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Hace 40 años Colombia restableció relaciones con Beijing. Pero los sitios que más atraían a los colombianos por su prosperidad eran Taiwán y Hong Kong, que junto con Corea y Singapur formaban el exitoso grupo de los pequeños dragones. En Taipéi se respiraba un gran optimismo. Aunque los avances hacia la democracia estaban lejanos, la prosperidad de sus industrias era notable y el ser reconocido como el país con las reservas en dólares más altas le procuraba cierta tranquilidad.
Hong Kong, manejada políticamente por los ingleses y económicamente por los chinos que habían salido de Shanghái, era un próspero centro comercial y financiero. La poca industria, de tipo ligero, era competitiva por los salarios de miseria que se les pagaban a los trabajadores. Después, cuando se iniciaron las negociaciones entre Beijing y Londres para la devolución de Hong Kong a la República Popular, se esperó al comienzo una desbandada de capitales, que jamás sucedió. Hubo compras de pasaportes y de visas de residencia en el extranjero para cubrir el peor de los escenarios. Pero hasta allá nunca se llegó. Lo que sí se produjo fue la reubicación del sector fabril en el continente.
En Taipéi el discurso tuvo un doble desarrollo tanto en lo público como en lo privado. Por un lado, se mantuvo la retórica anticomunista, pero por el otro se hizo imparable el flujo de inversiones hacia China. Como las condiciones políticas no permitían a los taiwaneses que se dirigían al continente acceder al seguro de exportación de capitales, esas inversiones se triangularon a través de Hong Kong, Singapur y varios paraísos fiscales que le permitieron al gobierno de Taiwán darles las garantías necesarias. Todos esos procesos explican por qué cerca del 60 % del PIB de Taiwán depende hoy de China. Son dos economías muy entrelazadas.
La guerra comercial desatada entre Trump y China, la aparición del COVID-19, más la ola de desinformación para deteriorar la imagen de los chinos han enturbiado las aguas de las relaciones internacionales. Y en medio de este río revuelto, Beijing ha expedido la nueva ley de seguridad nacional para Hong Kong, la que ha desatado una gran polémica en el mundo. Las sensibilidades políticas están en alarma extrema y hay una tendencia a desanimar los análisis reposados y fríos. Sorprende que nadie se aventure a ir a lo fundamental: en 1997 fue Reino Unido el que perdió la soberanía sobre Hong Kong. Lo que sucedió, según la Declaración Conjunta Deng-Thatcher de 1984, es que China decidió “reasumir su soberanía sobre Hong Kong”. Sin esa claridad no es fácil entender lo que sucedió ni lo que sucederá.
Lo que circula en los medios internacionales privilegia los planteamientos de la oposición a Beijing, tanto local como internacional. Pero la voz de los actores que están en la otra orilla no ha contado con la misma suerte. Uno de los protagonistas muy influyentes, el sector privado hongkonés, también ha tomado partido. Es notable el apoyo expresado por dos de las casas comerciales más tradicionales de Hong Kong, Jardin Matheson y Swire, lo mismo que el poderoso banco inglés HSBC. Y, en igual sentido, resultan relevantes las declaraciones del magnate Li Ka-shing, quien manifestó el pasado 27 de mayo que “está dentro del derecho soberano de cada nación abordar sus preocupaciones de seguridad nacional… Con suerte, la nueva ley propuesta puede disipar la aprensión que siente el gobierno central sobre Hong Kong y, a partir de ahí, una perspectiva positiva puede comenzar a prevalecer”.