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Odisea espacial 2020 (Cuentos de sábado en la tarde)

La luz no llega a tocarme, se ve tenue y moribunda, a penas logra traspasar los cristales. Floto a través del mismo túnel desde hace meses. Pierdo la noción del tiempo entre ensoñaciones y fantasías sobre mi regreso a la tierra.

Aún no sabemos cuándo volveremos a respirar con nuestros rostros desnudos bajo esa atmósfera azul y segura, y  si realmente volverá a ser segura algún día.
Aún no sabemos cuándo volveremos a respirar con nuestros rostros desnudos bajo esa atmósfera azul y segura, si es que realmente volverá a ser segura algún día.
Foto: Archivo particular

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Atrás quedaron los tacones, los vestidos y el maquillaje. El nuevo atuendo debe ser cómodo y ligero, de modo que no limite mis movimientos o me cause un estrés innecesario. Confinada dentro de esta nave en forma de prisma, tengo todo lo que necesito para la misión: ni un objeto más, ni uno menos. Un equilibrio que siempre tiende a desmoronar lo que hemos construido.

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Dentro de la nave las tareas son asignadas y cumplidas periódicamente. Pero hay una misión mayor, una que es peligrosa y muy larga. Debemos domar un monstruo invisible y letal que abrasa los cuerpos y constriñe los pechos, hasta triturar el aire. Debemos aplastar sus voluptuosas curvas, asfixiarlo o volverlo tan pequeño para que ya no pueda dañar a nadie. Todo debe estar estrictamente medido y aseado para resguardar a la tripulación de esta amenaza. Debemos estar en forma, dormir a tiempo, permanecer saludables, no enloquecer.

Durante las caminatas espaciales hacemos mantenimiento, reparamos la nave y recibimos recursos para sobrevivir. El exterior es agreste y amenazante. La máscara me protege, pero acorta mi campo visual y esconde parte de mi rostro. Es desesperante sentirla todo el tiempo. Escucho mi respiración. El mismo aire que ha salido de mí, entra de nuevo a mi nariz, una y otra vez, en ciclos delirantes.

Al salir vemos a los otros, a los que sobreviven en el vacío. Sin cables de seguridad, ruegan por oxígeno. Sus trajes y mascaras comienzan a agrietarse, sus rumbos están en riesgo de colisión perpetua. Tragamos un sorbo de miedo y nos miramos. Podríamos ser nosotros. No les alcanza con lo poco que les damos, pero están prohibidos los acoples y el contacto de las pieles. Se han velado las sonrisas.

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Debo ser cuidadosa en el exterior, nada contaminado debe tocarme, nada puntiagudo puede rosar mi traje y nada puede dejarme sin aire. La línea de vida pende de la nave y se conecta a mi espalda. Es corta y frágil. Pero preocupa mucho más la de mi compañero. Por su especialidad debe caminar más lejos y salir con más frecuencia. Cuento el tiempo, suspiro a suspiro, hasta su regreso. Aun esta en la cámara de desinfección y ya escucho su voz. Me cuenta los detalles de su salida, una bitácora infaltable que reposará en nuestras memorias secretas. Cerramos la escotilla y volvemos a mirar juntos el espacio oscuro a través de los cristales.

En ocasiones me comunico con la tierra. Veo en las pantallas los pequeños rostros desenfocados que me sonríen. Mi compañero flota detrás de mí y saluda a la cámara. Yo hago lo mismo cuando lo llaman a él. Hablamos de cómo es todo aquí, de cómo está todo allá. Y luego de colgar regresa el silencio, el pitido del vacío, el sonido de la respiración.

Todos los días llegan noticias de otras misiones muy cercanas a la nuestra: zozobraron y perdieron a casi todos sus tripulantes a causa de un error minúsculo y estúpido. Pero también vemos información de cómo salir ilesos, fantasías absurdas que pierden de vista el objetivo. Desde la lejanía es muy difícil distinguir las formas y los volúmenes de la verdad.

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Fue estúpido desear este encierro. La aventura que imaginaba al tener tiempo a solas y en silencio no se parecía a esto. Tantas veces sentí nauseas al caminar por las calles. Aborrecía el sudor en el trasporte público y en las tiendas. El ruido incesante de los autos con sus chimeneas tóxicas revolvía mis tripas. Jamás pensé que no darle más la mano al hipócrita supondría también el alejarme del apretón cálido y sincero de mis amigos verdaderos. Que el contacto superficial de mejillas perfumadas y maquilladas se iría por la misma puerta con el beso amoroso y tibio de los míos. Pero la misión era inevitable, no dependía de nosotros aceptarla.

He soñado tanto con volver a pisar tierra firme, con volver a esa canica acuosa que desde aquí se ve pequeña e insignificante ante los problemas más cercanos. Pero el peligro es igual en todas partes.

Aún no sabemos cuándo volveremos a respirar con nuestros rostros desnudos bajo esa atmósfera azul y segura, si es que realmente volverá a ser segura algún día. Si la misión terminará a tiempo para ver con vida a los nuestros. Si al volver y ver por fin la luz, nuestros ojos no se cierren y añoren la oscuridad. Porque no sabemos si nos convertiremos para siempre en extraterrestres de pieles pálidas que flotan dentro de pequeñas naves en medio del oscuro y basto espacio.

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