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“¿Y si él se ha enamorado de quien no debe, pero es feliz?”, dice Felipe a su papá, antes de confesarle que ama a su mejor amigo del colegio, Leonardo. Bajo este argumento la obra Un beso de Dick desarrolla la historia de dos adolescentes que descubren que quieren ser más que amigos y cómo, en un acto homofóbico, el padre deja ciego a su hijo.
Así comenzó el Teatro Barraca a experimentar con temas de diversidad, un trabajo que hoy se materializa en el Festival Internacional de Teatro Rosa de Bogotá, en el que no sólo participan compañías colombianas con obras o actores LGBTI, sino iniciativas y proyectos internacionales con una misma intención: visibilizar los derechos y las habilidades de esta comunidad.
La obra tuvo tal éxito que el día de su estreno llegaron el doble de las personas que cabían en la sala. Lo que siguió fue la creación de más obras similares, que se consolidaron en el festival “Visto desde el otro lado de la acera”, en alusión a la trilogía de libros de Fernando Molano que inspiraron la primera obra.
“Ya que el público nos comenzó a pedir obras con esa temática, el siguiente año decidimos conformar el festival internacional, pero sólo tuvimos un grupo de Venezuela, que se vino en bus desde Cúcuta”, cuenta Daniel Galeano, director del Teatro Barraca y fundador del evento.
En los siguientes años el festival fue creciendo, así como reinventándose. Primero se establecieron reglas: sólo podrían participar obras o compañías que trataran temáticas relacionadas con la comunidad LGBTI o fueran actores de esta comunidad. “Luego comenzamos a hacer la convocatoria y vimos que mucha gente se interesó por hacer obras para el festival. Además encontramos experiencias similares a la nuestra en otras ciudades”.
Y países. Para la cuarta edición del encuentro se presentaron obras de seis países, entre ellas el grupo teatral Tracodra, un colectivo venezolano que decidió replicar el modelo del festival en Caracas. El acuerdo trajo consigo una nueva consigna para el festival: no repetir estereotipos, involucrar en las obras temas de derechos humanos y visibilizar las acciones que ponen en riesgo a las personas LGBTI.
“Queremos que se deje de lado el cliché. Por ejemplo, no todos los transexuales son prostitutas y peluqueras, ni en todo momento la persona LGBTI tiene que ser el personaje que hace reír. Buscamos reivindicar su posición, demostrar que también se pueden hacer otras cosas”, comenta Galeano.
Lograrlo no ha sido fácil. En los últimos años han contado con fondos de Iberescena, que ha financiado dos proyectos, y de los apoyos concertados de Idartes. Pero como este año no consiguieron este último recurso, se aliaron con el teatro Deca, La Maldita Vanidad y Cabaret Rosa.
Por otro lado, no han sido ajenos a la homofobia. Hace unos años recibieron amenazas de muerte por un grupo autodenominado Águilas Negras. Esto llevó a que recibieran instrucciones de seguridad de las autoridades, pero también motivó a que la gente promoviera un plantón en contra de estos actos. “Fue algo no chévere, porque cuando uno hace arte no espera tener respuestas tan negativas, pero así mismo terminó siendo un impulso para que quisiéramos continuar”.
La idea a futuro es que sea un festival de la inclusión. En los últimos años, además de trabajar con la población LGBTI en lugares como el barrio Santa Fe, han hecho proyectos con comunidades afros, gitanas o rrom y en condición de discapacidad. Con estas últimas se creó una obra que se desarrolla casi por completo en la oscuridad, por lo que se juega con las tonalidades de las voces, las sensaciones y los sonidos.
En el caso de las comunidades afro y gitana, el trabajo ha sido en terreno. Bajo la idea de visibilizar sus prácticas, los procesos se han desarrollado de una forma diferente a la tradicional, pues en muchos casos son la tradición oral y las prácticas ancestrales las que se buscan rescatar.
Las trans y el sida en escena
Este año se presentaron 187 propuestas para tener uno de los seis espacios con los que contará el festival en 2018. De estas se eligieron 20 obras, que se presentarán en el transcurso de las próximas dos semanas en las cuatro salas habilitadas en la ciudad. Aunque cada una cuenta una historia particular, este año la mayoría se centra en historias de trans y las consecuencias del sida.
Como ya es costumbre, el teatro vuelve a programar en escena Un beso de Dick. Como obra destacada local se encuentra Me enamoré, una montaje protagonizado por el presentador de La Red, Carlos Giraldo. De las experiencias nacionales está El aguijón rojo, un proyecto del grupo Gato Azul, que ha hecho teatro diverso con una experiencia similar a la de Barraca.
Dentro de las propuestas internacionales está el performance Oro negro, en el que se exploran las conductas eróticas de los hombres a partir de la soledad y los miedos que se viven en un inframundo. De Venezuela, el grupo Pandilla Teatro presentará Las drags, una comedia en la que se muestran los problemas que atraviesan los travestis en medio de una sociedad en la que se enfrentan a dificultades para formar una familia.
Finalmente está La Marilyn, un monólogo de una mujer trans que en cuatro actos hace un recorrido por el proceso de construcción de su identidad, desde que era adolescente hasta la actualidad.
Las obras se presentarán hasta el próximo 8 de junio, intercaladas con proyectos de formación, entre los que se destacan los talleres de danza queer. La meta de Galeano es que el festival pueda incluir en los próximos años más obras dentro de la programación y, más allá de eso, logre que se reconozca una escena que no sólo se ha consolidado en el país sino en la región. “Buscamos mitigar y visibilizar que sigue habiendo violencia, sobre todo contra las trans. Queremos que sea un festival que se diversifique e incluya a más personas y grupos de teatro”, dice Galeano.