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Conocí a Spurrier en febrero de 2014 durante un concurso del Argentina Wine Awards, en Mendoza, donde me permitió apreciar esa inagotable capacidad suya de juzgar vinos en todo su contexto: variedad, estilo, clima, suelo, crianza, historia y creatividad. “Catar es beber de manera inteligente, sin pasar por alto los detalles”, insistía.
Probaba entre cuarenta y cincuenta vinos diarios para elegir tres recomendados mensuales, publicados en su columna habitual de la revista inglesa Decanter.
Spurrier, nacido en Cambridge, murió el pasado 9 de marzo en la antigua casona familiar del condado de Dorset, al sudoeste de Inglaterra. En la cava subterránea de la propiedad guardaba no menos de 3.500 botellas de distintos orígenes y estilos (“todas para beber, nada para guardar”, decía). Y en 2009, contra todo pronóstico, plantó en los alrededores un viñedo y construyó una bodega para elaborar cuatro sorprendentes espumosos ingleses sobre suelos calcáreos. Los bautizó con el nombre de Bride Valley Fine Sparkling Wine, como tributo a la zona. Spurrier decía: “Es la última tirada de dados de este enófilo”.
Su más radical faena fue haber puesto patas arriba a la aristocracia de los vinos franceses cuando organizó, en 1976, una cata a ciegas en París, con la participación de los mejores paladares europeos y franceses. Varios vinos californianos (tintos y blancos) se enfrentaron a consagradas glorias galas como Château Mouton Rothschild, Château Haut-Brion y Château Montrose, todos de Burdeos. Lo que nadie esperaba es el que el primer lugar se lo llevara Stag’s Leap, un Cabernet Sauvignon californiano del Valle de Napa. Y esto no fue todo: en la prueba de los blancos el vencedor fue Chateau Montelena (sin circunflejo), también procedente de Napa, que venció a clásicos ejemplares borgoñeses como Meursault Charmes Roulot y Beaune Clos des Mouches Joseph Drouhin.
Los efectos de la memorable cata, llamada The Judgement of Paris (convertida en película), todavía resuenan. Allí los vinos del Nuevo Mundo igualaron a los de sus maestros. Y fue Spurrier quien los sacó del anonimato.
Su primer contacto con el vino lo tuvo con su abuelo, quien lo convidó, en la Navidad de 1954, a probar un Oporto. “Ya tienes edad para probar estas joyas”, le dijo a su nieto. Era un Cockburn’s Vintage Port de 1908. Estático, Spurrier descubrió que el vino era lo suyo.
A los 23 años, después de terminar estudios en el colegio privado de Rugby y en la exclusiva London School of Economics, ingresó como aprendiz a la importadora Christopher & Co., la más antigua de Londres. De allí salió para París, donde montó Les Caves de Madeleine, la única tienda donde se hablaba inglés. Y en el local vecino abrió L’Academie du Vin, la primera escuela privada de vinos en Francia. Y como lo visitaban con frecuencia enólogos del Nuevo Mundo, Spurrier comenzó a notar que los vinos californianos tenían poco que envidiarles a los franceses. Y los puso a competir en The Judgement of Paris.
A Spurrier se le ha despedido como a un grande porque nadie pone en duda que fue la figura más influyente en el mundo del vino en el período de entre siglos.
Nota: para más información, consultar el portal de la editorial Academie du Vin, que ha publicado sus memorias, A Life in Wine, y varios libros y biografías de otros personajes: (https://academieduvinlibrary.com/shop/).