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Ya cansa tanto odio y, peor aún, un odio irracional que proviene de teorías conspirativas. Precisamente por eso deben ser conspirativas, porque su sustento es el odio, y el odio no entiende de artículos científicos. “Los chinos ganaron la tercera guerra mundial”, “los chinos crearon el virus para adueñarse del mundo”, “cuando se acabe esta mierda ya van a ver esos desgraciados”, “quienes quieren salir deben morirse”. “Quienes dicen que lo mejor es encerrarse, deben estar escribiendo sobre los beneficios de la cuarentena desde su terraza, con vino en mano y una cuenta bancaria a reventar de millones de pesos. Deben estar desviviéndose por vivir, sin darse cuenta de que son los únicos con el derecho a vivir”. “El bruto del presidente no ordena una cuarentena general”, “el bruto del presidente ya debería dejarnos salir”. “Quiero tocarte, te extraño”. “No aguanto más a mi padre”, “no aguanto más a mi hermano”. “Quiero verte”. “Mi padre murió, mi hermano también”.
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Si algo ha sacado a flote esta situación es la manía de anhelar lo que no se tiene, lo que no está, lo que antes era y no queríamos, lo que ahora es y está lejos. La manía de echarle la culpa al de al lado, al de arriba, al que está más allá de las fronteras, a los oráculos y al destino. De prestarles atención a las mil voces que se pueden oír hoy en día, como si fueran fantasmas recorriendo las redes sociales, que cada día se vuelven menos sociales. Oigo invocar maldiciones hacia una población de mil trescientos noventa y tres millones de personas, cuando en Hubei hay cincuenta y ocho millones, y Wuhan tan solo es de once millones. Llamamos “desgraciados” a millones de personas sin siquiera reconocerlas como individuos, y eso es lo que nos tiene encerrados entre cuatro paredes, esperando a que el mundo enfrente la pandemia de forma coordinada.
Para no dejarme afectar de tanto odio, abro un libro en una página cualquiera. Resulta que la historia transcurre en un universo no tan distinto al que he visto en los últimos días. En Meridia, sus habitantes también sienten un odio irracional hacia la especie humana. Piensan que los humanos son seres peligrosos con la capacidad de destruir a todos los meridios de un solo golpe, tal como algunos creen que los chinos podrían acabar con el resto de los terrícolas para adueñarse del mundo. Resulta que los meridios también tienen su propio virus, contra el que no han encontrado cura. Resulta que, por una serie de casualidades, una humana accede a Meridia y, desgraciadamente, los meridios deben darle la bienvenida porque en su sangre puede que esté la cura contra dicho virus, tal como puede ocurrir acá si los chinos descubren una vacuna. Resulta que el príncipe de Meridia, poco a poco, pasa del odio al amor hacia esa humana, tal como nos veremos obligados a hacer si no solo queremos vencer al coronavirus, sino también los profundos problemas sociales que se han desatado a partir de la crisis sanitaria. Resulta que me dejo absorber por Meridia, a ver si a lo largo de sus páginas escapo, encuentro respuestas a lo que estamos viviendo y siento algo de felicidad en medio de tanta ansiedad e incertidumbre. Supongo que esa es precisamente la magia de la ficción, tan alejada y al mismo tiempo tan cercana a lo que hemos vivido como especie desde hace siglos. La ficción es como un código indescifrable que, sin embargo, cuanto más estudiamos más nos entendemos y entendemos también que lo que odiamos no necesariamente debe odiarse, que lo que se ama no necesariamente debe amarse, que lo que existe simplemente existe, y aquí estamos para existir junto al mundo, a pesar del mundo, gracias al mundo.
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La autora de Meridia, Paula Cuéllar, comenzó a escribir su libro en un momento de inspiración, de esos que no sabes de dónde llega. Escribió una escena al azar porque no la dejaba en paz, y luego continuó y continuó escribiendo porque los personajes se le aparecían hasta en sueños. Luego vino el estudio, la disciplina y un cuaderno lleno de notas. Meridia se le había aparecido por sorpresa, tal como un virus, y tuvo que organizar sus ideas y sus rutinas, tal como lo estamos haciendo nosotros. Sin embargo, Paula Cuéllar no siguió un esquema para escribir su novela, la novela fue la que le ordenó los pasos a seguir. Fue una inspiración que tal vez estaba destinada a existir para salvarme, para salvarnos; para darnos un respiro en medio de tanto odio que pulula por estos días, como si de un virus se tratara.