Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Recuerdo que al final de la película, cuando llega la policía a la terraza de los estudios Abbey Road a suspender el improvisado concierto que daban los Beatles, un alucinado apareció en el proscenio del teatro Olympia, donde se proyectaba el documental Let It Be, gritando improperios contra los uniformados, chiflando con toda la rabia de sus pulmones en protesta por el atropello, mientras sonaban los últimos acordes de Get Back.
El hombre, por los efectos de la droga o de la nostalgia —o de ambas—, trataba de retrasar el final, de expulsar a los inoportunos que llegaban a tirarse la fiesta. Vivía el momento de manera intensa, su espíritu estaba metido en el centro de la acción, en medio de los músicos, el público y los amplificadores, en el intenso invierno londinenses del 30 de enero de 1969. Pero su cuerpo era otro más de los espectadores jóvenes que lo miraban con cierta complicidad, porque también nosotros en ese instante, en la oscuridad de una sala de cine bogotana en un sábado de 1984, hubiéramos querido que la magia nunca se acabara.
Dos horas antes, se había formado una cola inverosímil a la entrada del teatro de la calle veintiséis con carrera novena, como si fuera el estreno mundial de una película taquillera. En realidad, la idea era proyectar, cada semana, filmes que tuvieran algo que ver con el rock. Parecía increíble que un documental de los Beatles —que registraba de manera desorganizada las sesiones de grabación de su último álbum— tuviera ese éxito en una nueva generación que apenas salía de la infancia cuando en abril de 1970 el “cuarteto de Liverpool” se disolvió para siempre.
Desde la segunda década del siglo XXI, venimos conmemorando los cincuenta años de cada hito de los “Fab Four”: en 1964, su apoteósica llegada a Estados Unidos, con un recibimiento de héroes en medio del estrépito loco de sus seguidores; en 1966, el álbum Revolver dejó en claro que esos muchachitos de pelo largo y canciones estrafalarias eran ya un fenómeno cultural sin precedentes; en 1967, en plena sicodelia, sorprendieron al mundo con La Banda del Sargento Pimienta y sus Corazones Solitarios, una revolución de sonidos, canciones y diseño, en una época en que cualquier audacia creativa era una empresa monumental, y también en ese año fueron los primeros en transmitir a todo el mundo, vía satélite, en vivo, su canción All You Need Is love, como parte de un programa llamado Our World; en 1968, el Álbum Blanco presagiaba las rupturas internas del grupo, pero exhibía, como nunca antes, el talento de cada uno de sus integrantes; en 1969, su disco Abbey Road demostró que tenían una creatividad única y una capacidad increíble para crear una gran diversidad de canciones y de estilos, porque los cuatro músicos —a diferencia de The Rolling Stones o Led Zeppelin— componían, cantaban y aportaban su propia creatividad, a pesar del tándem Lennon-McCartney.
Y en 1970, apareció Let It Be, y el fin de un sueño representado no sólo en la separación de la banda que marcó a una generación y una década, sino en la gran frustración ante los estragos de la guerra de Vietnam, en la lucha sin tregua contra la segregación racial y los derechos civiles, en la fracasada revuelta anticapitalista que, sin embargo, conmovió los cimientos de la sociedad occidental.
Medio siglo después, la década del sesenta nos respira todavía en la nuca. Las mujeres reciben menos remuneración que los hombres por el mismo trabajo, no se abren del todo las puertas para que ellas accedan, en igualdad de condiciones, a posiciones de mando. Las minorías raciales siguen al margen de los beneficios de una sociedad opulenta. La desigualdad es profunda.
En cuestión de semanas, el ataque implacable de un virus, por ahora incurable, puso al desnudo todas las miserias de los supuestos grandes logros de las democracias liberales. Hay millones de enfermos y cientos de miles de muertos, al tiempo que la prosperidad muestra sus pies de barro y se desploma en medio de una crisis de desempleo y parálisis (inducida) del aparato productivo.
Tal vez los Beatles no se han terminado de ir, a pesar de ser ya una leyenda, porque la utopía que representaron sigue viva no obstante las frustraciones de una generación. La pandemia ha puesto al descubierto que, al final, tampoco es que hayamos avanzado tanto. Por el contrario: la ausencia de seres humanos en espacios públicos, en razón de la cuarentena universal, demostró que somos un factor perturbador para la naturaleza, una plaga sin escrúpulos ni límites.
Y de pronto por eso mismo, el país más rico de la tierra —es decir, el del producto interno bruto más grande— decidió anteponer la salud de los negocios y la lucha por el poder al deseo de millones de ciudadanos que quieren regresar a la vida de otra manera, sin los azares de la pobreza, con garantías sociales y sin la amenaza de una enfermedad impredecible, que puede ser letal. Es una ruleta rusa.
¿Por qué los Beatles, como símbolo, han trascendido las generaciones, y su música aún les dice algo a los jóvenes de esta era digital, de comunicación instantánea, planetaria, a través de poderosas redes sociales? No debe ser sólo por la genialidad de George, Paul, Ringo y John. Me atrevo a pensar que durante todo este tiempo hemos caminado en círculos, buscando una y otra vez una nueva sociedad, una nueva forma de pararnos en la tierra. Hace cinco décadas fueron los hippies, hoy son los que luchan contra el calentamiento global y la salvación de nuestros recursos naturales. Hace cinco décadas, los afroestadounidenses buscaban que no hubiera segregación racial en las escuelas, hoy los hijos y nietos de esa generación siguen en la dura tarea de quebrar el muro de la discriminación.
El 8 de mayo de 1970 fue lanzado el álbum Let It Be. El pasado 8 de mayo el mundo recordó los cincuenta años de ese último estertor de la banda. Al parecer el documental, que lleva el mismo nombre del disco, se podrá ver completo gracias a la magia digital.
Con seguridad habrá algunos que reaccionarán como aquel obnubilado del teatro Olympia: cuando sea el momento de la última canción, y la policía londinense ya haya implantado la ley y el orden y obligado a suspender el concierto porque en las calles aledañas a los estudios Abbey Road se ha armado un despelote monumental, acaso habrá alguien que grite improperios contra esos tombos infames, chifle con rabia contenida y busque por todos los medios prolongar un fin inevitable.
No está solo. Todavía media humanidad sigue escribiendo esa historia que empezó hace diez lustros. Hoy más que nunca.