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Un fenómeno llamado Jeffrey Epstein

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Un hombre bien parecido sonríe con pícara timidez en una fotografía. Un halo lo rodea – el de un mundo empapado de aparentes brillos. La marca del dinero. El suyo es un hábitat fabricado sobre yates, aviones privados, accesos magníficos, habitaciones amplias y almidonadas, abundancias sensoriales, mansiones y apartamentos ornamentados con el sello de la riqueza, toda forma de servicio, un ecosistema de indulgencias, todo lo que compra el dinero, islas privadas. Derroche. Posibilidad. Consumo vicario.

Es la fábula conocida. Se siente añeja. El tropo recurrente del imaginario estadounidense. Una estela ubicua en sus filmes y obras televisivas. Un tropo en los sueños del capitalismo. El cuento de hadas de la riqueza. Lo que compra el dinero, lo que permite. La exhibición conspicua. Y allí, en la constelación de placeres, las mujeres bellas también.

¿Qué permite ser un hombre blanco? ¿Qué permite el dinero? ¿Y el poder? ¿Qué hábitos incuba? ¿Qué oculta y qué despliega? Un esquema concreto de poder. Un entramado de complicidades. Por ejemplo. Y también, un tipo de estatus elevado a fantasía recurrente. La fascinación estadounidense por el hombre self-made, hecho a sí mismo, que adquiere fortuna contra las adversidades y sin herencias, es un vector en los imaginarios norteamericanos de nueva riqueza. El gran Jay Gatsby, enturbiado por sus orígenes precarios, quien hace una fortuna con tenacidad y pujanza, es pincelado por Scott Fitzgerald como el sitio donde observar las ambivalencias del sueño americano. Pero el lema se repite. Tanto que es mito habitual. Don Draper, en Mad Men, desdibuja sus antecedentes para reconfigurarse en las sombras de sus heridas y misterios. En American Psycho, el varón blanco que trabaja en finanzas es indulgente con su psicosis inescrupulosamente. El magnetismo de esa virilidad, hecha a pulso, que arriba a los circuitos encumbrados. Lo que se celebra y se admira en esos varones magnéticos. Hombres que pueden, que se mueven en un mundo diseñado para sus voluntades y deseos.

En términos técnicos, Jeffrey Epstein era la personificación de ese tropo recurrente. Un muchacho de Brooklyn, de orígenes modestos, con alarmantes habilidades matemáticas, que cruzaría las fronteras de la educación colegial al mundo de la banca, arribando al más elevado circuito financiero. Con los años una fortuna exorbitante. Brumosa proveniencia, dinero certero. Y con ella los despliegues de sus códigos acostumbrados – opulencias, relaciones con el poder, filantropías voluminosas. La serie documental de Netflix, Filthy Rich, es la narración del caso completo. Quince años atrás, en West Palm Beach, un jefe de policía aturdido y persistente empezaría a destapar los vicios que se camuflaban detrás del lustro, el glamour y la vitalidad de Epstein.

La historia se nos antoja familiar también por lo que representa. Un varón adinerado y poderoso, intocado por las normas y las leyes. Pese a los patrones nítidos, la repetición de sus gestos, las evidencias, algo parecía protegerlo siempre. Su dinero, su poder, toda la maquinaria que se requería para encubrir la aberración de sus insistencias. La inclinación sexual por niñas y mujeres jóvenes se convirtió en otro halo en torno su nombre. Pero nada parecía desmantelar el armazón de su fortín perverso.

A nivel simbólico, Epstein es el índice de unas constelaciones omnipresentes, incrustadas en nuestros entendimientos tácitos, en las concesiones que hasta ahora se han hecho a un sistema donde es apenas normal que un varón adinerado exhiba también, entre sus bienes, a mujeres bellas. Se sabía, en las esferas compartidas de ese acomodado poder, que Epstein tenía una fijación por chicas pequeñas. Eran parte de la red de sus posesiones y sus deseos. Para actuar, consecutiva y reiteradamente, Epstein requería un entramado de complicidades indulgentes. Porteros, choferes, asistentes, amistades y la misma novia, Ghislaine Maxwell, componían el andamio sólido que se precisaba para que aquello sucediera, una y otra vez, hasta consolidarse en un modo fijo de comportamiento.

La misoginia suele descreer el dolor femenino. Algunas críticas a la serie documental han expresado, de una manera que resulta difícil de comprender, que la trama “carece de narrativa” por estar al servicio de testimonios múltiples que se parecen. Docenas de mujeres fueron objeto del poderío asimétrico y abusivo de Epstein, ¿qué tipo de visión deshumaniza cada vivencia en aras de establecer una exigencia de ese tipo? Los comentarios en las redes no han tardado en señalar que las mujeres que hablaron, heridas por Epstein, no califican como víctimas, ni siquiera al tener catorce años pueden ser percibidas como niñas. La misoginia se encarga de ver a las mujeres como eso, mujeres, no como seres humanos, seres secundarios, distantes, intrascendentes. La misoginia estructural también ha cultivado la noción de que en ciertos medios y en sus cócteles las mujeres son bienes de consumo. Un componente más en el acervo de la exposición de la riqueza.

En ese sentido, el caso de Epstein nos recuerda también cómo suelen oírse la voz de las mujeres que han caído dentro de estructuras de asimetría. ¿Por qué es tan difícil creer? Hemos sido aleccionados parejamente, inconscientemente, que la culpa intrínseca es un sello inalienable de las mujeres.

Y el caso de Epstein nos recuerda cómo, en las atmósferas del lujo, en toda esa encarnación rotunda del capitalismo patriarcal y blanco, las proporciones pueden desdibujarse, el apetito se ensancha conforme a las posibilidades. Como en la serie televisiva de HBO Succession, donde los miembros de una familia de este tipo de cumbre y casta parecen haber sido despojados hasta del mismo deseo, su avaricia se hace vacua, busca llanamente acaparar un concepto abstracto: el poder. El poder en aras del poder.

En ese sentido, Epstein no es una figura aislada, es un símbolo. Como lo era también el violador y asesino de Yuliana Samboní. Detrás de Rafael Uribe Noguera – y de sus hermanos – había algo más que esa aberrante convicción que le motivó aquel día a recoger a la niña, violarla y asesinarla en su apartamento de muchacho acomodado, buenmozo, soltero. Un entramado que rebasa el mero hecho. Una estructura que nos habla también de unas élites habituadas a normalizar las psicosis diversas del poder. La psicosis de un tipo de poder que delira en su convencimiento de que no debe sentir remordimiento, de que no debe rendir cuentas. Las perversiones que puede normalizar el dinero y el poder. La indulgencia social que se tiene con los varones, pero no con las mujeres. Como escribió Rhonda Garelick, las acciones de Epstein estaban empapadas de los signos y los símbolos que suelen concatenar los mitos norteamericanos de la riqueza, los varones, la belleza, el sexo, la juventud.

No debemos olvidar que ninguna institución ha traficado tan ampliamente con la pedofilia como la Iglesia católica. Como tantas cumbres ensombrecidas por el dinero y el poder, ésta ha sido una institución versada en vicios y ocultamientos. Sus andamios son afines con los de Epstein y Uribe Noguera. Todos funcionan como signos de un entramado patriarcal cuya arrogancia vehicula vicios parecidos y despojados de remordimiento. Simbólicamente, es lo mismo que hemos aceptado en los códigos de hombría de nuestros propios ambientes. Son los comentarios de Julio Sánchez Cristo a las mujeres que conversan con su mesa radial, son las fórmulas de un poder cegado por sus apegos, son las expresiones prosaicas en los chats grupales y masculinos. Es el sello de esa virilidad cimentada en el poderío de la riqueza. Es la desfiguración de la posibilidad. Epstein es signo de esa maquinaria de un poder viril, podrido, que cruje y se descompone, junto con el capitalismo blanco y patriarcal, donde se incluye la deshumanización ante la experiencia de las mujeres, las oscuridades que ya no se sostienen.

vanessarosales.a@gmail.com, @vanessarosales_

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