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Vuelvo al tema de El patrón del mal, la serie sobre la vida de Pablo Escobar, que es la mejor producción televisiva hecha en Colombia y que ha recibido injustas críticas de quienes o quieren esconder un pasado o pretenden demeritar este esfuerzo que muestra la más temible época de nuestro país en los últimos años.
Pero también hay quienes sostienen que se trata de una apología del tenebroso capo y andan haciendo vueltas para que se le imponga una censura.
Torpe visión la de estos falsos moralistas, herederos del “tapen tapen” y, no sé por qué, partidarios de que las nuevas generaciones no conozcan lo que tan siniestro personaje perpetró en contra de una nación.
Si bien en un comienzo se mostró una faceta humana del protagonista, con el correr de los días se fue develando la personalidad de un asesino que llegó a ser considerado el hombre más rico del mundo, con un poder tal que se atrevió a decir que el Papa y él eran las personas más importantes de la Tierra.
En estos momentos los capítulos del asesinato de don Guillermo Cano y la participación directa de Escobar en este magnicidio erizan al más indiferente teleespectador, y eso que falta la voladura del avión de Avianca y el asesinato de Luis Carlos Galán, para caer luego en la vergüenza de la Catedral, su fuga permitida.
La crueldad de este bandido no tiene antecedentes en la historia de las mafias y es bueno que se sepa, entre otras, para que sea el público quien juzgue los comportamientos permisivos de quienes, teniendo el poder para reducir al miserable, se hicieron los “vista-gorda” tolerando los excesos de quien se hizo construir una cárcel-resort.
Decir que se trata de una defensa del capo es una falacia y rechazar esta serie es un acto de cobardía. ¿Por qué querer esconder el pasado? Vergüenza debiera darnos no que se sepa lo que ocurrió, sino optar por meter la cabeza en la tierra.