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Canto lírico por deporte

La soprano finlandesa, considerada hace unos años como la mejor exponente de su generación, tiene un capítulo aparte en la historia de la Metropolitan Opera de Nueva York.

La soprano Karita Mattila, formada artísticamente en Finlandia y Estados Unidos, dice que una de sus maestras más importantes fue la húngara Vera Rózsa.   / Cortesía Teatro Mayor
La soprano Karita Mattila, formada artísticamente en Finlandia y Estados Unidos, dice que una de sus maestras más importantes fue la húngara Vera Rózsa. / Cortesía Teatro Mayor

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Para Karita Mattila cada presentación es una especie de maratón. A veces la soprano finlandesa considera que la ópera está más cerca de las disciplinas deportivas que de las artes porque representa un esfuerzo físico y un desgaste mental igual o más significativo que la misma entrega artística. Para dedicarse al canto lírico es necesario realizar varias actividades simultáneas y no solamente contar con las habilidades de la garganta o el buen comportamiento del tórax para suministrar el oxígeno necesario y emitir las notas.

Sobre el escenario es indispensable actuar, caracterizarse, desplazarse a otras épocas. Por lo general hay que saltar y, dependiendo de las ocurrencias del compositor (para algunos, simples excentricidades), hay piezas operáticas cuyos montajes incorporan la danza como otro de sus atractivos. Por todo eso Karita Mattila sostiene que su profesión es una actividad de altísima competencia para la que hay que prepararse muy bien y, a decir verdad, también estar algo loco para tomarla como el eje de la existencia humana.

Por fortuna para la soprano finlandesa, desde que decidió prepararse en el canto lírico en la Academia Sibelius de Helsinki, en su país, hasta que emprendió el camino para profesionalizarse en Londres, siempre ha disfrutado de la entrega física y espiritual en cada uno de los montajes en los que ha participado. El deleite, el disfrute de la actividad es la enseñanza que más destaca del tiempo en el que fue discípula de la reconocida cantante húngara Vera Rózsa (1917 – 2010).

“Con Vera Rózsa aprendí mucho a mejorar mi técnica vocal ampliando mi repertorio, lo que es muy importante para cualquier cantante en formación, sobre todo en la escena operática. Sin embargo, ella también me enseñó muchísimo acerca de cómo ejercer esta profesión, y a aplicar la teoría. Puedo decir, sin temor a equivocarme, que Vera Rózsa es mi gurú. Hoy puedo afirmar que fue un gran apoyo al guiarme para encontrar lo mejor para mí como cantante. Siempre me apoyó y me enseñó mucho sobre lo cotidiano, sobre la vida. Me transmitió su goce, su deleite por el arte y la forma de plasmarlo en la rutina”, cuenta Karita Mattila.

Además de la presencia de Rósza, la artista cree que otro hecho decisivo para su consolidación fue el equilibrio que encontró entre las enseñanzas en Helsinki y lo aprendido en las mejores escuelas musicales del Reino Unido. Durante la década de los ochenta, Londres era una ciudad muy importante para todos aquellos que querían dedicarse a la música clásica y tenían el sueño de vivir de la ópera.

“Para mí haber estudiado en Inglaterra y dejar atrás a Finlandia representó una gran oportunidad, ya que no sólo me brindó herramientas para mi formación profesional, sino que también me permitió aprender muchas cosas sobre la cultura universal. En Londres hay muchos museos, teatros y una gran variedad de estilos de música que en mi país no existen. Así que Londres me ofreció un abanico inmenso de actividades artísticas. Viví allí por casi 20 años, y ahora veo que era obligatorio, porque para tener reconocimiento en Finlandia primero hay que destacarse en el escenario internacional”, relata la soprano que hizo su debut en la Casa de la Ópera Real de Covent Garden, en Londres, representando el papel de Fiordiligi, en Così fan Tutte, de Wolfgang Amadeus Mozart (1756 – 1791).

Cuatro años más tarde, Karita Mattila se presentó por primera vez en la Metropolitan Opera de Nueva York. En ese entonces interpretó a Donna Elvira en Don Giovanni, otra creación de Mozart. A partir de esa incursión, su nombre se popularizó tanto que participó en montajes exclusivos encabezados por los más prestigiosos directores de orquesta. Personajes como Claudio Abbado, sir Colin Davis, Simon Rattle y Donald Runnicles, para mencionar sólo algunos, la dirigieron y aplaudieron sus interpretaciones. Sin embargo, fue durante 2004 cuando su prestigio como soprano quedó ratificado al protagonizar la ópera Salomé, de Richard Strauss (1864 – 1949). Luego de su presentación la crítica especializada dijo que el nombre de Karita Mattila representaba un capítulo aparte para la Metropolitan Opera.

“Mi interpretación en Salomé implicó un esfuerzo físico importante. Recuerdo que realicé una preparación muy dedicada, especialmente en la coreografía, que tenía que realizar bailando. Eso es lo que hace que la ópera sea tan interesante y exigente para los cantante, ya que no sólo te pide que cantes, sino que ejecutes la caracterización de un personaje, en el que como artista tienes que realizar varias cosas juntas, como actuar, bailar y cantar al mismo tiempo. Fue todo un reto personal que, para mi beneficio, se plasmó durante esa jornada en la Metropolitan Opera. Yo no sé muy bien qué fue lo que vieron los críticos, pero me imagino que premiaron mi esfuerzo”, cuenta Karita Mattila, quien desde hace un par de años decidió que tan sólo se podía comprometer a realizar 60 presentaciones al año, y una de esa cantidad limitada la apartó para Colombia en 2013. Ya está lista para hacer su ópera aquí, para cantar, saltar, bailar y actuar, tal y como lo exige un deporte de alta competencia como el canto lírico.

jpiedrahita@elespectador.com

Sábado 3 de agosto, 8:00 p.m. Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, calle 170 Nº 67-51. Informes y boletería: www.primerafila.com.

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