“Bogotá está perdiendo rápidamente la población de ingresos medios y altos”

El geógrafo Jhon Montoya Garay habla de su más reciente libro, “De la ciudad hidalga a la metrópolis globalizada. Una historiografía urbana y regional de Bogotá”, una obra que reúne de manera critica la historia de la capital del país.

Jhon Williams Montoya Garay  es Ph.D. en Ciencias Geográficas en la Universidad Laval, Canadá. / Cristian Garavito - Archivo El Espectador.
Jhon Williams Montoya Garay es Ph.D. en Ciencias Geográficas en la Universidad Laval, Canadá. / Cristian Garavito – Archivo El Espectador.

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

Jhon Williams Montoya es uno de los analistas más brillantes en cuanto al impacto que ha tenido la globalización en la capital del país. Lejos de los análisis reduccionistas del marxismo o de las corrientes de moda, Montoya ha realizado un análisis holístico de los flujos e intercambios en los cuales deja entrever una ciudad que se transforma y transforma, una ciudad receptiva a la globalización, pero que al mismo tiempo, avanza hacia la construcción de justicia y equidad. En su más reciente obra publicada por la Universidad Nacional, “De la ciudad hidalga a la metrópolis globalizada. Una historiografía urbana y regional de Bogotá”, desentraña los procesos históricos que ha vivido la capital del país desde su fundación hasta el día de hoy. 

¿Qué conserva Bogotá de la época del dominio español y colonial? 

Aparte de la cultura, la lengua, las costumbres, de la época colonial, Bogotá mantiene fundamentalmente el trazado ortogonal característico de las ciudades fundadas por los españoles, la cual irradia desde la Plaza de Bolívar, extendiéndose por las vías en forma de damero. Ese trazado, además, no solo pervive en el casco colonial, en forma general delimitado por la Quebrada de San Juan al sur (calle 6), los cerros orientales, la actual calle 26, y la vieja Alameda -más o menos coincidente con la Avenida Caracas-; también lo encontramos en la ciudad expandida y muy especialmente en los barrios de origen popular que casi siempre fueron trazados siguiendo este patrón. 

¿Y en la arquitectura? 

Quedan varios elementos religiosos como la Iglesia de Santa Bárbara, la Iglesia de Egipto –modificada-, la Iglesia de la Veracruz –restaurada-, la Iglesia de San Agustín, la Catedral Primada (terminada a comienzos del siglo XIX); varias construcciones del sector de La Candelaria y en particular la casa del Marqués de San Jorge (Museo arqueológico), la casa del Virrey (Museo de Bogotá), y la Casa de la Moneda; así como las Plazas de Bolívar, Santander, San Victorino, Las Nieves, San Agustín y Egipto (varias veces renovadas). Por fuera del casco colonial, es representativo el Puente del Común (Chía), construido en 1792. 

Algunos sociólogos de los años sesenta tenían la tesis de que, a falta de una fuerte industrialización, las ciudades colombianas crecieron demográficamente gracias a que la violencia impulsó a muchas personas a refugiarse en las ciudades y dejar de lado el campo. ¿Qué sucedió en Bogotá? 

Es cierto que hay una tradición de asociar la urbanización de Bogotá, y de Colombia, exclusivamente con la violencia. Sin embargo, la realidad es más compleja y la urbanización de Bogotá, como la de otras ciudades en el mundo respondió a varios factores. Uno de ellos, que sigue siendo importante y ha marcado históricamente las relaciones campo-ciudad, es que en esta última siempre ha habido más riqueza y por tanto más bienestar (así para muchos urbanistas que ya las disfrutamos y desconocemos las penurias del campo, esto sea un contrasentido). Las condiciones de vida rurales eran muy difíciles en los años cincuenta y sesenta -y aún lo son en muchas regiones-, y la ciudad ejercía una poderosa atracción sobre la población campesina que veía en lo urbano una posibilidad de mejoramiento de su calidad de vida, así no fuera para la generación migrante, pero si para sus descendientes. A ello se unía, paradójicamente, un crecimiento de la población rural que ya no podía sobrevivir en las estrecheces de las economías campesinas y debía buscar su futuro, o en los nuevos frentes de colonización, o en la ciudad. Y finalmente es necesario recordar que en el proceso de urbanización colombiano hubo una intencionalidad estatal. 

¿A qué se refiere? 

A las políticas de desarrollo, impulsadas por agencias multilaterales, que pusieron énfasis en una modernización rápida del sector agrícola y un impulso al desplazamiento de lo que se consideraba excedente rural de población hacia la ciudad, donde iría a aumentar la mano de obra disponible para el sector industrial, abaratando costos del trabajo e impulsando su desarrollo. Lauchlin Currie sería, durante casi cuatro décadas (desde 1950 hasta mediados de los 1980) el principal promotor de dicha política, seguida por la mayor parte de los gobiernos, con incentivos para la población urbana y escasa inversión en las áreas rurales poco competitivas en producción de materias primas. 

Así que lo que sucedió en Bogotá, especialmente en los años cincuenta y sesenta, fue un arribo masivo de población rural empujada por la pobreza en el campo, pero también por las mejores perspectivas en la ciudad en términos de trabajo, salud, educación y bienestar. A la par de ello hubo un proceso de expansión industrial, que si bien no alcanzó la magnitud que tuvo en las ciudades industriales europeas o norteamericanas, tuvo un impacto importante en la creación de riqueza urbana y en la dinamización de muchas actividades como la construcción y el comercio. 

Entonces, ¿qué papel jugó la violencia? 

La violencia indiscutiblemente actuó como un fenómeno disparador de la intención de migrar que estaba latente en la población, aunque algunos estudios de población de la época también recalcan que se produjo una importante migración rural-rural, esto es de zonas de violencia o deprimidas, a áreas de colonización o a los valles y el Altiplano que estaban expandiendo la producción agroindustrial. 

  ¿Cuál es la influencia de Karl Brunner y Lecorbusier en la consolidación de una sociedad moderna? 

Brunner y Lecorbusier, siguiendo a la célebre urbanista Françoise Choay, representan dos fases del movimiento moderno. El primero responde al urbanismo culturalista de comienzos del siglo XX y el segundo al modernismo progresista de mediados del mismo siglo. En ese sentido, Brunner dejó sobre la ciudad, además de una impronta arquitectónica que se evidencia en el barrio Modelo Norte, por ejemplo, y también en el trazado del Park Way, un legado institucional de intervención estatal sobre la ciudad a través de la planificación. Su contribución, entonces, se remite principalmente a sus guías para la urbanización (resumidas en los dos tomos de su Manual de urbanismo); y la organización del Departamento Municipal de Urbanismo, primer ente de planificación de la ciudad. 

¿Qué característica tenía la apuesta urbanística de Bruner? 

Brunner promovió un urbanismo de alto contenido social, partiendo de la idea, central al urbanismo vienés, del carácter institucional de la urbanización, de la intervención activa del Estado en su planificación y desarrollo, y del urbanismo como un mecanismo legítimo que tiene como propósito esencial el contribuir al mejoramiento de las condiciones de vida de la población en el lugar donde se implanta, alejándose de las perspectivas más teóricas, o utópicas, del urbanismo moderno. 

Y, ¿Lecorbusier? 

Lecorbusier, por otra parte, representa el urbanismo moderno triunfante y arrollador que llega a nuestra ciudad a mediados de la década de los cuarenta y curiosamente su impronta es más teórica que material. Con ello se quiere decir que Lecorbusier, quien solo hizo cinco cortas visitas a la ciudad, no logró implantar su idea urbana directamente en la forma física de la ciudad pues su Plan Director, entregado en 1950, no tuvo un desarrollo inmediato ni directo, y tampoco le fueron asignados diseños específicos para la ciudad. Pero no por ser esencialmente teórica su influencia es descartable. 

¿Qué caracteriza el estilo de Lecorbusier? 

Lecorbusier impuso un estilo particular de ciudad gobernado por la geometría, por la zonificación estricta de usos, por los edificios de alto porte y monumentales; e ideas concretas de no metropolitanización, ciudad densa y compacta, y amplios espacios para la circulación. También en la idea de la ciudad como ‘máquina para habitar’, este urbanismo moderno facilitó una creciente tecnificación de la construcción y la idea de hábitat generoso en espacio, dotado de importantes recursos técnicos y lúdicos que tenían como fin transformar el estilo de vida urbana. Como reflejo de esas ideas queda en nuestra ciudad algunas vías generosas construidas en la época como la calle 26 y la Avenida Las Américas; una delimitación bastante precisa de los espacios industriales en el corredor de la Calle 13 hasta Puente Aranda; una reconfiguración del sistema viario siguiendo en general la idea de las 7v; el complejo Antonio Nariño, paradigma de la urbanización moderna lecorbuseriana para la clase media; y una inveterada oposición a la metropolización y a la ciudad dispersa que ha hecho de Bogotá una de las ciudades más densas del mundo, con una metropolización fragmentada y anárquica, que no cuenta con ninguna dirección o coordinación desde el gobierno de la ciudad. 

¿Qué tanto influyó el modelo de sustitución de importaciones en la configuración urbana de la ciudad? 

El llamado ‘modelo’ de sustitución de importaciones corresponde de manera general con la llamada ‘Edad dorada del capitalismo’ en el mundo occidental y va desde los años cuarenta hasta los setenta. El propósito de esta política era el de generar las condiciones para una rápida industrialización, por supuesto aparejada a la urbanización. En el caso colombiano esos treinta años fueron altamente exitosos, especialmente entre 1953 y 1967 en los que la industria se multiplicó por 2,4, creciendo a una tasa anual del 6,4% y aumentando la oferta de empleo manufacturero en más de 100.000 trabajadores, aparte de su impacto en las otras cadenas, tanto de comercio y servicios, como de provisión de materias primas, especialmente agroindustriales.[1] Ello, por supuesto generó un impacto directo en la migración. 

¿En qué periodo podemos rastrear ese impacto en la migración? 

El periodo intercensal 1951-1964 registra las más altas tasas de crecimiento de la ciudad en toda su historia, alcanzando un 7,1% anual (lejos del 1,77% del último período 1993-2005). Por supuesto, el impacto es inmediato y en términos físicos, comparando el perímetro de 1954 con el de 1977, la ciudad pasó de cubrir, de manera general, 57 km2 a 189 Km2. Igualmente, los planos permiten ver como la ciudad se expandió hacia el sur, rellenando la mayor parte de vacíos entre el casco viejo y las periferias, hasta La Victoria y Tunjuelito-Molinos (por el oriente) y San Vicente y Techo (suroccidente). También hacia el occidente, sobrepasando el límite de la Carrera 30 (Fontibón, Normandía y Florida); y el norte, cuyo barrio más periférico en 1954 era Rionegro (calle 80), ahora iba de manera casi continua hasta Santa Bárbara, y con urbanización dispersa hasta la línea Cedritos-Las Villas. 

Así, la ciudad, que había estado de cierta manera contenida, se expandió en todas direcciones, y la estructura lineal norte-sur que había dominado la expansión de la primera mitad de siglo, se fue en arco hacia el occidente, aunque manteniendo el alargamiento sur-norte. 

Acercándonos a los años más recientes, ¿cuál fue el mayor impacto del neoliberalismo en la ciudad de Bogotá? 

Con el término neoliberalismo, o ‘ciudad neoliberal’, se acostumbra designar, principalmente desde la economía política marxista, el último período de la ciudad, marcado por la liberalización económica y los cambios institucionales derivados de la Constitución de 1990. Este período, que abarca ya casi tres décadas, ha traído cambios profundos en la vida material, económica y política de la ciudad. Uno de los mayores impactos deriva precisamente de la expansión económica del país y de la capital. Mientras en la década de 1980 la tasa de crecimiento económico de Bogotá era apenas era apenas de un 0,47% anual en promedio, entre 2000-2016 este valor alcanzó un 4,3%, pasando de un PIB de 72,4 billones para el 2000, a 147 billones en el 2016 (a pesos del 2005). Este enorme crecimiento de la economía, aparejado además a un incremento demográfico débil, permitió un significativo enriquecimiento de la población urbana y por consiguiente a una complejización de las actividades económicas y de todo tipo. 

¿Cómo se vieron reflejadas estas transformaciones más específicamente? 

Se multiplicaron los viajes de las personas; aumentó considerablemente el acceso a diversos bienes, entre ellos los vehículos y los inmuebles; aumentaron los ingresos del Distrito (de apenas 131 millardos en 1992 a 11 billones en 2013, deflactados por inflación), permitiendo una mayor acción estatal, especialmente en el frente social. 

Así, es evidente que el mayor impacto de la liberalización económica y del cambio en la gobernanza urbana se sintió en el campo económico, dinamizando otros sectores. Aumentó considerablemente la demanda de movilidad, y ante una reacción lenta en términos de infraestructura y transporte público, esta entró en crisis. También se expandió el sector inmobiliario y se desarrollaron rápidamente nuevas zonas, especialmente sobre los corredores de la calle 26 y de la Avenida Boyacá, al norte de la calle 13; trayendo como consecuencia un crecimiento considerable de los precios y una agudización del déficit de vivienda para los sectores de más bajos ingresos. 

En ese campo, ¿cuáles fueron los impactos políticos y sociales de las transformaciones? 

El dominio de una ideología urbana que podríamos etiquetar como posmoderna implicó una ampliación de los derechos sociales y su disfrute; nuevos grupos asociados a minorías, étnicas, pero también de preferencias sexuales, no solo manifiestan sus preferencias, sino que también crean espacios específicos para ellos, modificando, por ejemplo, el espacio de ocio de la ciudad. Igualmente, una idea reforzada de democracia derivó hacia la implementación de políticas de fortalecimiento de la participación ciudadana, aparejado al surgimiento de nuevos actores que acrecientan el debate político, y electoral, de la ciudad. Y también una nueva ciudadanía posmoderna que coloca entre sus principales prioridades la naturaleza y el ambiente urbano, masificando, por ejemplo, el uso de la bicicleta; y presionando al gobierno urbano por nuevas políticas en materia ambiental, por ejemplo, con la protección de cerros y humedales y la construcción de parques, así como la defensa del espacio público. En síntesis, podría decirse que en su estructura, demografía, economía, e incluso ideología urbana, la Bogotá contemporánea es absolutamente distinta a aquella heredada de los años ochenta. 

¿Qué caracteriza a la Bogotá de hoy? 

Hoy tenemos una ciudad económicamente tercerizada; con tasas de criminalidad bajas respecto a las épocas más aciagas de los años ochenta (similares a ciudades como Buenos Aires, Cantón, o Kansas City); socialmente más incluyente y próspera (con cobertura casi total de servicios públicos y altas tasas de escolaridad); con un alto porcentaje de población joven, aún si la tasa de natalidad y migración se ha desplomado; y especialmente tolerante y con legítimas ambiciones de cosmopolitanismo, el cual se expresa en el boom del turismo internacional y la activa vida cultural. 

¿Qué se necesita para construir una ciudad más justa e incluyente? 

En mi opinión se necesita seguir aumentando la riqueza de la ciudad, incorporando actividades de alto valor agregado y generando más puestos formales de trabajo. Ello tiene un impacto en todos los sectores, permite ampliar el consumo e incorporar más población no solamente a la economía de la ciudad, sino también en la población que puede acceder a mejores servicios de salud, educación y recreación. Una acertada y diligente acción del gobierno urbano, mejorando ostensiblemente las condiciones para el desarrollo económico, que incluye evidentemente una población sana y educada. Finalmente creo que también es el momento de prestar atención a los procesos físicos de expansión y densificación; la metropolización, y densificación, anárquica que rige en Bogotá y la Sabana requiere de coordinación entre los diferentes niveles del Estado y es, además, una forma de construir una ciudad más justa, repartiendo de manera más igualitaria las cargas de población y los costos de la urbanización.  

Háblenos un poco más de ello… 

Hoy Bogotá está perdiendo rápidamente la población de ingresos medios y altos; su política fiscal está encareciendo de manera desmedida la vivienda; y la falta de inversión en infraestructura está creando deseconomías de aglomeración, expulsando muchas actividades hacia la periferia. Una acción más coordinada entre los municipios y la ciudad permitiría articular nuevos proyectos de movilidad, y también de armonización fiscal, a la vez que disminuiría la presión creciente sobre la provisión de vivienda y también sobre los precios de la misma, los cuales son una de las principales fuentes de injusticia social al obligar a las familias a destinar cada vez una proporción mayor de sus salarios a su provisión o al castigarla con una localización periférica, lejos de los puestos de trabajo o de los servicios de la ciudad. 

Conoce más

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido