Publicidad

Jueces insaciables

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

A este país la ley de talión le parece poca cosa. Hace unos días, la escritora Carolina Sanín hizo una reflexión en su cuenta de Twitter sobre la adicción que tenemos los colombianos por el populismo punitivo y la cada vez más mancillada presunción de inocencia. El resultado: la crucificaron. La violencia desbocada del colombiano lo lleva todos los días a hacer justicia por mano propia, a linchar al ladrón, a matar al infiel y a condenar perpetuamente al agresor, con el único fin de saciar un deseo de justicia difuso y egocéntrico. En otros escenarios, tales medidas son avaladas por quienes, con el deseo de aprobación popular, arman a la ciudadanía usando el siempre efectivo populismo punitivo. Digo deseo difuso porque la sed de venganza nubla el juicio, y egocéntrico, porque no nos sentamos a pensar en nuestra justicia como una subjetividad atada a pasiones y predisposiciones, sino que creemos que nuestra justicia es la más justa y, sin lugar a dudas, la correcta, la que debe aplicarse, por la incapacidad de reconocer en nuestros juicios el error, la equivocación y la malicia. ¿Los problemas? Muchos. Por ese deseo de venganza que busca hacer justicia a como dé lugar, Colombia está llena de inocentes asesinados o presos. En un país tan históricamente violento como el nuestro, es una locura pensar en una solución que venga por los caminos del perdón, ¡por supuesto que no! En Colombia al que ejerce violencia hay que violentarlo con más fuerza. En Colombia al hijo pródigo no se le puede ocurrir volver a casa. Hace ya dos mil años crucificaron a uno, entre otras cosas, por defender que se debía perdonar al enemigo, olvidar la ofensa y bendecir al malhechor; hoy se condena a cualquiera que defienda la presunción de inocencia como base de un modelo de justicia, que busque rescatar, por lo menos, los derechos más fundamentales. ¿Llegaremos a crucificar a todo aquel que no mate al agresor en el acto? ¿Nos precipitamos por un barranco de odios que cada vez entiende menos del concepto real de justicia justa y que piensa cada vez más en la justicia como ese vino que sacia la sed de sangre? No se trata de hacer una defensa a la institucionalidad como reina y protectora de la justicia imparcial, pues los casos en los que los administradores de justicia les han fallado a las víctimas son bastantes. Es, más bien, una invitación a repensar el concepto que cada uno tiene de la justicia, a pensar que justicia no es aquello que satisface mi ira. ¿El culpable merece un castigo? Por supuesto, y en muchos casos ejemplar. Sin embargo, espero que nuestra humanidad nos lleve más a perdonar que a castigar y que la justicia nos lleve más a restaurar que a violentar.

Esteban Jerez Martínez.

Envíe sus cartas a lector@elespectador.com

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido