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Cruceros se mantienen a flote

La industria, cuestionada por el naufragio de una de sus naves en Italia, se consolida como una importante fuente de ingresos para el país.

21 de enero de 2012 – 04:00 p. m.

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Una promesa a su jefe de camareros, una competencia de egos o un romance a bordo. El origen ya no importa. Lo relevante es que Francesco Schettino, capitán del crucero Costa Concordia (de la compañía italiana Costa Crociere), se desvió de su ruta original, se acercó hasta unos 150 metros de distancia de la isla Giglio, en el mar Tirreno, y provocó una catástrofe que, hasta el momento, deja 11 muertos, 21 desaparecidos, un desastre ambiental inminente y una grieta de 70 metros en el casco de la nave que, se calcula, costó US$460 millones.

Pero el impacto financiero es aún más grande. Las aseguradoras apenas reconocerán US$40 millones por cobertura de daños y responsabilidad civil por lesiones personales, sin contar con que la compañía marítima estima que el naufragio le pasará una factura de hasta US$95 millones en sus beneficios de 2012.

El balance también incluye la socialización de pérdidas entre los principales jugadores de la industria. La respuesta inmediata de los mercados fue darle la espalda a Carnival Cruise Lines (dueño de Costa), cuyas acciones en la Bolsa de Londres bajaron cerca de 16% durante el transcurso de la semana. El temor también afectó a Royal Caribbean, que sufrió un descenso del orden de 7% en el mercado neoyorquino.

“Va a ser un trimestre horrible y corto. Con seguridad se presentará un impacto de corto plazo porque es un período de reservas claves y mucha gente desechará los cruceros en un futuro inmediato”, le dijo Wyn Ellis, analista de la consultora Numis, a la agencia Reuters.

Este accidente se presenta en uno de los momentos más inoportunos. Tanto compañías como agencias de viaje suelen agendar la mayor parte de sus reservaciones en el primer mes de cada año. “En Estados Unidos y Europa, el principal período de vacaciones va de julio a agosto. Para acceder a los mejores precios, tanto en cabinas como en destinos, suelen apartar los cupos con seis meses de anticipación”, comenta Mauricio Materón, gerente de Discover the World Marketing, agencia que representa las operaciones de Carnival, Royal Caribbean y Celebrity Cruises en Colombia.

Ambas regiones han contribuido a la consolidación de una industria con más de 170 años. La misma que se inició en las primeras décadas del siglo XIX, cuando los barcos a vapor redujeron los viajes transatlánticos de dos meses a 15 días. Desde entonces, empresas británicas, alemanas, holandesas y escandinavas perfeccionaron los traslados con embarcaciones más grandes que le permitían al pasajero disfrutar de toda clase de comodidades.

Pero el punto de quiebre se dio en el siglo XX, pues las dos guerras mundiales ocasionaron el naufragio de la actividad, que nunca pudo recuperarse con la efectividad y velocidad que ofrecieron las aerolíneas en los años posteriores a la Conferencia de Yalta.

La industria, sin embargo, se reinventó en los años setenta. Impulsada principalmente por compañías establecidas en Miami, atacó el nicho de gente adinerada que podía permitirse una pausa de semanas (incluso meses) en paradisiacos destinos: las islas del Caribe y el Mediterráneo, Oriente Medio, los atolones de la Polinesia o, incluso, los fríos alrededores de Alaska.

Los barcos también evolucionaron. De vapores pasaron a llamarse cruceros y se asemejaron a ciudades en movimiento: casinos, amplias piscinas con toboganes, cabinas y restaurantes de lujo. Según cifras de la Organización Mundial de Turismo (OMT), es uno de los sectores más pujantes del planeta, con un crecimiento anual del 8%.

El regreso del glamour

Y en el horizonte apareció un punto blanco. A medida que se acercaba y tomaba forma, los anfitriones ultimaron los detalles: las palenqueras le sacaron el brillo a sus frutas, los gaiteros inflaron sus pulmones y los operarios del puerto se alistaron a recibir al Radiance of the Seas, el primer crucero en tocar tierras colombianas tras una ausencia de seis años.

La violencia y la escalada de los noventa alejó a los barcos de lujo, pues ninguna compañía estaba dispuesta a atracar en un puerto en el que sus clientes corrían gran riesgo de ser secuestrados. Sin embargo, las mejoras en materia de seguridad durante el gobierno Uribe, la recesión en las aerolíneas tras el atentado a las Torres Gemelas y la desaceleración en las economías desarrolladas —síntoma de la crisis financiera que se venía—, propiciaron su regreso.

La primera en hacerlo fue Royal Caribbean, que el 18 de enero de 2007 escogió a Cartagena para relanzar los viajes al Caribe colombiano. Los 2.500 pasajeros (principalmente estadounidenses y mexicanos) que ese día bajaron fueron recibidos con collares y artesanías, pasaron varias horas entre las calles del Centro Histórico. Con el paso de los años se multiplicarían a cientos de miles (ver artículo inferior).

Según las cifras del Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, Cartagena es el principal puerto del país en recibir a los clientes de esta industria. Su supremacía sobre destinos como Santa Marta y San Andrés se debe a la logística que la ciudad, encabezada por la Sociedad Portuaria, ha desplegado. “La organización es evidente. La ciudad cuenta hoy con un puerto independiente, adecuado para recibir a los miles de turistas, y prácticamente tiene vigilado cada centímetro de la Ciudad Amurallada para garantizar su seguridad. Eso no se ve en otros puertos”, afirma una persona ligada al sector en Colombia que pidió no ser mencionada.

Se calcula que cada temporada de cruceros le deja a la ciudad ingresos de alrededor de US$42 millones por concepto de ocupación hotelera, compras en comercio y en restaurantes.

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Y ya con una oferta establecida en el Caribe, el Gobierno busca trasladar la demanda hacia los puertos del Pacífico. Desde el próximo mes efectuará reuniones con las autoridades de los departamentos costeros con el fin de buscar soluciones para enfocar la industria de los cruceros hacia el ecoturismo.

El potencial existe: en marzo de 2009, The World, una de las embarcaciones más exclusivas del sector (sus 180 ocupantes son dueños de cada uno de sus apartamentos tras pagar entre US$1,2 millones y US$7 millones por ellos), perteneciente a la compañía Residensea, atracó por unas horas en la isla de Gorgona. Allí se dedicaron a actividades como el buceo, el snorkeling o a recorrer las ruinas de la antigua prisión, antes de partir hacia Cartagena.

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El destino reconquistado

Al cerciorarse del buen comportamiento de la economía colombiana, los ejecutivos de la cadena Crown & Anchor, dueños de Royal Caribbean, se entrevistaron en 2006 con el entonces presidente Álvaro Uribe para explorar formas de inversión.

El regreso se dio en abril de 2007 y desde entonces la afluencia de turistas ha ido creciendo año a año. Sin embargo, la desaceleración de Estados Unidos y la crisis que vive Europa (cerca de 6,5 millones de viajes se contratan en el continente) causaron un descenso en las cifras del Ministerio de Comercio en octubre pasado.

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Hoy reina la calma, pues la crisis del ‘Costa Concordia’ no ha afectado al sector. “No hemos sufrido cancelaciones”, dice Mauricio Materon, gerente de la agencia Discover the World Marketing.

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