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Gente que no nos gusta

Juan Gabriel Vásquez
27 de septiembre de 2012 – 06:00 p. m.

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Con el tiempo, creo yo, nos daremos cuenta de lo mucho que cambió el mundo el Día de San Valentín de 1989, cuando el líder (religioso) de un Estado se tomó el derecho de condenar a muerte a un ciudadano de otro Estado por un crimen imaginario.

Hoy sabemos, tal como sabe Salman Rushdie, que las grandes batallas ideológicas del siglo XXI se llevarán a cabo en el terreno de la libertad de expresión; pero en los últimos días la realidad nos ha enseñado, para sorpresa de muchos incautos, que las conquistas de eso que llamamos civilización no son metas que se alcanzan una vez y para siempre, sino que es necesario defenderlas todos los días. No son como una línea de cal, que una vez cruzada ya no admite vuelta atrás; son una constante obra gris, algo siempre a medio hacerse, porque siempre tendrán enemigos, porque sus enemigos se renovarán siempre como se renuevan en la historia los fundamentalismos religiosos y los absolutismos políticos.

Pues bien, la última Asamblea General de las Naciones Unidas se convirtió en un termómetro desesperado de esta batalla esencial. Por un lado, los discursos paralelos del presidente Obama y —en otro lugar y con otras intenciones— del candidato Romney; por el otro, el discurso, tan elocuente, del primer ministro egipcio. Romney alegaba que para solucionar el extremismo no hay más que darle a la gente trabajo en una empresa (y nos mostraba un lado aún más ingenuo y tonto de lo que creíamos); Obama sugería que quizás no es la libre empresa, sino la libertad de expresión, lo que más pueda dar una mano a todas estas democracias hijas de la Primavera Árabe; y Mohamed Mursi, el primer líder egipcio elegido democráticamente, criticó fuertemente la ola de violencia antiamericana que ha provocado el insultante video de hace unos días, pero enseguida sostuvo que la libertad de expresión no debía incluir el derecho a insultar la fe religiosa de millones de personas. En otras palabras, el bienintencionado y demócrata Mursi no dijo nada distinto de lo que han dicho siempre los fanáticos: usted puede decir lo que quiera, siempre que a mí no me ofenda lo que diga.

Pero la libertad de expresión no funciona así. El famoso video merece nuestro repudio y nuestra condena (moral, estética); las caricaturas francesas son de pésimo gusto y son, sobre todo, deliberadamente provocadoras; pero cualquier intento por censurar esos contenidos sería gravísimo. Hace cosa de una semana, entrevistando a Salman Rushdie, el periodista Fareed Zakaria habló de los medios que, como CNN, se habían negado a mostrar el video y las caricaturas. Le preguntó a Rushdie qué opinaba: “¿Es la decisión correcta?”. Rushdie contestó: “Mire, ustedes son una agencia de noticias. Tienen que dar las noticias. No pueden censurar las noticias porque pueda que a alguien no le gusten las noticias”. Y luego hizo esta defensa que tantas veces se ha hecho: “El problema con la libertad es que siempre habrá alguien que la use mal: no todo el mundo es buena gente. Y no todo el mundo es inteligente y sofisticado y talentoso: mucha gente es justo lo opuesto. Pero la libertad quiere decir libertad para esa gente también. Para defender la libertad, tenemos que defender también la de gente que no nos gusta”.

Aunque no parece que esa gente vaya a dar las gracias.

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