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Una serie de atentados suicidas acabó con la vida de por lo menos 58 personas en tres ciudades de Afganistán, un país tristemente acostumbrado a este tipo de acontecimientos. Sin embargo, lo perturbados de estos ataques es que, a diferencia de los últimos 10 años de violencia en este país, es la primera vez que el terror se ejerce contra los Chiitas, población musulmana minoritaria.
A Afganistán le faltaba poco para parecerse más al infierno. Después de una década de guerra entre Estados Unidos, la Otan y los talibanes, hoy el país despertó con la horrible realidad de la violencia sectaria, esa que ya no es contra el poder militar de las potencias extranjeras, sino contra un sector minoritario de su propia población. Puede que ya no solamente sea guerra, sino también guerra civil. Eso sería volver a los comienzos, esas épocas anteriores a la invasión de 2001 cuando los Chiitas eran severamente reprimidos por los talibanes, cuando aún este grupo estaba al mando.
Uno de los elementos que más preocupa es que, en un correo dirigido a varios medios de comunicación, un portavoz de los talibanes, Zabiullah Mujahid, negó la responsabilidad de su grupo en los atentados y calificó los hechos como “inhumanos y salvajes”. Entonces, si no fueron los talibanes, ¿quiénes?
Los ataques se registraron durante la realización del Ashura, una de las celebraciones más sagradas del Islam, en las que los Chiitas conmemoran la muerte de Imam Hussein, nieto del profeta Mahoma. La gran mayoría de los muertos son civiles y, según los primeros informes de las autoridades afganas, los artefactos explosivos fueron detonados por personas infiltradas en dos peregrinaciones en la capital, Kabul. Una tercera bomba, oculta en una motocicleta parqueada en Kandahar, no arrojó muertos, sino que hirió a cinco personas, incluyendo dos policías.
De acuerdo con el Ministerio de Salud afgano, la cifra de heridos está cercana a las 170 personas, aunque este número podría crecer rápidamente pues muchas de las personas trasladas a los centros de atención se encuentran en estado crítico.
El ataque llega un día después de la conferencia sobre Afganistán, celebrada en la ciudad alemana de Bonn, en la que el gobierno afgano consiguió prorrogar la asistencia militar y financiera una vez se retiren las fuerzas de la Otan, en 2014. Así las cosas, Hamid Karzai, presidente de Afganistán, logró que la fecha de pacificación del país se fijara ahora en 2024 y la de la ayuda monetaria hasta 2030.
El entusiasmo desplegado por Karzai en la conferencia contrasta con los hechos de violencia de hoy, que aún no tienen responsables claros, y con algunos menos notables, aunque igual de graves.
Afganistán sigue siendo el primer productor y exportador de heroína del mundo y su economía, ya de por sí un asunto inestable dada la intrincada geografía del país, depende mayoritariamente del cultivo clandestino de la amapola. Este dato resulta aún más preocupante si se tiene en cuenta que el 85% de la población afgana depende de la agricultura. Y si lo que más se cultiva es una mata considerada ilegal…
El mayor comprador de la heroína afgana es Rusia, otrora potencia invasora que dio origen a los talibanes como fuerza insurgente.
La erupción de la violencia sectaria hace presagiar lo peor. Luego de la conferencia de Bonn, y con la retirada de las tropas de la Otan cada vez más cerca, la pregunta que queda en el aire es si Afganistán logrará superar los efectos de las guerras, que han devastado a su población y economía, para enderezar el camino, lejos de la violencia.