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El mejor refugio para el primer ministro español, Mariano Rajoy, fueron las tribunas del estadio de fútbol de Gdánsk, en Polonia, para ver el debut de su país en la Eurocopa ante Italia. Pero salvo uno que otro momento de euforia (el partido terminó en empate), las imágenes lo muestran distraído, con la mirada puesta en un punto lejano, a varios kilómetros de allí. Quizá su mente aún estaba en Madrid, donde horas antes había defendido ante el Congreso de Diputados su apuesta para que España comenzara a salir de la aguda crisis por la que atraviesa: cederle el control de la política bancaria y fiscal a la Unión Europea (UE).
En realidad, Rajoy buscaba escapar de los matices de la ironía. En sus tiempos de parlamentario, él mismo había puesto contra las cuerdas del control político a su antecesor, José Luis Rodríguez Zapatero, por el mal estado de la economía nacional; y ahora los papeles se habían invertido: como primer ministro tuvo que responder a las múltiples preguntas de los socialistas por cuenta del rescate bancario de 100.000 millones de euros solicitados para enderezar el banco.
Para la oposición el gran riesgo, sin embargo, era que, en lugar de ayudar, la medida terminara hundiendo la frágil economía, pues se terminaba de entregar el control que Madrid aún tiene. “La cesión de soberanía fiscal, en teoría, significa que los Estados ya no podrán aprobar sus presupuestos anuales sin la supervisión y visto bueno de la UE. En este sentido, Bruselas podría imponer a un Estado subidas de impuestos o recortes sociales, así como despido de funcionarios y reducción de ciertas inversiones en infraestructuras”, explica Joan Tarradellas, profesor de Finanzas de la escuela de negocios Eada, desde Barcelona.
Claro que las opciones de Rajoy no eran amplias. La quiebra de la banca española, acelerada por el rescate de Bankia, el cuarto banco más grande del país, que compromete fondos estatales por 19.000 millones de euros, hizo que todos los prestamistas europeos (en especial Alemania) adoptaran un poder de decisión sobre la suerte que tendrían sus fondos en tierra ibérica. Apenas comprensible, por eso las promesas del gobierno, de que el salvavidas no afectaría la soberanía en materia económica, fueron apenas un intento por mantener la calma entre una población acosada por la más alta tasa de desempleo de su historia, abismales deudas hipotecarias y el recorte de los programas sociales.
Todo esto pudo verse en vivo y en directo hace dos semanas en Roma durante la reunión de las cuatro principales economías del Viejo Continente, que parecía más a una reunión de fin de año entre los estudiantes reprobados (España e Italia, al que todos califican como el más firme candidato a un nuevo rescate fiscal) y sus padres enfurecidos (Alemania y Francia, los motores de la Eurozona). El encuentro estuvo matizado por los cuartos de final de la Eurocopa, donde las selecciones de fútbol de los cuatro países se enfrentarían.
Y la eliminación de Francia en el campo de juego contrastó con el acuerdo de los cuatro gobernantes de iniciar un plan de crecimiento por 130.000 millones de euros, el primer triunfo del presidente François Hollande en su intento por debilitar la estricta disciplina fiscal que Alemania ha impuesto en la Eurozona durante los últimos dos años. Una victoria que resultó mayor el viernes pasado, el día siguiente de la eliminación alemana del torneo continental, cuando la Comisión Europea desestimó las recomendaciones de la canciller Ángela Merkel y aprobó nuevas condiciones para el futuro económico de la región monetaria.
En síntesis, los países de la Unión Europea han comenzado a dar los primeros pasos hacia la unión bancaria.
El nuevo partido
Como en los partidos de fútbol, la declaración del viernes fue un gol de último minuto para los finalistas de la Eurocopa: España e Italia, dos economías que hoy dependen más de las decisiones de los inversionistas internacionales, que de los designios de sus propios bancos centrales.
Porque, según el acuerdo final alcanzado en Bruselas, los nuevos fondos irán directamente para atender la deuda bancaria, no los vacíos fiscales del Estado; además, no existirá ninguna deuda más importante que otra, un revés para los Estados prestamistas que hasta hace un mes habían exigido prioridad en sus pagos sobre el de los acreedores privados (lo cual incidió a la fuga de capitales en los países en problemas); esencialmente, los nuevos desembolsos no se regirán por las reglas de austeridad diseñadas desde Berlín y apoyadas por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo (BCE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI).
Además, los miembros de la Eurozona aprobaron el fondo de estímulo acordado en Roma, que supone capital adicional para impulsar las frágiles economías; y por último, la canciller Merkel se anotó un triunfo moral: a partir del próximo 1° de enero un supervisor bancario (probablemente el BCE) tendrá la última palabra en lo concerniente a las reglas de juego de la banca común.
El efecto sobre los mercados fue inmediato. Las bolsas vivieron el viernes una jornada calificada por los medios de “eufórica”, con alzas redondas en Milán y Madrid (6,59 y 5,66%, respectivamente) que se transmitieron a París (4,75%), Frankfurt (4,33%) y Londres (1,42%). Asimismo, el euro pasó de los US$1,2442 el jueves a US$1,2659 el día siguiente.
“La gente ha creído en la medida y ha salido a vender dólares para comprar euros. Asimismo, los inversionistas vienen saliendo de los títulos del tesoro y otros bonos, su activo refugio, que vienen siendo, para concentrarse nuevamente en activos de esos países en la medida en que la confianza se expande”, explica Andrés Ortiz Renneberg, vicepresidente ejecutivo de la firma comisionista de bolsa Global Securities, quien enumera los primeros pasos que daría el regulador: “Se estandarizarían los parámetros de gestión e inversión de los bancos para evitar en el futuro problemas como los que vivimos hoy y nuevos contagios”.
Claro que el positivismo financiero sólo fortalece las dudas que los analistas tienen sobre el equilibrio de los poderes económicos en esta Eurozona de mayores controles. “A efectos prácticos, se elimina de raíz la única herramienta de soberanía económica de un país, es decir, la gestión de su presupuesto, pues ya no podía decidir en política monetaria. La pregunta es qué queda de la soberanía de un Estado sin soberanía económica”, dice Tarradellas.
Ya dado este primer paso, el siguiente estaría encaminado a aplicarles serios correctivos a las economías desajuiciadas de la Eurozona: la unión fiscal o la imposición de nuevos impuestos que generen ingresos para hacer frente a las deudas, al igual que la toma de medidas unilaterales (menos restricciones de mercado, más edad de jubilación y nuevos despidos estatales).
Según Ortiz, un factor clave en este escenario será el altísimo descontento social: “La gente no va a permitir nuevos impuestos con la excusa de que, por ejemplo, existen en Alemania”.