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Si la pregunta es ¿quién es el gran rival de Sarkozy?, la respuesta es clara: François Hollande. A estas alturas del partido es el candidato socialista el único que puede arrebatarle la presidencia en las elecciones del próximo abril. Si la pregunta es ¿quién es el peor enemigo del actual presidente?, la respuesta es otra: Dominique de Villepin, de quien el presidente francés dijo hace poco: “A Villepin lo voy a colgar en un gancho de carnicero”.
Es tan conocido el odio entre quienes al final de la presidencia de Jacques Chirac ocupaban los dos ministerios más importantes del país, que la gente no deja de preguntarse si la decisión de De Villepin de lanzarse como candidato, a pesar de no tener ni popularidad ni dinero ni apoyos políticos de peso, no es más que una venganza destinada a arruinar las aspiraciones de reelección del actual presidente.
Nacido en Marruecos en 1953 en una familia que cuenta con dieciocho militares condecorados con la Legión de Honor y notorio siempre gracias a sus 1,91 metros de estatura, De Villepin es un gran aficionado a la literatura. Egresado de la Escuela Nacional de Administración en la misma promoción que Segolène Royal y François Hollande, sus primeros cargos con el estado fueron como consejero y secretario en las embajadas francesas en Estados Unidos e India. A pesar de no haber tenido nunca un cargo de elección popular, logra convertirse en la mano derecha de Alain Juppé, canciller de Mitterrand, y luego en protegido del nuevo presidente Jacques Chirac, que tras su reelección en 2002 le dio al mismo tiempo el Ministerio de Relaciones Exteriores y la difícil misión de defender la oposición de Francia a la Guerra en Irak.
Ya en ese entonces parecía evidente la bendición presidencial para su candidatura a la sucesión, pero De Villepin no contaba con el ascenso imparable del exalcalde de la localidad de Neully-sur-Seine, un cierto Nicolás Sarkozy, por entonces recién nombrado ministro del Interior, quien aprovechó las violentas protestas de los suburbios en 2005 para lanzar un discurso de mano dura y solución por la fuerza que rápidamente lo puso en las preferencias del electorado de derecha.
El único escándalo que habría podido detenerlo en su carrera hacia la presidencia se cocinaba desde un año atrás y tenía por nombre el de una sociedad luxemburguesa: Clearstream, un escándalo que comenzó en 2004, cuando salieron a la luz acusaciones anónimas de que Sarkozy y otros políticos tenían cuentas en una entidad financiera con sede en Luxemburgo llamada Clearstream y estaban relacionados con una venta de fragatas a Taiwán en la que se habrían pagado sobornos.
Luego de que la existencia de esas cuentas, pero no de las comisiones, fuera desmentida y mientras Sarkozy se preparaba para entrar victorioso al Palacio del Elíseo, las sospechas sobre el origen de los falsos documentos se dirigían hacia De Villepin. Si bien judicialmente no se pudo probar su rol en la fabricación de los documentos, que explica la frase del “gancho de carnicero”, es posible que De Villepin hubiera estado al tanto de su existencia y se la hubiera ocultado a Sarkozy.
Está claro que De Villepin no cederá fácilmente a la petición de varios miembros de la UMP, el partido presidencial, que lo invitan a renunciar para evitar una nueva división de la derecha, que teme que su peor pesadilla se haga realidad: una derrota de Sarkozy en la primera vuelta.