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“Lo mío fue un milagro de Dios, porque fueron muchos días con respiración mecánica y muchas complicaciones. Llegó un momento en que prácticamente los médicos no tenían ningún pronóstico favorable y le informaban a mi esposa que tenía que estar preparada, porque mi muerte era inminente”, cuenta Víctor Ballén, médico pediatra de 42 años que fue internado el 25 de abril en la unidad de cuidados intensivos de una clínica en Pereira (Risaralda). Tenía problemas para respirar, tenía coronavirus.

El personal médico es la primera línea para enfrentar el COVID-19 y quienes conviven con el riesgo inminente todo el tiempo. Según el Instituto Nacional de Salud, van 4.067 contagiados en lo que va corrido de la pandemia. De esa cifra 33 han perdido la batalla contra la enfermedad. Bogotá (con 1.316 casos) y Cartagena (con 323) son las ciudades en las que más trabajadores de la salud han resultado contagiados y la mayoría de esos casos se dieron durante la prestación del servicio. El número de empleados de la salud contagiados en Risaralda asciende a 120.
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En el caso de Víctor Ballén, la demora en la entrega de resultados fue una de las causantes de las complicaciones. Se había realizado la prueba para coronavirus diez días antes de ser ingresado a la UCI, pero los resultados no llegaban. Les transmitió la enfermedad a su esposa, Margarita, y a sus dos hijos: Santiago, de once años, y Mía, de cuatro. “Eso pasó porque yo me fui asintomático a la casa y hubo mucha demora con mi prueba. Por eso no consulté antes y la enfermedad se complicó”, agrega el pediatra. Del personal médico contagiado en Colombia 351 han sido asintomáticos.
Ballén entró a la clínica con neumonía por el coronavirus y neumonía por una bacteria agresiva. “Mi fortaleza, además de Dios, fue mi familia. En el momento en el que me pongo mal y voy a la clínica, mi esposa me dice que ya no pelee más con Dios”. A las horas de ingresar a la UCI fue intubado, conectado a ventilación mecánica y lo indujeron a coma. Un coma inducido es el proceso médico en el que se seda a un paciente para evitar que el cuerpo gaste energía, especialmente, evitar el consumo de oxígeno. Intolerancia al tratamiento de COVID y poca respuesta del tratamiento para que su corazón funcionara bien fueron algunas de las complicaciones que enfrentó.
Mientras Víctor luchaba contra el coronavirus en una cama de UCI, su esposa y sus dos hijos permanecían aislados en casa. El galeno cuenta que Santiago tuvo mucha madurez espiritual para darle apoyo a su madre, pues no tienen a ningún otro familiar en Pereira, ya que son oriundos de Cúcuta (Norte de Santander).
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Víctor trabajaba como pediatra en las UCI de cinco clínicas de Pereira, valorando pacientes en urgencias y hospitalización. Desde 2003, hace 17 años, ejerce su profesión como médico.
Al explicar lo que pasaba por su mente antes de ser inducido al coma, lo describe como un proceso terrible: “Uno, como papá y esposo, siempre se preocupa mucho. Lo primero que uno hace cuando se enfrenta a la muerte es querer arreglar las cuentas con Dios. Yo soy cristiano desde la universidad, la enfermedad me llegó en un momento no tan bueno de mi vida, en cuanto a mi relación con Dios. Tenía mucho trabajo”.
Fueron trece días en la UCI. Cada día que pasaba las probabilidades de sobrevivir eran mínimas. “En los casos de COVID todos terminan muriéndose entre el séptimo y el décimo día. Cuando el paciente no responde rápido, por lo general, el pronóstico con cada día de ventilación es mortal”, explica Víctor, a quien el séptimo día de estar internado se le reventó el pulmón izquierdo.
“Yo me pude haber muerto cuando se me rompió el pulmón, pero gracias a un diagnóstico oportuno de quienes me atendieron pude sobrevivir, porque un neumotórax —como se llama eso— lo mata a usted de inmediato si no se corrige en los siguientes diez minutos”, agrega.
Los colegas de Víctor, quienes lo ayudaron a librar la batalla, empezaron a perder las esperanzas. “Eso me lo manifestaron después. Dicen que definitivamente hubo un milagro de Dios, porque dentro de los grupos de redes sociales de especialistas se decía que solo un milagro podría salvarme”, cuenta el pediatra. Agrega que hubo una intensivista, la doctora Claudia Carmona, que se acercaba a su cama y le decía que tenía el compromiso de devolverlo con vida a su esposa e hijos.
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Según Víctor, lo primero que hizo cuando recuperó la conciencia, luego de ser retirado el ventilador y disminuida la dosis de medicinas, fue agradecer a Dios. “En ese momento pensé que moría. Le pedí una oportunidad a Dios para ser mejor esposo, padre, hijo y médico. Lo segundo que recuerdo es estar ya despierto”, cuenta.
Ballén renunció a casi todos sus empleos. “Es una experiencia de vida muy fuerte que te hace revaluar la vida. El dinero no lo es todo. Ahora estoy trabajando por telemedicina, renuncié a las UCI y dejé de viajar por trabajo. Estoy disfrutando a mi familia. Uno vuelve a nacer. Hay que aprender a caminar, a hablar, a respirar. Es un proceso de paciencia, de confianza en Dios y el apoyo de la familia. Si usted no tiene un motivo que lo mueva no sale de eso”, dice.
Víctor recuerda la batalla contra el COVID-19 como una verdadera pesadilla que cambió su manera de ver el mundo.
“Me terminaban matando al final del día, y son pesadillas muy vividas porque es la realidad en ese momento. Cuando a uno lo despiertan es difícil diferenciar qué fue cierto y qué no. Si uno pasa por algo así y no replantea su vida, es porque es muy necio”, concluye el médico pediatra.