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¿Qué pasó con el respeto por las mayorías y sus derechos, como el derecho al trabajo y a la movilidad? ¿Cómo es posible que un grupo someta a las mayorías a sus demandas y caprichos, con alegatos injustificados? Con estos eufemismos algunas minorías tienen a nuestros gobernantes maniatados y amenazados porque se ha permitido que el bloqueo de las vías prime por encima de la movilidad de todos. Se violan derechos fundamentales para redimir el derecho de pocos.
Si bien nuestra Constitución de 1991 busca el reconocimiento y el respeto por la minorías invisibles y menoscabadas, todos debemos contribuir al buen vivir, la convivencia y al respeto del colectivo de la sociedad. Obvio que hay que dar algunas oportunidades adicionales para lograr la equidad, pero estas no deben menoscabar los derechos de todos. La libre movilidad es un derecho colectivo: unos lo hacemos en transporte público, otros en bicicleta, a pie o en carro, pero el medio no es sujeto de derecho.
Lamentablemente en nuestro país se ha impuesto el bloqueo como la manifestación de protesta por excelencia; basta ya de limitarle los derechos fundamentales a la población en general en aras de llamar la atención, así sea de unos pocos o de muchos. Esta manera de reclamar se ha constituido en el mayor detrimento del bienestar colectivo porque mientras unos interrumpen la circulación, se maltrata a los demás —a la gran mayoría—, a quienes tenemos que caminar horas interminables para llegar a trabajar o regresar a descansar. Ya es hora de que nuestras autoridades asuman su deber de proteger el bienestar de todos y no solo el de unos pocos. Ya es hora de definir qué es una protesta legal y cuál una ilegal, pues son innumerables los ejemplos de vandalismo, destrucción de bienes públicos y deterioro de la economía producto de este tipo de manifestaciones públicas que no solo impiden el derecho a la libre movilidad de la ciudadanía.
Hoy nos encontramos ante muchas manifestaciones que logran que sus peticiones y quejas sean escuchadas y sentidas, además de despertar la solidaridad del país. Pero hay protestas que generan malestar y rechazo, no apoyo y voluntad de solución. Aún somos una democracia y ello implica respeto por la diversidad de opiniones. Son más los logros de las manifestaciones pacíficas que de aquellas que violentan la libertad de las mayorías. Sin duda, se requiere establecer canales de comunicación para que antes de atacar el bienestar de las mayorías se escuche a las minorías y se atiendan sus peticiones, muchas de las cuales son sin duda justificadas. Pero la destrucción de los bienes públicos que son de todos, impedir la libre movilidad y el detrimento de las mayorías no deberían primar para ser escuchados. Ojalá nuestros gobernantes no permitan que este tipo de acciones se constituyan en el canal de protesta por excelencia y que prime la defensa de unos pocos.
Miryam Lucía Ochoa Piedrahíta.
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