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Pero ellos eran tipos acostumbrados al barro, a la tierra y al machete, a los lazos y las pistolas, tipos de manos gruesas, curtidas de sol y de miseria, tipos que iban descalzos, y así, a pie limpio y con un silbido, ahuyentaban a las serpientes.
Yo, en cambio, apenas era un niño blanco de ojos claros y manos delicadas que leía a escondidas Tom Sawyer y Robinson Crusoe, porque sólo ahí podía ser un aventurero. Un niño malcriado, eso. Un iluso que creía que el nombre de un caballo podía cambiar sus infinitas ganas de comer, dormir, correr y demás. Lucerito, lo bauticé yo cuando lo vi, y los tipos se rieron.
Lucerito lo llamaba yo y creía que si meneaba la cabeza era porque entendía. Si caminaba o trotaba era porque el nombre le había gustado. Yo lo despertaba todas las mañanas, lo cepillaba y lo bañaba una vez cada siete días. Le daba chocolate de mi mano y vitaminas que, decían, lo harían inmortal. Vivía y dormía por él, y esperaba con ansiedad el momento en el que podría correr contra el caballo más veloz de aquellas tierras, Aguardiente, un mestizo como todos, blanco de lunares negros. Lucerito era marrón, el pelo y la cola negros, los ojos brillantes, y la mancha de estrella fugaz sobre la frente.
Pero los tipos… Yo creo que los tipos no sólo se burlaban de mí, sino también de él. A escondidas, por las noches, en su casas, con sus mujeres y sus hijos, le decían a Lucerito Mango Verde. Mango Verde para arriba y para abajo, siempre Mango Verde, hasta que se encontraban conmigo. Un día, yo tendría 10 años, a uno de ellos se le escapó el nombre, el aborrecible nombre. Yo me deshice. Lo abrazaba y lloraba, o supongo que debí llorar, y le debí implorar que se cuidara, que no les hiciera caso a los tipos esos. Para la mañana siguiente estaba pactada la carrera con Aguardiente, pero no hubo carrera. Cuando yo me levanté a buscar a Lucerito, los tipos aquéllos se lo habían llevado a arrear vacas. Le decían Mango Verde.