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Aunque toda predicción es difícil, hay una facultad humana que se llama presentimiento, esa especie de intuición que nos pone en estado de alerta por lo que pueda ocurrir aunque no lo podamos fotografiar nítidamente, pero lo sentimos venir, “como los latidos de la mujer que vendrá a cortarnos la yugular”, dijo un poeta.
Es una realidad… la pandemia representa el desafío más importante para la educación en todo el mundo desde la Segunda Guerra Mundial. Así lo reconocieron 26 ministros de Educación y algunos jefes de gobierno reunidos hace unas semanas. De hecho, el coronavirus hizo que la mayoría de los gobiernos del mundo cerraran al unísono las escuelas, a tal punto que se estima que más de 1.500 millones de alumnos y 63 millones de docentes se quedaron en sus casas en un intento remoto de continuar con el “proceso” educativo, lo que inexorablemente constituye un colapso. Las cifras de la Unesco lo demuestran: la mitad del total de los alumnos en el mundo —unos 826 millones—, que no pueden asistir a las escuelas por efecto de la pandemia, no tienen acceso a una computadora en el hogar y el 43 % (706 millones) no tienen internet. El virus ha desnudado las falencias del sistema educativo público y esto es sorprendente para el caso de los países desarrollados, que pensábamos lo tenían resuelto, al menos en infraestructura y equipamiento de redes. Eso significa que, cuando retornemos a las clases presenciales después de la pandemia, nos encontraremos con un paisaje desconocido, brumoso, que demandará un gran esfuerzo para adaptarnos a la “nueva normalidad”. Al respecto, la socióloga y docente Inés Aguerrondo describe muy bien que “la conmoción general y personal por la emergencia sanitaria es profunda. Estamos viendo los efectos negativos que nos rodean en lo familiar, personal, laboral y económico, esperando volver a la “normalidad”. ¿Pero qué sería volver a la normalidad? ¿Retomar los vínculos y obligaciones como si nada hubiera pasado? ¿Será posible eso? ¿O la nueva normalidad pospandemia puede ser, hasta cierto punto, inventada por la mirada a largo plazo que tengamos sobre ella?
Yo pienso que ahí está el meollo del asunto y creo que viviremos la pulsión de esas dos tendencias: la de una escuela tratando de acomodarse a la tradición del pasado que pesa mucho, y una tendencia menos fuerte que buscará redefinir los contornos de su nuevo territorio, pensado como espacio, pero también como enunciación de sentido de existencia.
De entrada, presiento que se impondrá la primera tendencia, la habitual de la tradición, según la cual lo importante es el horario, los contenidos y la clase, y lo demás se puede postergar para cuando haya tiempo. Pero yo no me rindo, menos ahora, cuando estamos viviendo un momento fascinante a pesar del virus —o gracias a él—. Veo también muchas propuestas innovadoras de maestros provenientes de todas partes del mundo, y eso es muy reconfortante para el espíritu. Basta que el Ministerio de Educación y sus secretarías hagan eco de ellas y las incorporen como políticas educativas que configuren “la nueva escuela”. No sería justo ni deseable volver a la cuarentena de décadas de la tradición escolar, después de salir de la cuarentena transitoria causada por el virus, para millones de estudiantes que saldrán a respirar la vida.
¡Ojalá que esta vez lo urgente no se imponga sobre lo fundamental!
Alonso Ramírez Campo.
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