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Oriente Medio después de Al Asad

Marcos Peckel
14 de agosto de 2012 – 06:39 p. m.

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Al Asad ya es historia, falta sólo que caiga. Bañó a su país en sangre, asesinó a miles, fomentó las divisiones étnicas, destruyó ciudades y convirtió a Siria en epicentro de un épico conflicto regional entre Irán y Rusia, que lo apoyan, y Arabia Saudita, Turquía, Qatar y Occidente, que exigen su salida.

La oposición a Al Asad no ha podido establecer un gobierno provisional debido a diferencias étnicas, religiosas y políticas, con lo que se evidencian las dificultades que tendrá el país cuando él abandone su palacio, ya sea hacia el enclave alauita, hacia el exilio o en un cajón. La presencia comprobada de grupos yihadistas radicales ensombrece aún más el panorama.

Incertidumbre es lo único que se puede predecir en la Siria post-Al Asad. Los escenarios van desde una desintegración del Estado y una sangrienta cantonización del país, hasta un gobierno medianamente efectivo, que no democrático, por parte del Ejército de Liberación Sirio, junto con otros grupos de oposición, que logren estabilizar la situación al interior. La fuerza política más poderosa, al igual que en otros países árabes, es la Hermandad Musulmana que tendrá un rol protagónico en la nueva Siria.

La caída de Al Asad significará una derrota estratégica para Irán, que pierde a su principal aliado en el mundo árabe y el conducto de armas a la milicia chiita libanesa Hezbolá. Por eso los esfuerzos desesperados de Teherán de mantener al régimen en Damasco. Rusia aún está a tiempo de rectificarse, so pena de perder cualquier influencia en el futuro de la región.

El más afectado de los vecinos será Líbano, donde el conflicto sirio ha polarizado a la población y ha cobrado víctimas. ¿Que hará Hezbolá, la poderosa milicia chiita aliada de Irán, una vez pierda el crítico canal de apoyo sirio? ¿Iniciará una guerra con Israel, se dedicará a hacer sólo política, se tomará el poder por las armas?

Israel, por su lado, tiene los ojos clavados en el vasto arsenal químico sirio. Cualquier movimiento sospechoso, ya sea una transferencia a Hezbolá o que caiga en manos extrañas, llevaría a una inmediata acción militar por parte del ejército hebreo. Ningún régimen que surja en Siria será amistoso con Israel, pero tampoco, como Al Asad, se opondría automáticamente a un posible proceso de paz regional, centrado en la solución al conflicto palestino-israelí.

La caída de Al Asad representa una importante victoria para Arabia Saudita, país que con sus inagotables petrodólares está asegurando que de la Primavera Árabe surjan regímenes amigos. Turquía es otro ganador, pues desde que comenzó la represión abandonó a su aliado, demostrando una posición de principios.

Y queda para la historia universal de la infamia, la parálisis de Naciones Unidas y su Consejo de Seguridad frente a la masacre de una población civil por su propio gobierno.

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