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¿Exactamente en qué se puede invertir? Los bonos están sobrevaluados y los activos no son baratos, mientras que las regulaciones de la poscrisis están motivando a los inversionistas más grandes a venderlos. Existe el riesgo de un verdadero desastre financiero, mientras que la política monetaria agresivamente relajada de la Reserva Federal genera temores de inflación.
Visto así, la lógica conduce inexorablemente a los activos duros, algo tangible que sostendrá su valor y cuya oferta no se verá afectada por los bancos centrales. Sin embargo, los activos realmente duros, como el petróleo o el cobre, están a la merced de la economía. En una recesión el petróleo será útil, como siempre, pero su precio caerá porque hay menos demanda.
Así que circula una nueva noción de activos “duros”, e incluso hay una nuevo sigla: SWAG, que corresponde, en inglés, a plata (silver), vino (wine), arte (art) y oro (gold). El término lo acuñó Joe Rosman, el exadministrador de hedge funds y banquero de inversión, en su libro SWAG: inversiones alternativas para la próxima década.
Lo que vincula a estos cuatro activos tan distintos, dice Roseman, es su escasez. Hay una cantidad limitada de oro y plata en el subsuelo; la oferta del buen arte es limitada porque los grandes artistas son mortales, y cualquier cosecha de vino fino es finita y es cada vez más escasa a medida que la gente lo bebe.
El problema con los cuatro es que su valor yace en el observador (exceptuando los usos industriales de la plata). El oro, el vino y el arte son valiosos por el gusto de la gente. Ninguno genera réditos.
¿Pero los cuatro van de la mano? La pureza del oro y la plata se puede medir, y son fungibles y vendibles por gramo. Se pueden tratar como inversiones.
No sucede lo mismo con el arte, incluso si los US$120 millones que se acaban de pagar por El grito, de Edvard Munch, demuestran que en ese mercado son posibles las buenas ganancias. El arte es tan poco fungible, es tan costoso de almacenar y tan imposible de marcar para el mercado, que es difícil considerarlo una clase de activo. Incluso con la existencia de varios índices de arte, un fondo de intercambios basados en él no será una realidad en el corto o el mediano plazo.
Esto nos deja con el vino: un caso fascinante. Es fungible, se puede comprar por botella y la industria del comercio de vino se asegura de que habrá un ‘precio de mercado’ razonable, al menos para los mejores vinos, en un momento dado. Durante los últimos 20 años, según demuestra Roseman, el vino ha tenido una baja volatilidad y una correlación baja con respecto a las acciones. En la última década, los índices de vinos finos se han triplicado, mientras que las acciones han permanecido inmóviles. ¿Podría convertirse el vino en un activo fuerte si la crisis financiera llega a su peor momento?
Creo que podría, al menos al principio, pero esto requiere de cinismo. El vino satisface a los inversionistas que están en la búsqueda de la próxima burbuja.
Primero, hay una demanda fuerte por parte de China, y cualquier apuesta que involucre crecimiento en China es sólida.
Segundo, tiene referencias que permiten congregar cierta información. Robert Parker, el crítico de vinos, tiene criterios con los que califica todos los vinos Bordeaux de cada cosecha en una escala del 50 al 100. Sus calificaciones motivan compras. Cualquier burbuja necesita de este tipo de anclas: las acciones de los mercados emergentes se dispararon una vez tuvieron un índice.
Tercero, ha demostrado la tendencia a generar burbujas. Según Fine+Rare, la cosecha de 2008 de Lafite Rothschild aumentó más del 50% en pocos días durante septiembre de 2010 (gracias en parte a las nuevas etiquetas para los consumidores chinos). Desde entonces los precios han caído.
Cuarto, hace poco ha presentado retornos no correlacionados. Cuando los inversionistas hallan este tipo de activo, se genera una estampida. Es lo que le ha pasado últimamente a las acciones de mercados emergentes, la finca raíz, los commodities industriales, los hedge funds y las monedas. La ironía es que una vez el dinero se direccionó en masa hacia estos activos, pronto se volvieron más correlacionados.
Por último, es un juego de inequidad. Como los bienes de lujo y el arte, los vinos finos dependen de los hábitos de gasto de una pequeña superclase. El Índice Bordeaux produce incluso tablas que muestran la correlación entre los precios del vino y la cantidad de multimillonarios.
Todos estos son argumentos a favor de una cínica apuesta: el vino será una burbuja en el futuro próximo.
Tuve la oportunidad de presentar esta noción en la Feria Internacional del Vino de Londres el mes pasado. Le doy crédito a su incredulidad. A diferencia del oro, dijo alguien, el vino se vence. Puede mejorar con la edad por un tiempo, pero incluso Petrus eventualmente se convierte en vinagre, y muchos de ellos, los verdaderos conocedores, creyeron de mal gusto que alguien comprara vino por razones diferentes al buen gusto.
Puede que se genere un boom al que pronto siga una resaca, pero no es razón para no invertir. Siempre hay un margen de riesgo. Sugiero que la seguridad provenga de hacerse la misma pregunta que los conocedores: “¿Me sabe bien este vino?”. Si lo disfruta, ese es su margen de seguridad.