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Un mensaje contundente

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Los apasionamientos —de lado y lado— por la orden de detención que se le ha dictado al expresidente Álvaro Uribe no deben nublar el origen de este proceso. Para algunos quizá significa que la justicia está llegando para pasar factura por la masacre de El Aro o por los asesinatos de los hijos de las Madres de Soacha, pero no es así. Esta historia en realidad inició el 23 de febrero de 2012, cuando el senador Iván Cepeda realizó un debate de control político contra el expresidente, un episodio sin precedentes: Cepeda hizo acusaciones contra Álvaro Uribe y su hermano Santiago por los presuntos vínculos con el paramilitarismo de las Autodefensas Unidas de Colombia. Si bien ese pudo ser el camino de investigación que hoy llevara al expresidente a la cárcel, no lo fue. Uribe salió corriendo a la Corte Suprema de Justicia, porque cree en esta alta corte como recurso, y denunció al senador Cepeda de manipular un grupo de falsos testigos para que declararan en contra de él y de su hermano.

Después de varios años, la Corte Suprema concluyó que Iván Cepeda nunca lideró un cartel de falsos testigos en contra de Álvaro Uribe, y compulsó copias para que el expresidente fuera investigado por fraude procesal y soborno. Es decir, hubo un giro inesperado, en el que el tiro parecía salirle por la culata. Se encontró la utilización de falsos testigos, eso sí, para perjudicar al senador Iván Cepeda y la presión por parte del abogado de Uribe para que algunos testigos cambiaran sus testimonios. El caso más reconocido es el de Juan Guillermo Monsalve, quien, como otros de los testigos, habló sobre los supuestos vínculos paramilitares de Uribe y las presiones ejercidas sobre las versiones testimoniales.

Esa Corte Suprema de Justicia, escenario al que el expresidente acudió con su cartapacio de testimonios falsos con la pretensión de denunciar al senador Cepeda, es el mismo tribunal que hoy lo tiene detenido por decisión unánime y que lo mantiene vinculado al proceso en su contra. Álvaro Uribe ha creído en la Corte Suprema, a menos que descrea de ella cuando las decisiones en derecho que toman los magistrados no le convengan a sus intereses particulares. El tribunal que hoy lo juzga es el tribunal al que él acudió y eso debemos recordarlo, solo que acudió —al parecer— con testimonios falsos y presiones propias de ficciones mafiosas.

Y de eso se trata esto, de la mafia. Lo más importante de la decisión de la Corte Suprema de Justicia es darle una bocanada de aire a un país en donde es posible imaginarse que no tenemos que soportar que un poder particular esté por encima de la justicia. Por años, los estilos mafiosos han cooptado elecciones, han sentado a narcos y financiadores de paramilitares en el Congreso de la República, han pasado de las técnicas de asesinato más burdas a las más sofisticadas, del desmembramiento al cianuro, se ha dicho que bala es lo que viene y bala es lo que hay, han anunciado un ejército antirrestitución de tierras, han encontrado coca en la finca de un diplomático, todo sin el más mínimo pudor. Que, pese a todos los intentos de injerencias por parte de estrellas del espectáculo periodístico, ministros y del mismo presidente de la República, tengamos la esperanza de que las altas cortes puedan actuar en derecho, de acuerdo al mandato constitucional de la justicia, es alentador para esta democracia debilitada. Esto no es un ataque al uribismo, esta es la recuperación del Estado social de derecho, de la independencia de poderes y la justicia. No importa en qué termine este proceso, el mensaje vigente es contundente y nos invita a pensar que sí es posible construirnos en caminos distintos.

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