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Correa y Assange, ¿un solo corazón?

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Con la decisión de Ecuador de darle asilo político a Julian Assange, el radical libertario australiano que sacudió la diplomacia del mundo con sus Wikileaks, el gobierno de Correa está cometiendo un soberano acto de ironía.

El gobierno sueco pidió a Gran Bretaña que le entregara a Assange para juzgarlo en Estocolmo por posible abuso sexual y negó categóricamente que estuviese tendiéndole una trampa para enviarlo a Estados Unidos, donde se le busca por terrorismo informático y espionaje. Pero Ecuador le cree más a Assange que a Suecia y al tiempo que el ministro de Relaciones Exteriores, Ricardo Patiño, anunciaba la concesión del asilo, el presidente Rafael Correa escribía en su twitter: “Nadie nos va a atemorizar”.

Para el desprevenido, la decisión ecuatoriana parece coherente. El gobierno de Correa se define como revolucionario antiimperialista, decidido a apoyar a todo aquel que le ayude en su causa de autonomía y de libertad de los pueblos oprimidos.

No obstante, Correa ha pedido a la justicia ecuatoriana (quizás un tris más politizada que la sueca) que imponga multas confiscatorias y envíe a la cárcel a reporteros y editorialistas incómodos. Ha cerrado radios críticas, rasga diarios frente a las cámaras e insulta permanentemente a periodistas con nombre y apellido, sin importarle las consecuencias que sufran luego a manos de sus fanáticos. Está empujando una norma ante la Asamblea Legislativa que en tiempos de campaña electoral ordena a los medios “abstenerse de hacer promoción directa o indirecta que tienda a incidir a favor o en contra de determinado candidato o tesis política”. Puesto en claro, el galimatías lingüístico propone la censura de prensa. Y, por último, está liderando ante la Organización de Estados Americanos que se le recorte independencia y presupuesto a la Relatoría para la Libertad de Expresión, porque esta oficina ha puesto en evidencia sus abusos.

¿Por qué un gobernante sofisticado como Correa, especializado en Bélgica, PhD de la Universidad de Illinois, sensible socialmente y que genuinamente quiere construir un país menos desigual, cada día se vuelve más intolerante a la crítica?

Él, como sus pares de izquierda en la región, justifica sus agresiones a los medios privados porque alega que éstos dejaron de ser la voz del pueblo y que sólo se representan a sí mismos y por ello buscan sabotear a su gobierno progresista. Puede que su argumento tenga algo de verdad: hay unos medios del continente fuera de sintonía con la gente y otros que producen información que no es confiable o que están más preocupados por defender los intereses de sus patrones y cuidar sus relaciones de poder que por informar al ciudadano.

Sin embargo, si lo que de veras buscara Correa fueran medios más rigurosos y democráticos, apelaría al remedio contrario. No acosaría a medios opositores, sino que promovería la competencia independiente; no los censuraría, sino que les daría amplio acceso a documentos y decisiones oficiales. Su intemperancia con la prensa crítica es, en realidad, síntoma de autoritarismo, un mal común de los presidentes que se quieren entronizar en el poder, no importa de qué corriente política sean.

El progreso social no llega donde hay más lambones del poder oficial, sino donde fluye la información independiente y la crítica. Si un gobierno honestamente confía en sus ciudadanos, dejará que se enteren de todo y que después escojan qué gobierno les conviene más. Es por esa fe que el matemático y periodista Assange se ha enfrentado a los poderes del mundo. Por eso, si supiera el récord en libertad de prensa del mandatario que le está ofreciendo asilo, quizás preferiría irse a la cárcel sueca.

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