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Atalaya

Quejas no, sólo soluciones

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“No preguntes lo que tu país puede hacer por ti; pregúntate qué puedes hacer tú por tu país…”.

Esta frase lanzada por John F. Kennedy en la parte final de su discurso de posesión el 20 de enero de 1961 es una de sus más famosas. En ella apelaba, en uno de los momentos más álgidos de la Guerra Fría, al espíritu libre, industrioso e independiente de los estadounidenses para que actuaran frente a la amenaza externa, llamando a la unión que había hecho posible superar las adversidades sobre las que se había ido cimentando la nación estadounidense. La frase hace eco del Destino Manifiesto y de los valores derivados del Pacto del Mayflower, por lo cual resonó hondamente en las almas de los estadounidenses.

“No se quejen, más bien propongan soluciones”, es la versión chabacana, sin ningún sustento histórico, irrespetuosa e irresponsable con el constituyente primario, con la cual el presidente Duque y el partido de gobierno pretenden lavarse las manos y transferir las cargas de los problemas que heredaron, y aquellos que este mismo Gobierno ha generado, a quienes los padecen.

La postura del Gobierno está mucho más cerca de la ideología Juche de la casa gobernante en Corea del Norte, que del llamamiento a la acción conjunta invocando el espíritu inspirador de la nación como era el caso en la época de Kennedy.

Juche – traducida como “autosuficiencia” – es la ideología oficial de Estado norcoreano. Fue ideada durante la década de los cincuenta del siglo pasado por el fundador de la dinastía gobernante, Kim Il-sung, y ha sido desde entonces el andamiaje filosófico detrás del régimen.

Entre otras premisas, Juche carga con la responsabilidad del devenir del Estado a las personas, siendo éstas las encargadas de resolver sus propios problemas y de proporcionar las soluciones necesarias para garantizar la independencia y la autosuficiencia de Corea del Norte. Si, por ejemplo, la población enfrenta una hambruna – como ha ocurrido varias veces en las últimas décadas -, la responsabilidad de dicha crisis se le carga a la población por no haber hecho lo suficiente para conjurar el problema ni haber seguido a carta cabal el liderazgo del gobierno.

Lo de nuestro gobierno, como en el caso norcoreano, es una forma de evitar críticas incómodas y de ponerle un doble lastre a todos aquellos quienes no comulgan con sus políticas: por un lado, les toca padecer la situación problemática y, por otro, como si lo anterior fuese poco, deben resolverle el problema al responsable de dicha situación.

Sin embargo, pedirles a los afectados por un problema que sean ellos mismos quienes presenten soluciones, estando en una posición de responsabilidad frente a la solución de la situación problemática, no es un vicio solamente atribuible al gobierno de turno. Lo grave es que muchas entidades públicas y privadas han ido adoptando este mecanismo de dilución de responsabilidades al enfrentarse a reclamos y requerimientos del público. El peligro en esta, como en tantas otras ocasiones en los últimos años, es que los efectos negativos no son coyunturales, sino estructurales: el mal ejemplo que da la cabeza con sus formas de hacer va permeando poco a poco a los demás estamentos de la sociedad, que a su vez se justifican y validan por lo que ven hacer a sus líderes. La degradación moral de una sociedad empieza por su cabeza y casi imperceptiblemente se van normalizando y generalizando prácticas que finalmente permean el resto del cuerpo social. Años más tarde nos escandalizamos del comportamiento ciudadano.

@Los_Atalayas, atalaya.espectador@gmail.com

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