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Terror en dos actos

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El bus, medio destartalado, medio oxidado, recorría la carretera casi que con lo que le quedaba de vida, aunque siempre tuviera una vida más.

Una señora lo conducía, y mientras avanzaba, hablaba sobre su vida, la violencia, el miedo, la realidad del campo, los políticos y su marido, con una periodista y dos actrices argentinas de un grupo de teatro que recorría Colombia de escenario improvisado en escenario improvisado. “Porque acá no nos queda otra que pelearla, ¿ve?, sin saber quién es el enemigo, y quién, el amigo; sin preguntar, porque los tiros llegan y matan, no importa de dónde vengan, y no respetan edades, condiciones, dinero ni nacionalidad, nada”, decía, y como para no hablar tanto, les preguntaba de qué era la obra.

Ellas le contaron que sobre unos perseguidos por los militares mucho tiempo después de que se hubiera terminado la última dictadura, “pues los milicos —dijo una de las actrices— no querían que los delataran, o no quieren, ahora que han comenzado los juicios contra las barbaridades que hicieron. Una historia de terror psicológico: ver un uniforme verde del Ejército y morir”. El bus tosía. El viento, húmedo, se colaba por entre las ventanas y les daba en la cara al resto de los teatreros, cinco hombres y una señora. Unos dormían. Los otros miraban hacia lo lejos. Todos trataban de descansar, pues los viajes largos como aquel les servían para ahorrar unos cuantos pesos. Doña Josefa escuchaba la historia sin interrupciones, las manos fuertes sobre el timón y, de cuando en cuando, un cigarrillo sin filtro en la boca.

Las horas pasaron más rápido que los kilómetros. A las ocho y tantas de la noche, cerca de Caucasia, un retén de uniformados detuvo el bus. Doña Josefa explicó que no había por qué preocuparse, esbozó una sonrisa que le salió tensa y bajó con su billetera. Conversó con un hombre de fusil, y luego con otro, y caminó hacia donde otros más. Alguno de los teatreros creyó que aún soñaba su propia obra. Los demás perdieron de vista a la conductora. La periodista quiso ir a buscarla, pero no la dejaron. Comenzó a invocar derechos humanos y otra sarta de consideraciones. Los primeros hombres de fusil se reían, hasta que ella misma se dio cuenta de que su discurso era inútil ahí. Sus compañeros quisieron apoyarla, pero a ellos ni siquiera los dejaron salir del bus. Doña Josefa regresó tres horas más tarde. Dijo “todo bien, todo bien”, y no habló más. Ni siquiera ella sabía quiénes eran los hombres del retén. Estaba prohibido preguntar.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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