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En los tiempos del Caguán el gobierno y las farc suscribieron un documento en el cual se formulaba la necesidad de construir «un país en que quepamos todos».
Aquella frase se quedó en la retórica. El establecimiento no tenía clara conciencia de que debía hacer concesiones y la guerrilla creyó que el despeje era una conquista de guerra, irrenunciable en su camino hacia la conquista total del poder. Además aquellos diálogos fueron, en muy buena medida, producto de la improvisación y nunca estuvieron claros los temas materia de las negociaciones.
El proceso que ahora se inicia no puede repetir los errores del pasado. Debe comenzar por construir unos niveles mínimos de confianza entre las partes y por hacer una diferencia indispensable: unos son temas básicos del acuerdo y otros temas propios de lo que sería el ejercicio ulterior de la política. Los primeros serían temas de estado y los segundos temas de gobierno.
Creo haber escrito alguna vez una columna que insistía en esa diferencia. Una mesa de negociaciones sirve para definir temas de estado pero no para decidir sobre temas de gobierno. Aquellos constituyen el fundamento de un proyecto común como nación, es decir la base de la unidad en la diferencia. Éstos se definen en los procesos electorales, de manera que se gestionarán o no según los sectores que ganen la elección respectiva.
Pero el debate ha de cumplirse en medio de una auténtica tolerancia democrática. En la última década el país se polarizó no sólo de manera exagerada sino inconveniente. Tal cosa es funesta en una sociedad tan heterogénea y plural como desigual y excluyente. Aquí no se puede jugar impunemente al esquema gobierno-oposición, ni se pueden alabar las bondades del enfrentamiento político como si fuera propio de la democracia, por encima de las de la deliberación para el acuerdo. Eso sería insidia o ingenuidad.
Tampoco se puede confundir la deliberación ciudadana con el unanimismo. Aquella es producto de convocatorias democráticas y éste de decisiones autoritarias o de acuerdos de cúpula. Por lo tanto habrá que buscar la oportunidad adecuada para que la gente opine en torno al proceso y respalde las decisiones. En Colombia ya hubo pactos de paz exitosos como el del Frente Nacional que, más allá de los múltiples juicios que suscita, se cumplió luego de una barbarie como difícilmente ha habido otras en nuestra historia.
El proceso es, de suyo, difícil pero la polarización puede hacerlo imposible. Por eso no tiene sentido seguir hablando de unos esquemas teóricos que fueron pensados para otros contextos y que forman parte de la mercancía ideológica que, sin beneficio de inventario, le compramos a la modernidad. El proceso que se inicia debe consultar las realidades tozudas de aquí y de ahora.
El sentido de la democracia en contextos conflictivos es trazar una frontera entre la barbarie y la civilización. Su objetivo ideal es buscar consensos sobre temas de estado, no necesariamente de gobierno. Por eso la democracia es imposible sin demócratas. No es fácil, pero tampoco imposible. Supone entender que la democracia no es un status por alcanzar, sino una conquista cotidiana. En una sociedad diversa, progresista, plural e incluyente, la democracia tiene que ser una cultura. Ese es el reto para unos y otros.
Ex senador, profesor universitario. atm@cidan.net