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La musa asaltó a Kaleil Isaza a las dos de la mañana. Fue hace cuatro años, justo después de salir de bailar salsa en el café Habana, en el popular barrio cartagenero de Getsemaní. En la Calle de la Luna, cuando las luces de la madrugada hicieron que se fijara en un caserón derruido, agrietado y con más de 40 años de abandono.
“Es enorme. Se nota desde afuera que tiene sus historias”, comenta justo cuando una sonrisa se dibuja en sus labios. Esa noche, la musa le trajo una visión: aquella mole podía convertirse en el primer hotel cinco estrellas del país.
Desde entonces este emprendedor y ejecutivo de los medios digitales se dedicó a hacer realidad su sueño. Con la ayuda de Tom Herman, su socio por más de 15 años, echaron a andar un proceso de negociaciones que llevó a este último a asentarse en la ciudad amurallada para liderar un complicado rosario de negociaciones con familias con títulos centenarios de propiedad e, incluso, la misma Iglesia.
Su obra se llamará Obra Pía, tal como el convento de más de 400 años sobre la que se edificará. “Ya empezamos la parte de excavación, tenemos los planos arquitectónicos, los trámites de zonificación (porque la ciudad es Patrimonio de la Humanidad)”, cuenta Isaza, quien hasta el momento, con la ayuda de algunos inversionistas, ha invertido US$11 millones en el proyecto, que también contará con un centro comercial al aire libre y un centro de convenciones. Pero este es apenas el comienzo: “En su totalidad, la inversión ascenderá a US$50 millones”.
El futuro hotel, que abriría sus puertas en 2014 y cuyos cuartos estarían entre US$350 y US$1.000 por noche, combinará el lujo propio de los hoteles de alta gama con el encanto histórico. Al frente se encuentra el arquitecto Álvaro Barrera, quien ha liderado con éxito procesos similares, como la restauración del hotel Santa Teresa, del Museo Naval del Caribe, y la Casa Liévano.
“Obra Pía es uno de los claustros más antiguos del centro de Cartagena, pero ha sido abandonado por mucho tiempo. Hay un gran peligro de que se caiga, de hecho en el patio lateral no hay nada, sólo los restos de un aljibe y vestigios. Pero aún así es una obra que se puede restaurar”, dice Barrera.
Además, tendrá el sello característico que la firma de inversión KCP Capital les ha imprimido a las propiedades del mismo tipo que ha desarrollado en Irak, Bosnia Herzegovina y Francia. “Hay varios hoteles en Colombia que se mercadean como si fueran de cinco estrellas, y son buenos operadores, pero no cumplen las demandas de la Guía Michelin”, asegura Isaza, uno de sus socios directores, quien busca que los huéspedes de cada una de sus más de 300 habitaciones cuenten con servicios especializados tanto en su cuarto (comida gourmet las 24 horas, video en demanda, bar de lujo) como en los toures por la ciudad o las atracciones cercanas (por ejemplo, el volcán de lodo del Totumo) y una isla privada.
Entre Dubái y Cartagena
Si usted pasa más de cinco horas conectado a internet, sobre todo viendo una gran cantidad de videos o películas, es posible que sea uno más de los usuarios de Kit Digital, uno de los principales proveedores mundiales de software para la reproducción de contenidos digitales. Y la compañía estrella de Kaleil Isaza.
La adquirió a comienzos de 2008, cuando se llamaba Roo Group y facturaba US$10 millones al año. Su gran secreto fue empoderar su plataforma para llevarla a la nube y soportar más de 2.300 empresas con alta demanda de datos. Entre sus clientes principales se encuentran Google, Telefónica, Vodafone, AT&T y Verizon. De hecho, es una de las compañías más activas de su sector: este año desembolsó US$77,2 millones para adquirir tres compañías de video.
También es uno de los más grandes jugadores del mercado bursátil tecnológico Nasdaq, cuyos rendimientos crecieron 34% en este noviembre, su punto más alto desde la adquisición. Su presencia se extiende a 20 países, emplea a 1.300 personas alrededor del mundo y sus ganancias trimestrales sobrepasan los US$65 millones.
Pero la vida de Isaza, su presidente, no siempre ha sido un camino ascendente. Su pasaporte establece a Boston como su lugar de nacimiento, pero el primer sello de un país extranjero fue impuesto en Colombia. Su padre, nacido en Abejorral, obtuvo una beca para estudiar en Estados Unidos, donde formó su familia; pero la tierra lo llamó y regresó a las montañas antioqueñas cuando su hijo tenía apenas un año.
Con los años, él mismo siguió el camino de su progenitor: trabajaba durante 40 horas semanales para graduarse de Harvard, a donde acudió gracias a una beca; después trabajó durante cinco años en el banco de inversión Goldman Sachs hasta que decidió emprender su propio negocio.
Fue una historia de emociones extremas, que quedó consignada en el documental Startup.com, aprovechando el furor de las empresas digitales, Isaza y Herman fundaron govWorks.com, portal que ayudaba a empresarios a rastrear las mejores licitaciones con el gobierno estadounidense. Pero tras dos años en funcionamiento, sucumbió en el año 2000 con el estallido de la burbuja informática.
“Fue mi primera empresa. No terminó bien y la vendí a un precio inferior a la inversión de capital. Y en mis cuatro otras empresas, gracias al universo, me ha ido bien”, admite, con reserva.
Ante la mala jugada del destino, Isaza sacó partido: fundó Kit Capital, una consultora que ayudó a sacar empresas de la bancarrota y con la que hizo fortuna para volver al mundo digital con la compra de la proveedora de servicios virtuales KPE.
Después vino Jump TV, la firma de contenidos audiovisuales que le permitió establecerse en Dubái y mirar con lupa el mercado de finca raíz. Mientras el mercado inmobiliario local se dirigía hacia la ruina, dirigió sus inversiones a desarrollos turísticos y sus energías a Kit Digital; y en 2009, con la crisis dubaití, adquirió algunas propiedades pagando tres veces menos su valor original.
Hoy reparte su tiempo entre el emirato, Praga (la base de operaciones de su empresa), Nueva York (su centro financiero) y Cartagena, donde cada noviembre aprovecha las fiestas para celebrar su cumpleaños. El lugar en el que construye su sueño. “Es un empresario visionario, un auténtico emprendedor”, lo define Barrera.
Él prefiere un poco de anonimato: trata de no vestir corbatas, anda con un notebook Apple bajo el brazo y degusta limonadas con poco azúcar. “Invierto en empresas que estén andando o en un proyecto de finca raíz, que es algo que se puede tocar. O, por amistad, un poquito en un proyecto de un amigo”, confiesa.