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Mucho lo oí nombrar antes de ser vicepresidente de la Unión Patriótica.
Un día lo conocí al bajar de un avión en Riohacha. Lo saludé y me respondió con la amabilidad bondadosa que lo caracteriza y le ha permitido mediar en muchos conflictos sociales. Fue miembro del Partido Comunista y, como tal, uno de los fundadores de la CUT, con el otro Garzón, Lucho. En el fondo era un creyente y un católico fiel a Camilo Torres. De eso hablamos muchas veces porque, entre otras cosas, la utopía de la Nueva Jerusalén no es diferente a la otra utopía, la que tantos profesamos un día, el reino de la sociedad sin clases. Ambas le dan sentido a la vida y nacen de la esperanza.
De muchacho participó en luchas sindicales y en las huelgas estudiantiles de los 70, y ese aire de rebeldía no lo ha perdido. Fue vicepresidente de la Unión Patriótica cuando se puso en práctica el siniestro señalamiento de Carlos Lemos: la UP es el brazo civil de las Farc. Tres mil muertos costó la alusión, que, hay que decir también, los habría habido con o sin esa fatídica acusación. Como constituyente del 90 estuvo muy cerca de las tesis del M-19, que eran tan simples como irrealizables: la igualdad, la justicia, la independencia. No es un gran orador, le silba la voz, pero así, un poco tartamudeante, dice lo que tiene que decir.
Después me crucé con Angelino en otro laberinto: el Caguán, cuando trató, sin fortuna, de poner de acuerdo a Pastrana con Marulanda, o más bien al Mono Jojoy con el general Mora, algo mucho más difícil. Como se vio y se sufre. Yo era más escéptico que él. En una entrevista que hice para El País de España, Alfonso Cano me había dicho, entre palabra y palabra, que el arreglo era imposible mientras, como decía Marulanda, “no se amarraran los perros”, refiriéndose a los paramilitares. No se amarraron. No se han amarrado.
Hace poco, la última vez que hablamos, siendo candidato a la OIT, me dijo: “A nadie se le puede olvidar de dónde vengo ni para dónde voy”. Me lo repitió muchas veces, como si quisiera dejarlo grabado, o como si yo lo dudara. La duda, de todos modos, era razonable: la única manera de llegar al poder sin hacer concesiones es tomándoselo a la fuerza. O apartándose totalmente de la vida política. Angelino nunca ha estado en ésas ni en plan de dedicarse a los negocios —que no los hace— ni a la vida contemplativa. En consecuencia, su propósito de ser presidente pasaba por transiciones: ser gobernador del Valle —cargo del que salió mal parado con la aristocracia regional— o ser vicepresidente de la República. En este cargo ha mostrado un criterio propio hasta el punto de incomodar al jefe de Estado; independencia relativa porque, al fin y al cabo, aunque haya tenido sus propios votos, fue escogido por Santos como fórmula electoral. Creo que se sentía bastante incómodo y por eso en la posibilidad de la OIT se le apareció la Virgen: pasaba de ser una figura en un gobierno de suerte incierta a un puesto de prestigio internacional desde donde podía seguir defendiendo la causa obrera.
Necesitamos que el vicepresidente se recupere y vuelva a asumir su cargo. El país necesita sus valientes posiciones a favor de la justicia social que estamos lejos de que exista. Yo le rindo un homenaje como amigo. Ha sido y es un luchador. Convaleciente de la operación de corazón abierto me contó, sin posar de víctima, que muchas veces de niño tenía que contentarse para ir a la escuela pública con una aguapanela pálida y simple.