias de su política ejemplar y sin excesos. No pueden acudir a ningún soporte jurídico para exculparlo, no tienen recursos ni evidencias para defenderlo en la legalidad. El último recurso es el lamento de los huérfanos: llorarlo en vida y en público para sensibilizar los últimos votos posibles de la guerra total que les queda en el tiempo. Si tienen que hundirse con él, también lo harán. Su última imagen posible es el rostro impresionista del martirio.

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