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El enigma del interés alemán

La política de austeridad fiscal, impulsada por la canciller Ángela Merkel, ha tenido serias consecuencias en el estado actual de la unión monetaria. Su destino estará ligado al interés de Alemania de fortalecer su propia economía.

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¿Cómo acabará la crisis de la Eurozona? Muchas personas me han hecho esta pregunta en los Estados Unidos durante las últimas semanas. ¿Cómo podría la región pasar de la crisis a la estabilidad? Para resolver esta pregunta debemos distinguir entre tres aspectos diferentes de esta turbulencia: hacia dónde va la Eurozona; hacia dónde quiere Alemania que vaya la Eurozona, y hacia dónde debe ir la Eurozona.

La posición actual de la Eurozona parece ser tristemente clara. Un número de países, dos de ellos siendo grandes (España e Italia), ya han tenido o están al borde de tener gobiernos incapaces de administrar su deuda pública sin asistencia. Gran parte de esta deuda la tienen sus bancos. Muchos de éstos han resultado afectados, en particular en países que experimentaron enormes burbujas inmobiliarias, grandes déficits fiscales o los dos. Los gobiernos con confianza crediticia débil se sienten obligados a rescatar sus frágiles sistemas bancarios que, a su vez, se espera financien a los gobiernos que intentan apoyarlos: son como borrachos que se aferran entre sí para mantenerse en pie.

Los gobiernos también deben ejecutar la austeridad fiscal, al mismo tiempo que los sectores privados están atrincherándose: en España, entre 2007 y 2012, el equilibrio financiero del sector privado pasó de déficit a excedente por un 16% del PIB. La austeridad debilita más a las economías y a los bancos. Esto, a su vez, eleva el desempleo y reduce los ingresos gubernamentales, lo cual hace inefectiva la austeridad. Entretanto, la débil demanda en los países centrales refuerza la debilidad económica de la periferia.

Con los bancos lastimados, la demanda privada afectada, la demanda gubernamental en contracción y la demanda externa débil, las economías frágiles, dentro de dos o tres años, probablemente tendrán una producción menor y un desempleo mayor. El premio para el sufrimiento presente será el sufrimiento futuro.

Por el momento es difícil creer que la Eurozona de hoy pueda sobrevivir a esto, en particular si se destruye el argumento más importante a su favor: el de la integración económica y financiera. Los negocios, en particular las instituciones financieras, buscan equilibrar activos y pérdidas por país. Tan sólo los negocios más atrevidos planearán producir asumiendo que el riesgo cambiario ha sido eliminado. Ahora que el Banco Central Europeo (BCE) asume cada vez mayor riesgo transfronterizo, el camino hacia la disolución de la Eurozona está más despejado.

Puede tomar semanas, meses o años, pero la dirección que toman los eventos es cada vez más clara.

Ahora consideremos el segundo aspecto: ¿cómo quiere Alemania que se organice la Eurozona? Entiendo que el gobierno alemán y las autoridades monetarias no quieren bonos de la Eurozona; no quieren aumentar los fondos disponibles en el Mecanismo de Estabilidad Europeo (que son de 500.000 millones de euros); no quieren apoyo común para el sistema bancario; no quieren desviarse de la austeridad fiscal; no quieren financiamiento monetario de los gobiernos; no quieren relajar la política monetaria de la Eurozona, y no quieren un poderoso boom de crédito en Alemania. El país acreedor, en cuyas manos está el poder en esta crisis, dice “Nein” al menos siete veces.

¿Cómo se imaginan los funcionarios alemanes que frenarán el círculo vicioso? Tengo dos hipótesis. La primera es que no creen lograrlo. Esperan que la vida de algunas economías vulnerables se vuelva tan miserable que decidan salir voluntariamente, la Eurozona se reduzca a un núcleo de países similares y disminuyan los riesgos que un rescate supondrían para la estabilidad monetaria y fiscal de Alemania. La segunda es que los alemanes realmente piensan que estas políticas funcionarán.

Quizá creen que el desenlace será el ajuste brusco o la salida rápida, pero al menos el “riesgo moral” se reduce y la exposición de Alemania se limita, pase lo que pase. Es, sin embargo, una opción arriesgada para un país que envía el 42% de sus exportaciones al resto de la Eurozona. Éstas se verían afectadas por un derrumbe económico de la región.

En suma, la Eurozona está encaminada a una disolución que Alemania no demuestra voluntad de evitar. Esto no es porque no haya más alternativa. Lo que hace falta es convertir algunos “no” en “sí”: más financiación, idealmente con el bono de la Eurozona; apoyo colectivo a los bancos; menos contracción fiscal; políticas monetarias más expansivas, y demanda más fuerte por parte de Alemania. Estos cambios no garantizan el éxito, pero al menos le darían a la Eurozona una oportunidad de evitar el precio de una disolución total o parcial. Para trabajar a largo plazo, estos cambios requerirían una integración política mayor.

En octubre de 1939, Winston Churchill dijo: “No puedo predecir la acción que tome Rusia. Es un acertijo, envuelto en un misterio, dentro de un enigma; pero quizá haya una clave. La clave es el interés nacional de Rusia”. La clave en Europa hoy es la percepción que Alemania tenga de su interés nacional. Una vez sea evidente que sus condiciones no funcionarán, los líderes alemanes tendrán que elegir entre un naufragio o un viraje. No sé cuál opción tomarán. No sé si incluso sus líderes lo saben, pero el destino de la Eurozona depende de esa decisión. 

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