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El círculo de tiza

Alejandro Álvarez
19 de diciembre de 2022 – 12:00 a. m.

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Es por motivos de seguridad. ¿Cuántas veces al año escuchamos esta frase en Colombia? La escuchamos desde el ritual para acceder a edificios y eventos hasta instancias de carácter gubernamental y nacional.

Yo creo que existe una idea particular de seguridad que hace parte de nuestro ADN de colombianos, con la que convivimos y que incluso justificamos, pero que en el mundo no es tan natural. La seguridad es un argumento válido para implementar medidas genuinas en beneficio de la ciudadanía y la convivencia, pero me temo que también, en nuestro país, la usamos como argumento para hacer “lo que a uno se le da la gana” o para que otros hagan “lo que a mí se me antoja”.

Los ejemplos son abundantes: con esta excusa en una ocasión cerraron la zona T para que los pobres no pudieran entrar, como lo denunció Carolina Sanín en un trino de 2020. Argumentando seguridad, “importantes” personajes de la escena pública colombiana se sienten con derecho de parquear en andenes y zonas prohibidas y bloquear el tráfico con escoltas para “salvaguardar su integridad”, pero todos sabemos que lo hacen para que les rinda en medio del trancón.

Hemos naturalizado el hecho de vivir en grandes conjuntos cerrados a tal punto que el polígono enrejado se ha convertido en la unidad básica de crecimiento de la ciudad. Pero es muy distinta la experiencia de caminar por una calle donde a lado y lado hay rejas, a una donde predominan negocios locales. La calle y la manzana son la unidad de crecimiento de ciudades por las que da gusto caminar como Barcelona o París, por nombrar sólo un par.

Hemos llegado al punto en que resulta impensable vivir sin seguridad privada. Una modalidad, hay que decirlo, muchas veces laboralmente irregular. En Bogotá no es difícil encontrar calles completamente cerradas con un portero mal pago, sin contrato y trabajando turnos de 24 horas para lograr un mínimo de subsistencia.

La seguridad nos ha llevado a niveles inusitados de arbitrariedad, hasta el colmo de que Otoniel no pudiera hablar con los, francamente inofensivos, comisionados de la Verdad. ¿Es factible imaginar que la vida de Otoniel, un experimentado paramilitar experto en el manejo de armas y estrategia militar estuviera en riesgo en una reunión con el padre Francisco Roux?

En Colombia estamos acostumbrados a que nos requisen, a mostrar el bolso, a poner la huella y mostrar la cédula para caminar por la calle o entrar a cualquier lugar. Nos acostumbramos a ver policía armada en la calle. Porque sí… compatriotas. Existen países del mundo donde la policía no porta armas y donde, por increíble que parezca, ¡no es requisito caminar por la calle y portar un documento de identidad!

El origen de la palabra policía viene de polis, vivir en policía significa vivir en civilidad. Entiendo que es difícil para nosotros pensar en una policía de carácter civil más interesada en garantizar la convivencia y el respeto por los derechos humanos cuando venimos de una tradición de pájaros, chulavitas y paramilitares, pero esto puede cambiar.

En Colombia la seguridad no es un indicador de protección de la ciudadanía sino, como lo dijo Francisco de Roux en una entrevista, se protege ante todo el poder y la propiedad. A esto agregaría que la seguridad la entendemos como la capacidad de excluir al otro.

El paradigma de seguridad está en tener la facultad de mantener a raya el riesgo potencial que representan los otros, con la paradójica consecuencia de que, al mismo tiempo que uno se protege de agentes externos, uno mismo se está encerrando en un reducido mundo cada vez más segregado y solo.

Ya había descrito Gabriel García Márquez esta situación bajo la figura de Aureliano Buendía que “decidió que ningún ser humano, ni siquiera Úrsula, se le aproximara a menos de tres metros. En el centro del círculo de tiza que sus edecanes trazaban dondequiera que él llegara, y en el cual sólo él podía entrar, decidía con órdenes breves e inapelables el destino del mundo”.

No le vemos objeción al argumento de que “si el Estado no nos cuida tenemos el derecho de cuidarnos por nuestros propios medios” y esta forma de pensar nos ha llevado a que tanto los más sencillos actos de la vida cotidiana como decisiones de país terminan regidos por la ley del más fuerte y donde se perpetúan los problemas antes que resolverlos.

¡Sus argumentos son ingenuos!, ¡No estamos en Finlandia, estamos en Colombia!

Es que no se extraña lo que nunca se ha tenido. Sin embargo, en medio de un arranque de optimismo, invito al lector a por lo menos admitir que el ideal es lograr una seguridad estructural más que momentánea, fruto de la presencia del Estado y del imperio de la ley. Que existen otras formas de relacionamiento distintas a proteger círculos de tiza, porque hasta el momento en Colombia es como si viviéramos en una casa donde se le diera prioridad a poner rejas, pagar vigilancia e instalar alarmas antes que poner comida en la mesa, dar estudio y salud a los niños y pagar los servicios públicos.

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