Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Convencido como estaba de que “nada nos acerca tanto al alma de un pueblo como el lenguaje”, emprendió Victor Klemperer la escritura de este libro singular: LTI: La lengua del Tercer Reich; un estudio lúcido y minucioso de la lengua del nacionalsocialismo. LTI es la sigla bajo la cual tomaba el autor sus notas para el futuro libro, y es la abreviación de Lingua Tertii Imperii: lengua del Tercer Reich.
Durante los doce años que tuvo que padecer la terrible opresión del régimen nacionalsocialista, fue tomando apuntes sobre la lengua que comenzaba a imperar, sobre los cambios del idioma, la frecuencia de la utilización de algunas voces, el descrédito en el que caían otras, la cínica ironía de los discursos, la desvergonzada mentira de sus portavoces… Y analizando tal mutación le ofrece al lector un documento valiosísimo del frenesí de la Alemania de entonces.
El libro describe con descarnada lucidez y con trágico patetismo el alma de un pueblo que durante más de una década fue presa de la locura. Y los apuntes de Klemperer —que es el subtítulo del libro: Apuntes de un filólogo— son el testimonio más nítido y más conmovedor que leer se pueda sobre la materia. Parece increíble que un libro tan desgarrador pueda también ser ameno, y sin embargo lo es; ameno, aunque muy doloroso. Sazona los análisis filológicos con las peripecias que el día a día le mandaba al interior del régimen, los amigos que perdió y las lealtades que ganó; y una muestra de amor inquebrantable por su esposa recorre todo el libro, desde la dedicatoria hasta la última página.
El horror en su punto máximo, la exacerbación del odio, la estupidez hecha arma política, la mendacidad como cínico estandarte, la vulgar arrogancia de un régimen desmesurado —y es uno de los aspectos que estudia Klemperer en el libro, y que juzga propio de la condición alemana: la desmesura—, el dolor que ya nunca se podrá borrar, todo lo retrata Klemperer con maestría, con ecuanimidad y —por paradójico e increíble que parezca— hasta con belleza.
Y nos habla también del heroísmo, de un verdadero heroísmo que no fue el de los soldados nazis, nos dice, sino el de los cónyuges de los judíos que no quisieron claudicar, pese a la ignominia con la que los cubrían, pese a los vilipendios y las humillaciones. Por ello la admiración del autor por su esposa Eva.
“Sé de un heroísmo”, escribió Klemperer, “mucho más desolado, mucho más silencioso, de un heroísmo que carecía del apoyo de la pertenencia a un ejército, a un grupo político, que carecía de cualquier esperanza en un futuro esplendor y que se encontraba en la más absoluta soledad. Me refiero a las pocas esposas arias (no fueron muchas) que se resistieron a todas las presiones para que se separaran de sus maridos judíos”.
Y a mí, esos gestos de lealtad incondicional, de amor inquebrantable, de dignidad, de humanidad, como pocas veces en los siglos del mundo hemos visto, a mí esos gestos, amigos lectores, me parecen impresionantes y casi me reconcilian con esta atribulada humanidad circunvalada por tanta amarga deslealtad y tanta ostentosa mentira.