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A veces, por oposición, Jorge Luis Borges es invitado al Mundial de Fútbol. En una pequeña entrevista para televisión concedida a Augusto Bonardo en 1980, Borges habló de la situación internacional, de la necesidad de un mundo abierto y de la preocupación porque la época de apertura de Argentina estaba pasando a la historia. La gracia nuestra, dijo, “no es solo descender de españoles o de indios, o en el caso de Brasil, de africanos –por supuesto, África no estaba asociado de ninguna manera a Argentina–, sino de gente de todas partes del mundo”. Bonardo se sintió en confianza para contarle el chiste que describe a los argentinos como “esos italianos que hablan español y se creen ingleses”. Borges salió al paso. Dijo que no creía que los argentinos se creyeran ingleses y que por el contrario la gente tenía un odio por Inglaterra, pero que “era raro que no le censuraran su mayor pecado, la difusión de juegos tan estúpidos como el fútbol”. Luego entró en su elemento: dijo que Kipling y Shakespeare habían condenado al fútbol y citó una frase de El rey Lear, en la que el Conde de Kent le mete una zancadilla al mayordomo Oswaldo y lo insulta llamándolo “simple jugador de fútbol” (“You base football player”). No citó a Rudyard Kipling, pero cuando lo mencionó tenía en mente una frase del premio nobel con la que se burló en 1880 del fútbol y de “las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan”.
Por supuesto, una masa de más de cinco millones de argentinos rodeando a unos “héroes” que se mueven sobre un vehículo cimbreante por las calles de Buenos Aires para celebrar la tercera copa mundial de la selección argentina también hubiera sido entendida como una estupidez. Para muchos, los goles de Maradona a Inglaterra en México 86 no solo fueron la venganza sino el equivalente a haber ganado la Guerra de las Malvinas. Esta dimensión del fútbol era la que Borges no entendía, o mejor, se fastidiaba porque la mayoría de la gente la entendía de esa manera. Borges murió en Ginebra el 14 de junio de 1986, una semana antes de que Maradona hiciera aquel par de goles a Inglaterra. Para los días del mundial, agotado y completamente ciego, dijo que no sabía quién era Maradona: “Disculpe mi ignorancia”, respondía. Sabía quién era, sin duda. Los hombres como él no aborrecían desde la ignorancia. También debió ver los goles antes de que ocurrieran en esta dimensión del universo a través del Aleph en el sótano de la casa de Carlos Argentino Danieri. Si esa “pequeña esfera tornasolada” concentraba todo el espacio cósmico y contenía, “sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos”. Pero fue incapaz de decirlo y se llevó a la tumba el conocimiento previo de la gloria sin reconocerla. Para Borges, Maradona y el fútbol eran no más que otra forma fastidiosa de la argentinidad.
Pero “la pelota no se mancha”, y los axiomas de Maradona siempre fueron más populares que los de Borges. Cuando se estrena un título mundial de fútbol el universo se vuelve finito, plano, no hace falta un Aleph para abarcarlo desde todos los ángulos, porque cabe en las dimensiones de una cancha y se resume en el festejo de una nación. Cada cuatro años un balón universal rueda. La armonía de su rotación inventa las futuras memorias del fútbol y demuestra una vez más que las naciones no son redondas. El problema es que los Estados Unidos será una de las sedes en medio del protagonismo bárbaro de su presidente. Tal vez, solo tal vez, Borges y Maradona se revuelquen en común acuerdo en sus tumbas.