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La Asamblea Nacional Popular de China (ANP) siguió con la estrategia de Xi Jinping de aplastar las libertades democráticas en Hong Kong. Con 2.895 votos a favor y ninguno en contra, aprobó una reforma electoral que pretende que “solo los hongkoneses patriotas gobiernen Hong Kong”. No hay otra forma de decirlo: el Partido Comunista Chino dejó de fingir que cumplirá sus promesas y permitirá que todas las personas que defiendan la democracia en la isla sean perseguidas, encarceladas y condenadas por promover discursos “subversivos”. Mientras tanto, las democracias liberales se mantienen impotentes. Colombia, en voz del presidente Iván Duque, celebra la alianza con China sin mención alguna de sus comportamientos autoritarios. Estamos viendo cómo silencian a toda una generación de personas que soñaban con la democracia.
Lo que ocurre en Hong Kong parece sacado de una novela distópica. Aún así, lo más frustrante es ver cómo el Partido Comunista Chino utiliza su creciente poder y su chequera sin límite para comprar el silencio del resto del mundo. Ya sea sobre su trato a los musulmanes uigures —comportamiento que ha sido tildado por expertos y por el gobierno de los Estados Unidos como un genocidio— o el desmantelamiento de todas las instituciones autónomas de Hong Kong, el mensaje es claro: Xi Jinping y sus aliados hacen lo que desean y nadie se les puede oponer.
Con el triunfo de las fuerzas prodemocracia en las elecciones del 2019, el Partido Comunista Chino decidió cerrar el grifo. Aplazó las elecciones que se iban a celebrar el año pasado, aprobó una ley de seguridad que recientemente terminó con el encarcelamiento de más de cincuenta activistas prodemocracia, sacó del Legislativo a quienes habían defendido las protestas y ahora hizo aprobar en la Asamblea Nacional, un órgano casi decorativo, una serie de reformas que garantizarán que el control de Pekín sobre la isla se refuerce.
Por ejemplo, la creación de exámenes de “patriotismo” para garantizar que quienes se postulen a los cargos de poder sean fieles a la China comunista. Esto, además de ser un claro filtro ideológico en un país que entiende como “insurrección” la defensa de la democracia, se une a la persecución de la ley de seguridad para garantizar que, de ahora en adelante, las únicas voces autorizadas en Hong Kong sean las aliadas de Xi Jinping. La medida vendrá acompañada de una reforma escolar que pretende que los niños desde los seis años se sepan de memoria los crímenes que juzga la ley de seguridad. Así opera el autoritarismo del siglo XXI.
El contraste con los movimientos juveniles que se tomaron las calles de Hong Kong hace un par de años es claro. Una generación criada sobre principios liberales, bajo la promesa de la democracia y defensora del Estado de derecho, está viendo cómo cada uno de sus derechos es desmantelado para acoplarlo al sistema dictatorial chino. Esto con la complicidad de las élites económicas, que ven en la isla un interés financiero internacional, pero que han hecho las paces con el Partido Comunista Chino siempre y cuando su estilo de capitalismo permita que todos los involucrados obtengan utilidades. ¿Y los jóvenes que siguen exigiendo representación y democracia a pesar de la represión? Como le dijo Tian Feilong, un abogado que trabaja para el gobierno chino, a The Economist, “van a experimentar una transición psicológica dolorosa, en otras palabras, tendrán que ser reeducados”.
Estados Unidos anunció sanciones, pero son tímidas. La Unión Europea sigue haciendo negocios con China y dando declaraciones insuficientes. Colombia, defensor de la democracia en los discursos sobre Venezuela, celebra que Xi Jinping envíe un mensaje a nuestros ciudadanos. Mientras tanto, el autoritarismo se sigue fortaleciendo.
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