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En mi última visita a Chile, un amigo del país austral me manifestó su admiración por las ocho medallas que logró Colombia en los Juegos Olímpicos, pues Chile, me recordó, no logró ninguna.
Yo le respondí que, efectivamente, los colombianos estamos muy orgullosos y contentos por las ocho medallas olímpicas, pero le enfaticé que yo también siento mucha admiración, y hasta envidia, por las medallas de oro que ha ganado Chile por tener la menor tasa de desempleo en veinte años. O por tener la mejor infraestructura de carreteras de América Latina y una de las mejores del mundo. O por haber reducido la pobreza de un 35% a un 13% en unos quince años. O por tener unas bases de datos que permiten focalizar el gasto público hacia las familias y personas más pobres y para evaluar los resultados de los programas sociales. Y por otros logros más que lo han situado en ruta a entrar en la liga de los países desarrollados en una década. Y, a las pocas horas de sostener esta conversación, un expositor en un seminario sobre la seguridad social mencionó otra cifra que me dejó perplejo: un 90% de los chilenos son dueños de sus viviendas. Jamás había escuchado dicho resultado, razón por la cual, inmediatamente, comencé a indagar sobre las políticas que lo hicieron posible. Y, como sucede con casi todas las cosas en la vida, encontré que un efecto semejante es producto de muchas causas, unas más directas, otras más indirectas y lejanas, y también que muchas de esas causas buscaban propósitos diferentes a la construcción masiva de vivienda. Pero, para hacer corta una historia que es larga y compleja, la razón que explica tan sorprendente y positivo resultado es la existencia de un mercado de rentas vitalicias muy grande y dinámico.
Una renta vitalicia es una modalidad de pensión que toma la forma de un contrato que se establece entre una persona que se va a pensionar en el régimen de ahorro individual y una compañía de seguros. A cambio del capital que el jubilado ha ahorrado durante su vida laboral, la compañía de seguros se compromete a pagarle una mensualidad para el resto de su vida. Y para que la compañía de seguros entre en este mercado se requiere, entre otras condiciones, que sea posible estimar los riesgos de longevidad, poder predecir los incrementos futuros de las mensualidades a pagar y que existan vehículos financieros de inversión de muy largo plazo. En un país como Chile todas esas condiciones se cumplen y, por ello, sus compañías de seguros administran como reservas de rentas vitalicias unos US$50 billones que, en gran medida están invertidos en bonos hipotecarios a más de veinte años, con los cuales se han financiado proyectos masivos de vivienda, incluyendo grandes proyectos de vivienda de interés social, que han hecho propietarios de sus casas a un 90% de todos los chilenos. Para que en Colombia podamos replicar esta exitosa experiencia necesitamos muchas cosas, pero quizá la más importante es que se despolitice el incremento anual de los salarios, para que las compañías de seguros puedan emitir las rentas vitalicias. Cuando esa condición se cumpla, podremos comenzar a soñar con la medalla de oro de la propiedad de vivienda para todos los colombianos.