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Con la muerte de Santiago Carrillo desaparece no sólo un auténtico líder histórico del comunismo español, sino el último dirigente de una generación que vivió la guerra civil.
A Carrillo ningún acontecimiento del siglo xx en Europa le fue ajeno. Se inició como colaborador del dirigente socialista Francisco Largo Caballero, ingresó luego al partido comunista y terminó siendo un hombre cercano a Moscú. Formó parte del ejército republicano y tuvo –tanto en la guerra como en el gobierno de la república en el exilio- distintos grados de protagonismo. Hacia la mitad del siglo anterior era ya un personaje universal, y siguió siéndolo hasta el final de sus días, no obstante su alejamiento de toda actividad pública. Su vida está cubierta de luces y de sombras, pero pocos como él sintetizan en su propia existencia la historia que les tocó vivir.
Su compromiso con la segunda república y con su partido comunista fue insobornable. Sin embargo nunca perdió de vista que las ideas sólo funcionan si están conectadas con la realidad social y con el sentimiento de la gente. Desde la clandestinidad luchó contra la dictadura de Franco, pero también condenó las purgas de Stalin y su invasión a Praga en 1968. Criticado por sus camaradas más radicales, encontró en la legendaria figura de la presidenta de su colectividad, Dolores Ibarruri –conocida como “La Pasionaria”- el respaldo que lo consolidó en la secretaría general del partido comunista español.
Protagonista de la transición hacia la democracia, se esforzó por coincidir con Adolfo Suárez, con Felipe González y con el propio rey Juan Carlos en los procedimientos para garantizar una mutación civilizada y en el proceso que culminó con la aprobación por las Cortes, de la Constitución de 1978. Probablemente la transición hubiera sido imposible sin la firmeza, la prudencia y la habilidad política de Santiago Carrillo.
Su gran aporte al pensamiento fue la creación del “eurocomunismo”. En plena vigencia de la guerra fría, los tres líderes comunistas más conspicuos de la Europa latina –Enrico Berlinguer de Italia, Georges Marchais de Francia y Santiago Carrillo de España- inspiraron un movimiento crítico del modelo autoritario soviético. Su objetivo no era tanto revisarse doctrinariamente como renovar la fatiga que acusaban los partidos comunistas de Europa occidental.
El eurocomunismo se comprometió con una política de paz, de convivencia, de pluralismo. En su libro “Eurocomunismo y Estado”, publicado en 1977, lo define como una estrategia autónoma, en trance de elaboración, nacida de una realidad concreta, que constituye el único modelo revolucionario posible en los países desarrollados. Su futuro se vio neutralizado por el auge de los partidos socialistas, pero fue el auténtico precursor de unas concepciones que luego extendió por el mundo la social democracia.
Según Carrillo, el pluripartidismo, la vía parlamentaria, las libertades democráticas y los derecho humanos representan un logro histórico irrenunciable del progreso humano. Por esa idea se jugó su capital político y su prestigio personal. Tenía claridad intelectual, coraje político, vocación de servicio y sentido de la realidad. No sé dónde lo escuché, pero tenía razón quien lo dijo: Santiago Carrillo era la voz del sentido común.
Ex senador, profesor universitario. atm@cidan.net