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Una vida explorando el azul profundo

Hombre de mar, naturalista y expedicionario. El acuario de El Rodadero ha sido sólo una de sus hazañas. El Espectador le rinde homenaje.

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Me piden que escriba una semblanza del Capi Ospina y eso es como decirme que el Capi Ospina está alistándose para su expedición final.

Prefiero pensar más bien (soñadores que seguimos siendo) que alguien, desde esta fría ciudad capital en donde se hacen o se impide hacer las cosas esenciales del país, se acordó del hombre que durante tantos años les ha venido enseñando a los colombianos y a las colombianas lo importante que es mirar hacia el mar.

Debió ser alguien del sector turístico, que tardíamente quiere reconocerle el pulso y repararle las uñas con las que hace ya más de 35 años construyó un acuario en El Rodadero de Santa Marta, pulso y uñas con los que ha vuelto a rehacerlo en las ocasiones en que las marejadas y los coletazos de los huracanes se lo han querido llevar hacia las profundidades del mar.

 De pronto es alguien del departamento del Magdalena o de la administración de su capital, por tanto servicio prestado a favor del uno y de la otra, pero eso habría que dudarlo de inmediato, por la sencilla razón de que fueron muy pocos los administradores y los políticos que, al contrario del Capi Ospina, sobrevivieron al naufragio de ese territorio tan querido, ocasionado por las bonanzas de la marimba, por la fiebre de la coca y el espantoso tsunami del paramilitarismo.

De pronto es el gremio de la llamada “Gran Prensa”, que le quiere reconocer tantas cartas y crónicas desde el Caribe, que publicaba El Espectador de don Guillermo Cano, y que después fueron apareciendo  en distintos medios del país, cuando sus directores sucumbían a la insistencia pertinaz del Capi Ospina.

Desde su columna y desde sus puntos de vista, aprendimos sorprendidos los colombianos que al contrario de lo que dictaba la cotidianidad nacional, nuestro país tenía dos costas sobre el mar, llenas de alimento contra la pobreza, de recursos para la industria sostenible y de materiales para la ciencia.

Fue en sus escritos, y no en el oportunismo de algunos antropólogos del interior, en donde se supo por primera vez de la gran Ciudad Perdida en la Sierra Nevada de Santa Marta, gracias a las noticias que le llevaban a él los “guaqueros” de la época. Fue allí como tampoco entendimos por qué a Barranquilla la dejaron desarrollar a espaldas del río de la Magdalena, cuando era él quien la podría impulsar hacia el futuro. En fin, pudo ser la Gran Prensa, la que pedía ahora una semblanza del Capitán.

No creo que el encargo haya sido idea de alguno de sus amigos cercanos, entre los que humildemente me quiero incluir, gracias a que tuve la fortuna de heredar de mi padre su querida amistad. Todos lo conocemos bien como para arriesgarnos a una de sus “vaciadas” por importunarlo, por querer manifestar algún tipo de agradecimiento a su generosidad infinita y mal podríamos cometer semejante atropello cuando sabemos que nos lo cobrará en la próxima llamada telefónica o en la siguiente visita a su ciudad.

No fue ninguno de nosotros, lo aseguro. Todavía preferimos el placer terrenal de sentarnos junto a él para escucharlo. Para dejarnos transportar irremediablemente hacia parajes alucinantes de geografías y de mares y de profundidades sólo conocidas por su osadía. Preferimos aún la repetición emocionada de sus luchas contra los contrabandistas de La Guajira, cuando apenas era un soldado de la patria; sus peleas bajo el mar, tratando de amarrar tiburones dormidos por la cola; sus batallas contra la manigua de la Sierra cuando le dio por buscar su propio Dorado, o incluso la narración de aventuras compartidas con nosotros, que siempre resultan más emocionantes que las vividas en la realidad.

Por eso preferimos seguir sentándonos con él a la orilla del río Don Diego, en Tayronaka, y junto a su inseparable navegante, Tatyana Torres. Hay muchas estrellas por mirar. Hay mucha pregunta que le va surgiendo y que hay que resolver. Hay que seguir recreando en la imaginación las aventuras que va él soltando sin detenerse, y que tanto se parecen a las de nuestros héroes de historietas de la infancia. Todavía es pronto para semblanzas encargadas.

El corazón ballenero

Una de las anécdotas de Pacho, como lo recuerda el doctor Jorge Reynolds, fue aquella vez que el Capi Ospina vino a Bogotá a una entrevista con Pacheco y como compañera de viaje trajo una foca, que tuvieron que alojar algunas semanas en casa del médico creador del marcapasos.

La verdad es que cuando al naturalista se le ocurrió semejante excentricidad, ya los dos eran amigos de vieja data. Se habían conocido a finales de los 70 cuando, por las investigaciones sobre el corazón humano, Reynolds llegó al acuario de Santa Marta para seguir los ritmos cardíacos de animales marinos.

Fue el Capi Ospina Navia quien le presentó al médico y científico el mar. No ese mar de verano y vacaciones, sino a sus habitantes, sus secretos y sus misterios. Fue el Capi quien primero reconoció las ballenas en las costas del Pacífico colombiano, y durante una expedición por las dos costas del país lo llamó para que hicieran las pruebas con ballenas.

“Todavía Gorgona era una isla prisión, Pacho me avisó que había ballenas en la zona, que viniera con ellos. Así que yo preparé los dardos y pudimos hacer el primer electrocardiograma de un cetáceo”, explica con emoción Reynolds. Añade que debió crear un electrocardiógrafo del tamaño del dardo para que viajara en éste y con un harpón se insertara en la ballena. El dispositivo enviaría las señales por radio y unos días más tarde sería expulsado por el animal. Esta experiencia cambió su vida, pero no sería la última.

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En otra ocasión, con el apoyo de la Cruz Roja Colombiana, lograron trabajar con delfines rosados del Amazonas, que llevaron hasta Santa Marta y luego devolvieron a su lugar natural. Reynolds cuenta cómo Opina Navia, que ha sido un conocedor de la fauna marina y un enamorado de la naturaleza, siempre tiene a mano una historia para contar, un dato o una aventura.

“A él hay que conocerlo, pues a primera vista es una persona distanciadora, sin embargo, detrás de esa apariencia ha habido siempre un amigo generoso, un curioso y un ser persistente. Sin todo eso no habría logrado todo lo que consiguió”.

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Tayronaka, tierra soñada

“En los últimos años, la gestión y el manejo del acuario de Santa Marta el Capi se lo ha delegado a sus hijas. Su proyecto consentido es Tayronaka”, cuenta el científico y amigo Jorge Reynolds.

En esta tierra, Ospina Navia pasa sus días, y ahí con la ayuda de la comunidad Kogui ha reconstruido las terrazas al estilo tayrona que permiten el manejo de los terrenos empinados en las estribaciones de la Sierra Nevada.

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En esta tierra el capitán Ospina, cerca del mar pero no dedicado a él, se ha entregado al conocimiento de las culturas indígenas, a su sabiduría ancestral en la pesca y en la medicina natural. Además es un destino ecoturístico en el que los visitantes caminan por senderos naturales, cabalgan o hacen expediciones por el río Don Diego, acercándose a la Sierra Nevada sin generar un impacto ambiental negativo.

* Ex director de ‘El Espectador’

 

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