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Estimada Alexandra ¿o debo decir Tanja Nijmeijer? no nos conocemos, nunca nos hemos hablado, pero nos une algo y otro tanto nos separa. Al ver y escuchar atentamente la entrevista con el periodista sueco Dick Emanuelsson, especializados en temas de América Latina, pensé en esta carta, con la esperanza de que algún día la leas, pero sobre todo para que terceras personas puedan acceder a otras preguntas y a otras respuestas sin aparente solución.
Después del rompimiento de las conversaciones de paz entre las FARC-EP y el gobierno de Andrés Pastrana en Colombia, era difícil imaginar las consecuencias de la respuesta militar de tierra arrasada contra la insurgencia, que, más que afectar a sus estructuras militares y políticas, suponía un alto precio para la población civil derivado de los efectos colaterales de la guerra. Los corresponsales regionales de los noticieros nacionales, convertidos de hecho en corresponsales de guerra, fuimos testigos de excepción de tales efectos.
La realidad, sin embargo, como resultado del miedo a la represalia de los actores armados, a la censura y la propia autocensura, no podía ser transmitida y a veces asimilada por nosotros mismo. En este contexto, el desarrollo personal y espiritual, la proyección social y humana de quienes aspiramos a ser sujetos de la hisotria y no simples elementos de consumo, teníamos garantizado una làpida sobre nuestros sueños.
Por entonces escribí una novela cuyo dramático final coincidía con la realidad concreta de un momento histórico no muy lejano: un grupo de excombatientes, que regresaba del exterior después de que sus comandantes rebeldes negociaran un armisticio con el gobierno, y creyendo volver a un país en paz, divisaban desde las ventanas del avión de regreso pueblos enteros ardiendo cuya humareda de escombros nublaba la vista de los esperanzados excombatientes. El final de la novela no era sino el anticipo de lo que sería el período negro de la Seguridad Democrática llevada a cabo por el gobierno de Alvaro Uribe Vélez.
No me plenteé por entonces el papel que deberían jugar los poetas, escritores y artistas en general en una guerra interna como la colombiana. Creí que el tema había sido superado ya por el largo alegato de Julio Cortázar en su libro «El papel de la literatura en la revolución o la revolución de la literatura». Lo que me propuse por entonces fue escribir una nueva novela desde la distancia de los hechos. Hace dos años, después de 10 años viviendo en Europa, terminé de escribir esa segunda novela: «Memorias de una silla vacía», que reposa en un viejo ordenador debajo de una mesa. No es una segunda versión de la primera, ni la segunda parte de una historia compleja pero lineal que han sido las guerras internas en América Latina. Es una ficción narrada con otros elementos, con otros sentimientos, con otras certezas y también con otras dudas.
Una mañana de este invierno madrileño, escuchando las noticias del reinicio de la Mesa de Diálogo en La Habana, volví a ver otra vez la entrevista que te hace a tí, a Alexandra Nariño, el periodista Dick Emanuelsson, y se me ocurrió escribirte esta carta, no para indagar el papel del artista en la guerra colombiana y el peso de los combatientes internacionales en ella, sino para buscar una respuesta a la sensación de vacío que sigue experimentando mi obra literaria en ciernes y mi propia vida: algo que tiene que ver con esas respuestas vitales de nuestra existencia que unos tratamos de obtenerlas escribiendo poemas o novelas y otras, como lo hizo Tanja Nijmiejer, ingresando en una guerrilla suramericana, abandonando las aulas universitarias y el confort holandés al que aspiran miles de millones de seres humanos de nuestras Américas empobrecidas.
Me propuse conversar contigo sobre esas preguntas y respuestas cuyo choque continuo generan ese vacío existencial que nos coloca, a veces, en un pretendido plano neutro, inútil, contemplativo y hasta vanal. Mi segunda novela trata este tema. En su momento, esa silla vacía que dejó Manuel Marulanda Vélez, quien fuera tu comandante y bajo cuya tutela encontraste el camino de la guerrilla, que dejó en la Mesa de Diálogo del Caguán, y la posterior respuesta militar, vendría a darnos una respuesta (y de paso unos resultados) incompleta al devenir de nuestros pueblos y al vacío histórico que aun nos queda por llenar para aspirar a ser un país, a tener una patria y una nacionalidad en condiciones dignas, lejos de los parias que seguimos siendo los colombianos ante el mundo.
La respuesta militar a las mínimas aspiraciones económicas, políticas, sociales y culturales no fue válida, no lo será nunca. La muerte como respuesta a la búsqueda de la vida contradice la realidad concreta y nos aleja cada vez más del sueño de una Colombia en paz.
Tú por entonces aun eras Tanja Nijmeijer, con 10 años menos que ahora, y dejabas atrás el bienestar europeo para leer más de cerca la realidad colombiana y continental y darte de esa manera la respuesta que nadie te había dado a pesar de haber terminado y sustentado una tesis de grado sobre los orígenes y desarrollo de las Farc-EP.
No he leído tu tesis de grado. No he leído el libro que sobre tu vida ha escrito el periodista colombiano Jorge Enrique Botero. Pero me imagino que en esa tesis no estaba la respuesta que tú y gran parte de los colombianos, entre ellos los aspirantes a escritores como yo, buscaban y buscamos: una respuesta válida a la existencia y permanencia de una guerrilla armada con medio siglo de existencia y a pesar de una realidad que aparentemente no le favorece. La búsqueda de esa respuesta es la que nos conduce, por caminos diferentes, a tí a ingresar a la guerrilla y a mí a escribir otra novela.
A tí, una europea originaria, a buscar los caminos latinoamericanos y a mí, un campesino del sur de Colombia, a emigrar a Europa con la esperanza de encontrar las respuestas que nos hacen falta para ser completos. No quiero discutir la certeza o la equivocación de nuestro proceder. En su momento, también participe de labores clandestinas y trabajé activamente para una guerrilla que se demovilizó y que el 80 por ciento de sus más de 3 mil amnistiados yacen hoy bajo tierra víctimas del mismo resultado de todos los armisticios dados a lo largo de la historia.
Uno de los elementos que me llaman la atención de esa conversación con el periodista Dick, es tu afirmación de que te sentiste feliz después de pasar de las milicias urbanas a las que habías ingresado ya, a los campamentos de entrenamiento militar. ¿Feliz de iniciar una guerra? Disculpa la crudeza de la pregunta. Interpreto que esa felicidad tiene su origen en la certeza de estar en el lugar y el tiempo adecuados que la historia nos reclama.
Ya para entonces habrías dejado de pensar en al tesis de grado y te habrías centrado en lo que te faltaba a tí como persona ideal capaz de aportar soluciones al largo conflicto colombiano y por que no, como realización de tu ser. En la guerra, las preguntas vitales pasan de la subjetividad a lo concreto real. Y allí estabas, frente a ella: la guerrilla no era esa legión de héroes legendarios alzados en armas contra un Estado delincuente, rodeados por esa aurea mítica invensible del guevarismo internacional sino una masa de campesinos pobres con sus vicios y sus virtudes, sus sueños y derrotas al hombro que habían encontrado refugio, como los personajes de mi novela, en un ejército, en una idelología, en un fusil y en un anonimato y que, sus dirigentes se afanaban en lograr la ruptura con su pasado inmediato y con su pensamiento colonizado por los azares de la competencia y el sálvese quien pueda.
Entonces habrías empezado a mirar no solo alrededor de tí, sino a los contornos y a la periferia de la existencia misma como mujer y como ser humano. Pero sobre todo, a descubrir las mínimas sensaciones que no la conocen ni los holandeses ni los europeos que nos critican como sociedad y como individuos: la humedad espesa en los yemas de los dedos al pelar un plátano, el olor de la guayaba y el grito de los micos al alcance del olfato y los oídos, el estruendo del hacha al partir la leña, el olor del café a las 4 de la mañana, los 40 kilos de la mochila de guerra y el fusil, el cansancio de las grandes marchas, el dejar tirada en el camino a Tanja Nitmeijer, su asesinato a mansalva y el asistir al nacimiento de Alexandra.
En fin. Entregar las creencias, el nombre, las normas, los sueños, el pasado familiar, matar al padre y permitir la adopción a un padre putativo más grande, más masa, a quien, por la misma fuerza de la decisión, se le entrega la vida. Ni más ni menos.
Ser consciente de este largo rosario de realidades es, en cierta forma, el retorno a uno mismo. El regreso a lo elemental, a las cosas simples que hacen en su continuo movimiento la complejidad de la vida. ¿Era esa la causa de tu felicidad al sentirte en el seno de la guerrilla?
¿Acaso aquí se podrían poner en práctica las mínimas aspiraciones como personas sin tener que obedecer por la fuerza a las leyes de la dictadura del mercado, aspiraciones como la solidaridad, la justicia, la equidad y la libertad? ¿Acaso pensaste también que al entregar tu destino al padre putativo, al ejército, entregabas también tu reposnabilidad como individuo? ¿Que dejabas en manos de la guerrilla la construcción de tu destino? ¿Es más cómodo vivir así que contruirse bajo el yugo de la competencia del mercado? Esas son las preguntas clave, porque, si hay un acuerdo de paz, la guerrilla tendrá que disolverse. Vendrá entonces el proceso contrario: el asumir tu destino personal y abandonar lo colectivo.
Tampoco quiero centrar esta carta en estos puntos de vista. Supongo que tu aspiración es la paz y no la guerra y por eso estás en La Habana en los actuales Diálogos de Paz con el gobierno colombiano. Quiero referirme a otros asuntos que me llaman la atención de la entrevista. Y esta vez no se trata de la felicidad, sino de los grandes interrogantes de la guerra y que atañen directamente con la condición humana, es decir, con la vida y la muerte.
Dices en la entrevista que aun no te explicas por qué en el momento de mayor peligro, en el fragor del combate, los guerrilleros son capaces de hacer chistes, de alegrar a los compañeros y alegrarse así mismos con alguna «recocha» o anécdota que amortigua de cualquier manera la cercanía de la muerte.
Yo también me pregunté lo mismo en la construcción de un personaje de mi última novela. Y no encontré el por qué. Como tú. ¿Que si hay un motivo? Sí lo hay. No hay causa sin efecto. Y no es el goce por el goce de la guerra. Es el amor a la vida cuyo sentimiento nos transporta hasta sus propios límites. Esa realidad no la podríamos expresar los que aspiramos a escribir buenas novelas ni los comandantes más osados sin recurrir a otros elementos ideológicos o filosóficos de otros pensamientos. En mi caso, para dar una respuesta literaria tuve que echar mano de los orientales. La novela, como ficción real, permite la inclusión de esos elementos, y al hacerlo, dejó de ser una novela sobre la guerra colombiana para convertirse en una epopeya humana en la que cada uno de nosostros es un persoanaje principal.
Habrá en el transcurso de las negociaciones momentos aparentemente insalvables que esta sociedad de la decadencia no puede aportar. Esa realidad, pues, hay que inventarla. Hay que producirla. En las filosofías orientales, estos momentos de alegría se explican porque la cercanía de la muerte hacen que los temas periféricos del ser se disuelvan. El miedo desaparece. Y al desaparecer el miedo a la muerte, aflora el amor a la vida. En el fragor del combate, no importan los resultados de la jornada.
Ubicados en el centro de la existencia, del ser total, la vida se erige como fuerza motriz, como razón de ser. Esa fue la solución literaria a la misma pregunta tuya. No es los mismo, lo sé, escribir una novela que hacer la guerra. Pero en las dos actividades catalogadas como arte a través de la historia tenemos que estar dispuestos a saltarnos la realidad y recurrir a la inciativa, a la creación, a la inclusión de nuevos elementos de otros pensamientos, de otras civilizaciones, incluso de otras religiones e ideologías.
Liberar a un pueblo de la opresión seria en tu caso el sueño colectivo a cumplir. Y para ello, tuviste que disolver tu yo en el ejército, lo mismo que dices en la entrevista refiriéndose a los medios, que no eres tú la protagonista de esta Mesa de Diálogo, sino las negociaciones mismas. Es diferente esta actitud a la actuación normal de muchos de nosostros, incluídos muchos de los artistas quienes tratamos de potenciar el yo, y nos paramos en la esquina a gritar que existimos, que nos vean, que ahí estamos, que nos lean, que nos miren, que hemos abrazado la hoja de ruta que nos traza el capitalismo salvaje.
Tú llegabas a una sociedad fomada en el minifundio, en el existir paupérrimo de los barrios pobres, en la violencia sistemática y cotidiana, en las grandes masacres del pasado y el presente. Yo, en cambio, trataba de salir de ella, de esa represión basada en valores cristianos violentos de esclavitud, salir de esa sociedad mutilada de las grandes aspiraciones humanas y enfrascada en el consumo como forma de vida cuya expresión colosal era, y es, la lucha diaria por el enriquecimiento fácil (narcotráfico), y la defensa de la vida.
Ahora has abierto otro frente de lucha: el diálogo por la paz. Ahora ya no hay zona de despeje. No hay tregua. No hay plazo ilimitado, no hay tesis de grado y el rosario de interrogantes que atañen al común de los mortales. Ahora hay un país empobrecido, masacres continuas que conmueven la conciencia del mundo y una política militar de tierra arrasada. Hay una lucha a muerte por parte de los gobieros por expropiar al pueblo de la poca dignidad que le queda.
Hay máquinas de producir miedo, impotencia, desesperanza. Hay 5 millones de desplazados por la violencia política, 4 millones de colombianos deambulando por el mundo, 60 mil desaparecidos, miles de huérfanos y viudas, prisoneros de guerra, lisiados de guerra por montones y el pretexto de la existencia guerrillera para armar hasta los dientes al país y convertirlo en el Israel de América Latina y unido a ello el peligro de convertirse en amenaza regional.
Estos son los elementos claves hoy. Estos los resultados de la respuesta guerrillera a una política de esclavitud ejercida desde siempre por los dueños del país y tambiénen muchos casos, de los desmanes y desaciertos de los rebeldes. Ya ves, creo que hemos llegado a las mismas conclusiones por diferentes caminos.
Dices en la entrevista que te gustaría volver a tu país de origen, a Holanda, para explicarles a los holandeses y con ellos a los europeos el por qué de esta guerra. Hay muchas personas que quieren hacer lo mismo. Con poemas, con ONGs, con periódicos y revistas alaternativas. Una vez entendida la trama y despejado el laberinto en que han metido a la opinión mundial los medios masivos, reclamar la solidaridad de Europa y del mundo para que este diálogo llegue a puerto seguro. Tú, como vocera de la guerrilla en diálogo, cobijada por la experiencia de los demás integrantes de la Mesa, y como representante legítima de esas brigadas internacionalistas que luchan en cualquier parte del planeta por la dignidad de los pueblos, tienes la posibilidad de acercar a la realidad la conciencia de Europa y el mundo.
Por último, no dejo de pensar en el día en que podamos sentarnos en una cafetería bogotana o caleña a conversar sobre novelas y experiencias pasadas sin el peso de una captura en el hombro o un fusil mercenario apuntándonos al corazón.
Te envío un saludo desde Madrid. Has todo lo posible porque esto no descarrile. No me gustaría volverte a ver, ni a tí, ni a ninguna mujer u hombre más en las televisiones y los medios del planeta aferrada a un fusil. No. Lo que me gustaría es verte aportando a la construcción del nuevo país que soñamos con la legitimidad de cualquier ciudadana colombiana consciente del momento decisivo que vivimos.
Por Arturo Prado Lima, colaborador de Soyperiodista.com