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La resaca y el enrojecimiento del rostro son dos de los desenlaces más frecuentes tras unas copas de vino.
La primera suele tener relación directa con la cantidad de lo ingerido, mientras que el segundo puede (y, en algunos casos, debe) ameritar consulta especializada.
La impresión de sentir un hachazo en la mitad del cráneo la sufrimos todos. Y todos, también, somos conscientes de que la incómoda molestia aparece cuando cruzamos la raya de lo recomendable, aunque, en algunos casos y en ciertas personas, una copa es suficiente para desencadenar la punzante neuralgia.
El alcohol es, sin duda, el culpable directo. Pero no ignoremos la existencia otros detonantes.
Los congéneres están en primera línea. Se trata de impurezas derivadas del proceso de fermentación del mosto. No son bestias enemigas, como pudiera pensarse; en realidad, aportan características significativas a nuestras bebidas favoritas como color, aroma, sabor, textura y complejidad, e incluyen compuestos como taninos, ésteres y glicerol.
Su presencia es dominante en los vinos tintos (y también en destilados como rones, whiskies, brandis y tequilas añejos). Por tal motivo y de igual forma, la violencia de una resaca depende de la cantidad de congéneres consumida.
En otro frente, los amantes de los espumosos deben poner la lupa en el ingrediente que da vida y chispa a su entrañable bebida: el dióxido de carbono.
Vuelve a aparecer durante la segunda fermentación del vino, pero esta vez queda atrapado en el líquido y no se libera. Además de las burbujas y el delicioso cosquilleo, el dióxido de carbono acelera la dispersión del alcohol en el organismo. Y si no nos controlamos, la resaca será inevitable.
Otra posible causa del hachazo entre ceja y ceja es la alergia a las histaminas, presentes en las levaduras y bacterias que desencadenan la fermentación. Como muchos lo sabemos y lo sufrimos, las histaminas son comunes en el polen de las flores, y su contacto genera irritación de la vista, congestión de las vías respiratorias y distintos grados de neuralgia. Además se acentúan con el exceso de alcohol.
Asimismo, los vinos contienen sulfitos, que no causan tantas molestias, a menos que se trate de personas alérgicas.
La presencia de sulfitos es vital para darles frescura y sabor a blancos y tintos, y para conservarlos en buen estado. Sus síntomas con similares a los de las histaminas. Entonces, si sufre de intolerancia, actúe con precaución. Una sencilla prueba es cerciorarse de si el consumo de tocineta o frutos secos también le causa molestias.
Finalmente, muchas personas sufren de rubor pronunciado en las mejillas cuando ingieren vinos. Puede tratarse de la incapacidad o lentitud del organismo para digerir el alcohol. O leerse como una señal de alerta con respecto al estado de la presión arterial de la persona. Ante tal situación, diríjase a su médico.
En lo posible, no mate la resaca con más alcohol. Es una forma de retrasar lo inevitable. Siempre recuerde: el consumo medido y responsable es la mejor defensa.