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Chavela Vargas dio su último concierto homenajeando a García Lorca: “¿Qué hicieron con tu muerte”, le preguntó al granadino, a quien le dedicó un disco llamado La luna grande. Como el domingo se murió Chavela y nos deschaveló, como dijo Juan José Millás, su vida y sus canciones son larga novela que vale la pena leer escuchando.
El libro comenzó en los años cincuenta cuando llegó a México. Sin que sea cierto, creo que de su amistad con Rulfo aprendió lo reales que son los fantasmas. En los sesenta, con un disco apadrinado por José Alfredo Jiménez, cantó “Macorina”, un cumplido a una prostituta cubana: “Tus pies dejaban estela y se escamaba tu saya”. Previendo su destino cantó durante dos décadas: “Nada me han enseñado los años / siempre caigo en los mismos errores / otra vez a brindar con extraños / y a llorar por los mismos dolores”.
Desapareció durante años hasta que, en 1991, Almodóvar puso en Tacones lejanos “Piensa en mí” en versión de Luz Casal. La estupenda historia de su resurgimiento está en una crónica de Marianne Ponsford publicada en Cromos. En esa crónica se cifran buena parte de los motivos literarios de una vida. Como Kafka, Chavela amanece una mañana convertida en una resaca: “En lo único en que pensaba era en que la cantina estaba cerrada”.
Aunque dejó de beber, los “cuarenta y cinco mil litros de tequila” le ganaron una voz que no tenía antes. Cascada y quebrada, la nueva-vieja Chavela, a los setenta y tantos años fue el redescubrimiento de un país que la adoró siempre. En España la reverenciaron el director manchego: “Chavela Vargas hizo del abandono y la desolación una catedral en la que cabíamos todos”, y Joaquín Sabina, quien le compuso “En el bulevar de los sueños rotos”: “Mestiza ardiente de lengua libre / gata valiente de piel de tigre / con voz de rayo de luna llena”.
El domingo 5 de agosto se murió Chavela y habría que leer a Lorca para despedirla:
Tu entierro fue de gente
siniestra.
Gente con el corazón
en la cabeza,
que te siguió llorando
por las callejas.