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Los buzos por los trajes de paño

El exportero cardenal y de la selección de Colombia asegura que ahora recuerda con más nostalgia sus casi 15 años de carrera deportiva.

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En la época en la que se animó a practicar béisbol, cuando aún era un niño que andaba descalzo por las calles del barrio Escallón Villa de su natal Cartagena, era primera o segunda base. Los cátcher y los peloteros tienen más responsabilidades, pensaba. Luego, en el fútbol (que empezó a jugar producto de su limitación en el béisbol), un día “no llegó el marrano y tocó ponerme debajo del arco”, recuerda Agustín Julio (25 de octubre de 1974). Empezó a evitar que el balón de trapo ingresara en su portería, compuesta de dos piedras sobre un terraplén arenoso cerca al estadio.

Su carrera como portero profesional en Colombia, que incluso cuenta con brillantes actuaciones con la selección nacional, describió un círculo. Inició en Santa Fe en agosto de 1995, cuando debutó en el empate 1-1 con Envigado, en El Campín. Eduardo Orozco, con un autogol, le marcó su primer gol como arquero.

Después vinieron las atajadas, las tardes memorables con los clubes en los que jugó (Júnior, Caldas, DIM y Tolima). Hace tres días, sin embargo, fue nombrado como nuevo gerente deportivo de Santa Fe, el club en donde terminó su vida como futbolista.

“Fue una decisión difícil —dice en diálogo con El Espectador—. Tenía ofertas para seguir jugando en otros equipos. El presidente me lo propuso, lo consulté con mi familia y acepté con nostalgia. Ahora no iré a los entrenamientos con sudadera, si no en traje de paño. Aunque aún no renuevo mi armario”, asegura Agustín, el eterno arquero de pantalones. Sólo en 2000, en Júnior, jugó de cortos.

Julio, de 37 años, está casado desde hace 13 y es padre de dos hijos. El hombrecito Jonathan juega en las menores de Santa Fe. Lo sorprendió que le ofrecieran ese puesto, a pesar de que está estudiando gerencia deportiva. “Eso sí, quiero seguir aportándole a Santa Fe desde mi nuevo puesto. Cambiará mi rol, dejaré atrás costumbres. Con este tipo de decisiones a uno le da melancolía. Me da por recordar cuando empezaba a pie limpio en el fútbol”, añade con voz tenue.

También rememora todo lo que atajó en el empate a ceros en La Paz, contra Bolivia, por las eliminatorias pasadas. “Cumplí mi sueño de que mis hijos se sintieran orgullosos de mí, tras ese juego”. Aún tiene en sus retinas las batallas que libraba contra los cobradores más avezados a los que enfrentó: “Edison El Gigo Mafla, Rubén Darío Bustos y Carlos Rendón”.

Y el título imborrable con Medellín (2002), donde un día lo multaron por no llegar a un entrenamiento. “En el camino me encontré a un niño herido en la calle. Me lo eché al hombro y lo llevé al hospital. No llegué al entreno y me multaron. Después se supo y me felicitaron”, dice entre risas.

Ahora asumirá en los escritorios un nuevo reto, por muy duro que resulte el cambio. “El fútbol es mi vida y es duro dejarlo. Pero las decisiones hay que asumirlas con mucha gallardía”, concluye.

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