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—“Deseando contarte cuánto te extraño, cuánto añoro tocarte, cuánto quiero decirte lo que no me atrevo”. Bien. Cansado, pero bien.
—Yo también estoy cansada.
—¿Cansada de qué?
—¿Tiene sentido decir que estoy cansada de esperar?
—¿Qué esperas?
—“¿Tiene sentido contestar que espero algo de piel?”. Salir más allá del umbral, «a abrazarte”.
—Todos.
—Sí… “Pero tú no sabes lo que siento o, mejor dicho, lo que no siento. No siento tu cuerpo, para comenzar. Esta manía que tengo de levantarme con tu mirada en pantalla y acostarme con una plegaria está trastocando la normalidad que no debería violarse. Esa normalidad que presupone que los cuerpos quieren persistir, y para persistir se dejan gobernar por la pasión, y para dejarse gobernar por la pasión dependen unos de los otros. Se juntan para clamar que se les reconozca, que se les valore, que se les ame. Se juntan para vivir, para sentir eso que no puedo sentir ahora, para hacerse uno con otros cuerpos y en esa interdependencia aprender que no están hechos de carne y sangre, sino de esos amores, desamores, amistades y rivalidades que construyen con el bailar de los cuerpos.
El cuerpo está para aparecer, y también para sufrir. Si el destino es otro cuerpo, el sufrimiento es poco sacrificio. Y por eso extraño verte, tocarte e incluso amarte; porque sin la posibilidad de encontrar tu cuerpo, poco a poco olvido lo que es sentir.
—¿Y será que algún día salimos?
—Lo dices como si no salir fuera posible.
—Bueno… a este ritmo…
—“A este ritmo dejaremos de ser humanos. No hay humano que pueda vivir en soledad”. Algún día tendremos que salir, “y hacerme uno con tu cuerpo».
—Sí, supongo… Debo irme, “pero no quiero».
—Okay, luego hablamos. “Que no demore tu cuerpo en aparecer, que no puedo vivir en soledad”.