Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Enmascarado por software criptográfico de descarga gratuita accedo en tres clics a la sobria portada de La ruta de la seda, un mercado libre de lo inaceptable.
En oferta: 200 mg de DMT (principio activo del yajé) con 99.5% de pureza. También hay testosterona, cocaína colombiana desde Holanda y algo llamado polen marroquí.
La ruta de la seda asegura discreción y confianza. Cualquiera puede entrar pero nadie sabe dónde está. La localización e identificación precisa de compradores, vendedores y servidores es ofuscada por la red Tor, originalmente diseñada por la armada norteamericana para proteger informantes. Para que las transacciones sean imposibles de rastrear, la página usa BitCoin, un artilugio matemático-computacional de afiliación anarquista que funciona más o menos limpiamente como moneda digital sin huella.
Y el detalle coqueto: envían la mercancía por correo. Está comprobado que un gramo de cualquier cosa, bien empacado, es esencialmente indetectable por el servicio postal primermundista.
Si un crimen no se puede ver ni registrar, ¿hay crimen?
Para curarse en salud ciberlibertaria, los administradores propugnan por un código de ética breve pero estricto para sus vendedores: no armas, no asesinatos, no artículos robados, no información personal, no pornografía infantil. De resto todo va.
En un estudio reciente del CyLab de Carnegie Mellon se estima que La ruta de la seda mueve alrededor de dos millones de dólares al mes. El 43% de sus vendedores están en Estados Unidos. Alrededor de la mitad envía mercancía sin restricción geográfica alguna. La retroalimentación (obligatoria) de los clientes es mayoritariamente positiva. Con frecuencia, los vendedores envían muestras gratuitas en agradecimiento por la compra.
Tal vez ya es hora de aceptar que la guerra contra las drogas, esa broma triste, está perdida. Aquí los nerds también ganamos.