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Cuando los antropólogos forenses exhumaron la fosa, comprobaron la metódica forma en la que habían desarrollado la ejecución. En el fondo se hallaban los huesos más pequeños. Encima los de las mujeres, muchos de ellos finos y diminutos, de los bebés que estaban por nacer. Por último, la osamenta de los hombres. Así, en ese orden, los habían ejecutado: los niños frente a sus padres, las mujeres frente a sus esposos, y luego estos últimos.
Los enterraron en un pozo. En un remedo de pozo. Durante las semanas que precedieron a la masacre, Luis Saúl Arévalo había pasado horas infructuosas cavando un aljibe con Juan Pablo, su padre, en busca de agua. Los militares debieron ver el hueco a medio camino y lo encontraron útil. Muy probablemente —¿cómo saberlo a ciencia cierta?— su padre, don Juan Pablo Arévalo; su madre, Martha Jesús Valle; y sus hermanos, Josué, Dina, Joel y Abel, junto a buena parte de los 201 habitantes asesinados en el caserío Las Dos Erres, fueron arrojados y sepultados allí, ese 7 de diciembre de 1982.
— ¿Por qué los mataron?
A Luis Saúl, que ya pasa los 50, se le escucha del otro lado de la línea con un tono melancólico que ni el tiempo ni su tonada campesina pueden disimular:
— Ajá… pues yo creo que fue el maíz. Eso estaba lleniiito de maíz y fríjol, ajá, y tooodo se lo llevaron.
El parcelamiento
A Las Dos Erres llegó Luis Saúl Arévalo con sus padres en 1972. Venían del sur, buscando buena tierra para cultivar. Entonces Las Dos Erres no existía; era una gran extensión de selva virgen, a diez kilómetros del municipio de Las Cruces, en la que, recuerda, se paseaban los tigres y los zaraguates, “que son una especie de mico pero que ruuuge como un toro”.
La llamaban Las Dos Erres en honor a quienes allí primero llegaron, Federico Aquino Ruano y Marco Ruano. Tras ellos llegaron los demás, atraídos por los títulos de propiedad que en los setentas entregaba el gobierno de Guatemala. Para 1981, cerca de 250 personas vivían en el caserío, donde siempre escaseó el agua, por lo que había que caminar cuatro kilómetros hasta un pozo cavado siglos atrás por los mayas.
Luis Saúl pasaba sus días entre los cultivos de maíz de Las Dos Erres y su casa en Las Cruces, donde había ingresado a una organización de autodefensa civil. Las Fuerzas Armadas Revolucionarias (Far) habían comenzado a atacar convoys del Ejército en las carreteras de la región, y el jefe del destacamento militar de la zona, el teniente Carlos Carías, había convocado a los jóvenes residentes de Las Dos Erres para que se hicieran patrulleros.
A los guerrilleros Luis Saúl los vio un par de veces: verde oliva, botas de hule, caminando de a diez o quince: “No sabíamos si eran cubanos o chapiles (guatemaltecos), y peleaban no sé por qué…”.
La sentencia
El miércoles 3 de agosto de 2011, frente al Tribunal Primero A de Alto Riesgo en Ciudad de Guatemala, cuatro hombres esposados con cadenas, mal encarados y toscos, recibieron de Patricia Bustamente, vocal del tribunal, una condena sin precedentes en la historia del país: 6.060 años de prisión por el asesinato de 201 personas, entre ellas más de 60 niños, que murieron a golpe de mazo durante el 6 y 7 de diciembre en el caserío Las Dos Erres, departamento del Petén, limítrofe con México.
Con voz temblorosa y enredando las sílabas de cuando en cuando, Bustamante leyó: “Las vidas humanas que se perdieron en la masacre de Las Dos Erres rebasan todo nivel de entendimiento humano. Resulta inexplicable la actitud de los tripulantes de la patrulla que en forma inhumana masacraron a la población indefensa”.
Tres de los condenados pertenecían al equipo de Fuerzas Especiales (kabiles) que ingresaron disfrazados de guerrilleros en la madrugada del 6 de diciembre del 82 a Las Dos Erres y perpetraron la masacre. El cuarto es el teniente Carlos Carías, jefe del destacamento militar de Las Cruces y superior de Luis Saúl en ese entonces.
Las Cruces
Sobre la infierno vivido por los habitantes de Las Dos Erres hay dos versiones. Una, la de aquellos pocos que lograron escapar de la barbarie. Otra, la de aquellos que sobrevivieron por andar lejos del parcelamiento. Luis Saúl Arévalo es de los segundos.
El domingo 5 de diciembre de 1982, 24 horas antes de la matanza, el teniente Carías le dio la orden a Luis Saúl de quedarse en Las Cruces para participar en un “acto cívico”.
Se trataba de una obra de teatro para los habitantes del municipio. Luis Saúl debía hacer el papel de guerrillero que recibía la visita de un par de militares. Al abrir la puerta de su rancho, recibía una ráfaga de balas y caía muerto.
— Va…, el teniente tenía que saber lo que estaba por pasar.
Al día siguiente, Luis Saúl se fue para Las Dos Erres. En la marcha, sin embargo, dos tractoristas que regresaban espantados lo alertaron. Por allá andaban unos tipos disfrazados de guerrilleros, dijeron, andaban con fusiles galil, los habían golpedo.
Con la imagen de sus padres y sus hermanos atizándole la angustia y los disparos sonando a lo lejos, apuró el paso. En el caserío, un vecino agazapado le advirtió en voz baja: “No vayas, hermano, que allá la gente está entrando, pero no sale ninguno…”.
Luis Saúl sintió miedo y se dio vuelta.
A Las Dos Erres regresó dos días después, con el grupo de militares comandados por el teniente Carías (según el mismo Arévalo, en declaraciones ante el tribunal, Carías se negó durante dos días a verificar lo que ocurría en el parcelamiento).
— Cuando llegamos, Las Dos Erres no era naaada, va. Sólo había patos, pollos, chuchos, ropa tirada y ni un ser viviente.
Corrió a la casa de sus padres. Los muebles en el suelo, la ropa afuera. Y el pozo de 12 metros, en el jardín, sellado con la tierra que con su padre habían sacado por semanas. Vio las moscas sobrevolando el montículo de tierra. Supo entonces que ahí estaban todos.
— Queríamos gritar “¡asesinos!”, pero si gritábamos nos mataban. Así que volví a la casa, recogí una foto de mi papá que estaba en el suelo y otra de mi mamá, y me llevé unas cositas.
Las Dos Erres
Fragmento del caso ilustrativo número 31 del informe Guatemala: memoria del silencio:
“A las once de la noche del 5 de diciembre (un grupo de 58 kaibiles) llega a la entrada de Las Dos Erres, deja los camiones y camina seis kilómetros hasta alcanzar el objetivo hacia las dos y media de la mañana del siguiente día, 6 de diciembre de 1982.
“Tan pronto como llegaron comenzaron a sacar con violencia a la gente de sus hogares. Concentran a las mujeres y niños en las dos iglesias y a los hombres los encierran en la escuela.
“A las dos de la tarde arrojan vivo a un pozo seco a un recién nacido de tres o cuatro meses de edad. Es el inicio de la masacre.
“Todos los menores fueron ejecutados con golpes de almádana en la cabeza y los más pequeños los estrellaban contra los muros o los árboles, sujetándoles de los pies.
“Sólo se escuchaban rezos y plegarias
“Los kaibiles se encargaron entonces de los hombres, las mujeres y los ancianos.
“Cuando el pozo estaba casi lleno, algunas personas aún seguían vivas y se levantaban tratando de salir pero no podían. Pedían auxilio y mentaban a Dios”.
La guerra y sus razones
El miércoles pasado, 29 años después de perder a toda su familia, a excepción de un hermano, Luis Saúl se sentó con una rosa en la mano a escuchar la sentencia contra su antiguo superior, Carlos Carías, y los exkabiles Daniel Martínez, Manuel Pop y Reyes Collin.
La vocal Patricia Bustamente leyó: “El 22 de octubre (tres meses antes de la matanza) se produjo una emboscada al Ejército de Guatemala en la cual participaron guerrilleros y hubo elementos militares caídos, habiéndose sustraído 21 fusiles, lo que originó tensión entre la población y el jefe militar”.
El robo de los fusiles, prosiguió, enfureció a los militares, que buscaron castigar a la población de Las Dos Erres por apoyar a la guerrilla.
¿Qué evidencia tenían los militares de semejantes vínculos? Unos sacos para la recolección de cosecha que Federico Aquino Ruano marcaba con sus iniciales y que enviaba repletos de maíz y fríjol a Las Cruces. Costales que llevaban en el lomo la sentencia de muerte de todo un caserío: Far.
Esclarecer una barbarie sangrienta y demencial
160 ejecuciones extrajudiciales fueron llevadas a cabo durante el conflicto.
6.159 personas fueron desaparecidas.
42.275 es la cifra total de víctimas, según la Comisión de Esclarecimiento Histórico.
La comisión
En 1999, la Comisión de Esclarecimiento Histórico de Guatemala publicó su informe sobre los actos atroces cometidos por los actores del conflicto durante la guerra civil llevada a cabo entre la guerrilla de izquierda Fuerzas Armadas Revolucionarias y el Ejército guatemalteco.
Las masacres
Un total de 626 masacres fueron contabilizadas por la Comisión de Esclarecimiento Histórico. Fueron hechos donde recurrentemente se cometieron crímenes de lesa humanidad, entre ellos la violación a mujeres y el asesinato de niños, ancianos y mujeres embarazadas.
El intocable general Ríos Montt
Efraín Ríos Montt, general golpista y presidente de facto de Guatemala entre 1982 y 1993, ocupa hoy un escaño en el Legislativo unicameral. Por cuenta de esta dignidad, el militar, a quien miles de víctimas de la guerra civil le achacan la responsabilidad de decenas de crímenes, posee inmunidad parlamentaria.
De ahí que la condena de esta semana sea considerada como un pequeño paso en la larga marcha por hacer justicia. “La Corte Constitucional guatemalteca está cooptada por el poder político”, explica desde el Instituto de Iberoamérica de la Universidad de Salamanca la doctora Martha Liliana Gutiérrez, especialista en justicia transicional. “El poder político en Guatemala ha tenido históricamente estrechas relaciones con los militares”.
Gracias a Hugo Alvarado, de Prensa Libre de Guatemala, por su ayuda en la investigación para esta nota.