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Considero que uno de los principales objetivos de los columnistas responsables es cultivar un nicho de lectores bien informados, con criterios y sustentos claros, independientemente de si se adhieren o no a su cosmovisión.
La medicina y las ciencias que la apoyan, como la genética, en el presente están corriendo en sus avances más rápido que las leyes o las moralidades y éticas que pretendamos construir como sociedad alrededor de ellas, con el fin de modularse en beneficio de la humanidad en general. Aunque no se trata de frenar los avances de la ciencia, sí es imperativo analizar y conducir con prudencia su aplicación, en especial si queremos que sea universal y equilibrada, respetando a todos los seres vivientes y protegiéndolos del dolor y sufrimiento evitables. Felicitaciones a Héctor Abad Faciolince por poder y querer vivir más, como lo contó en su más reciente columna, que se detiene sobre el uso de órganos y tejidos genéticamente modificados en los trasplantes practicados por la medicina humana, pero no es suficiente ver su logro (que tampoco está al alcance de todo el que lo requiera), el del señor David Bennett y el de tantos otros solo con la óptica del antropocentrismo, y menos insinuar la doble moral de veganos, vegetarianos, hinduistas, musulmanes o judíos en caso de verse avocados a la necesidad de recurrir a este tipo de alternativas médicas, lo que chocaría con sus creencias y prácticas.
Bien es cierto que al preguntar de una manera simplista si matar es malo, casi instintivamente todos responderíamos que sí. Pero, a manera de ejemplo, si matamos en defensa propia o por defender a un ser querido, seguramente pensaríamos que estaría bien hacerlo. Las circunstancias de todo ser humano son dinámicas en el tiempo, y no es que quepa fácilmente la doble moral o que sea como decía el humorista Groucho Marx: “Estos son mis valores. Si no te sirven, tengo otros”. Es necesario evaluar cada contexto, proponer cursos de acción y tomar la mejor decisión posible para procurar satisfacción, beneficio y felicidad sin dañar a otros.
Tampoco es cierto que la oposición a este tipo de prácticas se dé en abstracto ni que corresponda solo a la “furia”: hay conceptos bastante bien elaborados para argumentar prudencia y dignidad con estas prácticas, en especial derivadas del uso (y muchas veces del abuso) de seres sintientes a los que se les induce inmenso dolor evitable. Ojalá por las venas de Héctor Abad Faciolince, que aprecio y respeto profundamente (en especial por ser uno de los legados de Héctor Abad Gómez), discurra una sangre con menor tinte de juicios y un poco más de justicia para los animales que tanto nos ayudan y para quienes él juzga de furiosos, abstractos y de decisiones rápidas. Así cultivará lectores que lo repliquen en bien de la humanidad.
Jairo Eduardo Torres Castañeda
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