Después del coronavirus

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La curva se “aplana” en casi todas partes, pero no estamos en control de la enfermedad y las economías, por pura necesidad, intentan su reactivación. No sabemos hasta dónde llegaremos, aunque va quedando claro que el mundo no será como antes. Aun así, en muchos aspectos mejorará.

Una curva aplanada significa que la propagación de la enfermedad se reduce y el número de enfermos y víctimas deja de crecer. Dejamos de contagiarnos. Ese objetivo parece haberse conseguido en China después de 83.940 enfermos y 4.637 víctimas (abril 30), y en Corea del sur: 10.765 enfermos y 247 víctimas. Entre tanto España, con 212.917 enfermos y 24.275 víctimas, e Italia, con 203.951 enfermos y 27.682 víctimas, quieren ser optimistas, mientras en Estados Unidos se ha observado un auténtico desastre con 1.4 millones de infectados y 60.966 fallecidos. En Colombia debemos, hasta ahora, sentirnos “afortunados” con 6.507 enfermos y 293 víctimas, aunque claramente no hemos alcanzado un “pico” gracias, debe reconocerse, a las oportunas medidas de confinamiento. Ojalá no lo alcancemos.

La evolución de la enfermedad, en ausencia de una vacuna o remedio, seguirá siendo incierta y dependerá básicamente de: 1. La capacidad de los gobiernos, 2. El aguante de las economías y 3. De la propensión de la ciudadanía a cumplir con el aislamiento y las normas de higiene, factores en cuyas “manos”, literalmente, nos encontramos. La gestión de los gobiernos, al final, se medirá en número de víctimas y no solo en puntos del PIB. La reducción de turbulencias e incertidumbre en la gestión pública, objetivo de las ciencias y técnicas del gobierno nunca han sido desafiadas como en este momento. Aprendemos haciendo.

A estas alturas de la pandemia se va prefigurando el mundo que la sucederá. Un mundo en el que el teletrabajo y la educación virtual han sentido una fuerte aceleración, llegando para quedarse; el estado ha recuperado su vigencia y ha revelado sus debilidades; el comercio tendrá un frenazo, ojalá temporal, en que ha quedado establecida la necesidad de unos mínimos acuerdos y unas mínimas instituciones mundiales con capacidad para acordar y ejecutar políticas de interés global.

Trabajo y educación virtual están mostrando sus inmensas ventajas en la economía, la productividad y la disponibilidad de contenidos, además del aprovechamiento de la tecnología y el uso de recursos como la realidad virtual. La encuesta de Invamer publicada el pasado jueves, por ejemplo, señala que en Colombia, a pesar de la emergencia, un 77 % pudo acceder a educación virtual (obligada por la situación), mientras solo un 8% manifiesta que “no ha podido continuar con sus estudios”. Solucionados los problemas de conectividad en estratos, sectores y regiones que tenemos claramente identificados será difícil, superada la pandemia, continuar ignorando bondades y ventajas de la educación virtual y del teletrabajo.

En cuanto al estado, al cual por estos días todos recurrimos y muchos “pasan el sombrero”, incluidos quienes usualmente buscan reducir su papel, ha recuperado sin ninguna duda una trascendencia que las mieles de la globalización habían postrado. Se ha revelado no como el mejor, sino el único líder e interlocutor en representación de la sociedad humana. Un nuevo contrapeso, que se expresa en los gobiernos locales, ha confirmado la importancia de gobiernos y autonomías regionales en un necesario y renovado equilibrio de poderes.

La necesidad de incorporar los hallazgos de la ciencia con carácter mandatorio en las constituciones, mostrada como nunca por la pandemia, hará posible un estado más eficiente y humano. No es razonable, y no lo volverá a ser jamás, que las decisiones de salud pública, como muchas otras, se tomen a conveniencia por los gobiernos solamente al calor de los intereses políticos de cada momento. Es imperativo vincular ciencia, utilización de recursos y desarrollo de políticas desde la esencia del estado: sus normas fundacionales.

En cuanto al desarrollo e importancia del comercio, que creció en forma exponencial desde 1948, el mundo de la pospandemia deberá reflexionar acerca de su importancia y conveniencia, luego de hacer posible que miles de millones de personas salieran de la pobreza y mejoraran su nivel de vida. El aprovechamiento de ventajas comparativas y competitivas en la integración del progreso mundial seguirá siendo indiscutible, pero no será desarrollo sin instituciones sólidas y unas reglas universalmente acatadas para afrontar problemas como la salud del planeta, o una pandemia como la que padecemos.

En esta tragedia humana a la que nos ha correspondido asistir, que ha desnudado nuestra fragilidad y verdaderas carencias, podemos ver como el Goethe moribundo, un poco de luz. Nuestra sociedad será mejor si aprendemos las lecciones que nos deja.

@herejesyluis

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